¿Cómo un soldado en guerra podría ayunar desde que sale el sol hasta que el día oscurece nuevamente? El clérigo libio Mohamed Chouieref Al-Medeni, cercano a Muamar Gadafi, responde enfáticamente: “Aquellos que están luchando pueden comer y beber, no hay ninguna obligación en este caso, porque todo aquel que se levanta en este combate y lucha es un muyahidín (soldado de la guerra santa), excepto aquellos que están con la OTAN”.
En esta oportunidad, el mes del Ramadán llegó al mundo árabe en un contexto poco frecuente en épocas recientes. El tiempo sagrado del islam comenzó su marcha el lunes, pero la marcha de la población musulmana contra sus gobiernos de largos años ya había emprendido el camino hacia la insurrección hacía tiempo, cerca de seis meses, cuando en Túnez comenzara a hablarse de la llamada ‘Revolución de los Jazmines’.
Los jazmines se convirtieron en una suerte de efecto dominó en un buen número de las naciones musulmanas. La salida del expresidente Ben Alí de Túnez fue seguida por la de Hosni Mubarak en Egipto, mientras Libia todavía se debate entre las fuerzas fieles a Muamar Gadafi y los opositores, quienes con el apoyo de la OTAN ya controlan considerables porciones del territorio. Los rebeldes libios, según las indicaciones del clérigo Mohamed Chouieref Al-Medeni, hacen mal si rompen el ayuno para luchar, porque de acuerdo con sus elucubraciones, su guerra no es santa, es pecado.
A los líderes de las revueltas poco les importa no tener un aval para dejar atrás el ayuno. En Siria, por ejemplo, hoy escenario de una cruenta represión —ayer cayeron muertos cerca de 20 manifestantes a manos de las fuerzas del presidente Bachar el Asad—, los activistas, a través de las redes sociales de internet, invitaron a realizar masivamente la oración del Tarawih, que sucede al iftar, la cena que rompe el ayuno una vez el sol se ha apagado en las ciudades. Poco es el cambio que hasta ahora ha representado la llegada del Ramadán: algunos manifestantes protestan durante el día con el hambre a cuestas y otros esperan para recargar sus cuerpos con comida para intensificar las protestas durante la noche. La ecuación de los activistas es simple y ampliamente difundida por la red: si logran congregar al menos 1.000 fieles a las afueras de las cerca de 10.000 mezquitas que tiene el país, serían casi 10 millones de voces contra Bachar el Asad, un número demasiado alto como para pensar en represiones.
Las iniciativas de este corte se extienden hasta Yemen, donde Ali Abdullah Saleh parece atado de pies y manos al poder a pesar de los continuos enfrentamientos de sus fuerzas con los manifestantes. En cambio, otros países, como Jordania, que lograron contener la furia popular con promesas de reformas y subsidios estatales, ejercen estrictos controles para que los comerciantes no aprovechen el Ramadán como excusa para incrementar el precio de los alimentos, porque su majestad el rey Abdalá se preocupa por la calidad del iftar de su pueblo.
En El Cairo, las estrategias del mercadeo han llevado a los comercios a reinventar los nombres de sus productos. Las mejores marcas de dátiles —fruto que consumen los musulmanes mientras respetan el ayuno— son ahora “Zawra” (revolución) y “Tahrir”, el nombre de la plaza en la que se gestó la revolución egipcia. Su valor es de US$3 por kilo, seis veces más de lo que cuesta la misma cantidad de “Presos de Tora”, que son dátiles comunes, pero llevan el nombre de la prisión en la que hoy pagan sus penas los exfuncionarios de Hosni Mubarak.