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Una guerra sin fin

Aunque el acuerdo firmado el 27 de julio de 1953 acabó temporalmente con los actos hostiles, desde entonces la historia de las Coreas ha sido un constante ir y venir de amenazas. En seis décadas no se ha firmado un tratado de paz.

26 de julio de 2013 - 05:00 p. m.
El mandatario norcoreano Kim Jong-un (centro), recibió a una delegación de Siria para conmemorar el 60º aniversario del armisticio de la Guerra de Corea. / EFE
Foto: EFE - Roding Sinmun
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Hoy se cumplen 60 años desde que se firmó el armisticio de la Guerra de Corea. El aniversario no daría para llenar una página de este periódico si no fuera porque en ese enfrentamiento participaron más de 4.000 colombianos que fueron enviados a apoyar a Corea del Sur frente a la invasión de los vecinos del norte. Pero sobre todo porque la fecha se presta para entender por qué Corea del Norte es hoy un régimen rodeado de escándalos por su contrabando ilegal de armamento, el avance de su programa nuclear con fines militares y sus constantes amenazas contra Seúl y Washington.

La última escalada de tensiones entre las dos Coreas, en abril de este año, le recordó al mundo que el enfrentamiento entre esas naciones no ha llegado formalmente a un punto final. Por esos días el brigadier general Raúl Martínez Espinosa, comandante del primer pelotón del Batallón Colombia —el único ejército suramericano que atendió al llamado del Consejo de Seguridad de la ONU para apoyar a Seúl—, recordaba en una entrevista con El Espectador que tenía apenas 21 años cuando se ofreció como voluntario, junto a un grupo de colegas, para ir al este asiático a poner en práctica lo que estaba aprendiendo mientras prestaba el servicio militar en Barrancabermeja.

Fueron, según relataba el brigadier, 1.080 colombianos que inicialmente, después de ser agregados a la división 24 del noveno Ejército de los Estados Unidos, llegaron a Busan (sudeste de Corea) a mediados de 1951, casi un año después de iniciada la guerra en la península coreana. Martínez, que tuvo 40 hombres a su mando, recordaba las imágenes de miles de heridos y enemigos que fueron quemados vivos con napalm: “Sus gritos que se consumaban con el fuego retumbaban en mis oídos. Por semanas tuve que convivir con cadáveres de militares chinos, pues servían de escudos ante los golpes del enemigo”.

Durante casi tres años del conflicto, el Batallón Colombia aportó tres fragatas, un batallón de infantería y 4.750 efectivos, hasta que los actos hostiles terminaron con la firma del acuerdo de armisticio el 27 de julio de 1953. Al final, se contaban 639 colombianos muertos en combate. De ellos, 163 murieron en acción, 448 fallecieron a causa de sus heridas, 28 prisioneros fueron canjeados y dos desaparecieron. Hoy sobreviven alrededor de 700 veteranos de ese Batallón Colombia, algunos de los cuales fueron invitados a encabezar el último desfile militar del 20 de julio.

Fueron combatientes de una guerra que no ha terminado. Se suponía que el armisticio iba a ser una medida temporal, así como el establecimiento de una zona desmilitarizada a lo largo del paralelo 38 que se fijó como límite entre ambas Coreas. Pero el tiempo pasó y es la hora en que no se ha firmado un tratado de paz que garantice la estabilidad de la península.

Por eso, la historia de ambas naciones no ha dejado de ser un ir y venir de amenazas, su frontera en permanente tensión es ahora la más militarizada del planeta y desde abril está cerrado el complejo de Kaesong —sede de la única forma de cooperación comercial entre el norte y el sur—. En abril pasado, cuando el joven dictador norcoreano, Kim Jong-un, declaró que su país estaba en “estado de guerra” contra Seúl y Washington, no dijo nada nuevo.

Las implicaciones que aún tienen para la política global las tensiones de la península coreana se explican por la participación que tuvieron las potencias en la Guerra de Corea. El enfrentamiento se detonó cuando los norcoreanos, con el apoyo de China y la Unión Soviética, intentaron invadir a los surcoreanos, respaldados por Estados Unidos.

Después de esa guerra, Corea del Sur emprendió un acelerado camino de crecimiento económico siguiendo el modelo de Occidente. En cambio, el venerado fundador y entonces mandatario de Corea del Norte, Kim Il-sung, radicalizó su doctrina estalinista. Transformó su aparato estatal en una dictadura militarista y totalitaria, desarrolló un orgullo nacionalista vinculado al avance de su programa atómico y armamentista, y cerró las puertas del país a cualquier influencia occidental.

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Corea del Norte se convirtió así en el país hermético y desafiante que es hoy. A pesar de que la disolución de la Unión Soviética representó una pérdida importante de ayuda y respaldo para el régimen, y que desde 1992, cuando China reconoció a Corea del Sur, los norcoreanos empezaron a verse cada vez más aislados en la política internacional, los sucesores de la dinastía Kim han seguido el programa del fundador con ligeros cambios de estilo.

En contra de resoluciones de la ONU, Pionyang ha mantenido su retórica y sus acciones desafiantes contra Occidente. El declarado avance de su programa nuclear con fines militares y el tráfico ilegal de armamento con varios países del mundo son escándalos que ocupan con frecuencia las primeras páginas de la prensa mundial. El último episodio ocurrió la semana pasada, cuando en el interior del carguero norcoreano Chong Chon Gang, que provenía de Cuba y pretendía cruzar el canal de Panamá para navegar hacia el sudeste asiático, fue encontrada una carga ilegal de armamento que hoy está bajo inspección de la ONU. En abril pasado, Kim Jong-un anunció la reactivación de todas sus instalaciones nucleares, para avanzar en su programa atómico con fines civiles y militares.

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El profesor Tong Kim, experto en estudios norcoreanos de la Universidad de Corea, explica a este diario que el desarrollo de armas atómicas tiene para los norcoreanos un significado tanto de seguridad como político: “Históricamente han creído que poseer esas armas es esencial para su supervivencia, pero también les ha servido para hacer una gran propaganda y tratar de intimidar con su desarrollo armamentista”.

Mantenerse desafiante le garantizan al joven Kim Jong-un un lugar en el mapa de la política internacional, en la que en todo caso se encuentra muy aislado. Hoy sólo China, Irán, Siria y Cuba se consideran sus aliados. Según el profesor Kim, el abanico de amenazas norcoreano, a pesar de las armas que pueda tener, puede ser pura propaganda doméstica diseñada para fortalecer la imagen del joven mandatario ante su propio pueblo y la comunidad internacional. “Según la evidencia y la información filtrada, parece evidente que no están listos para volver a una guerra”.

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La retórica beligerante de Pionyang y las advertencias que le llegan desde la diplomacia de Washington y Seúl prueban que la guerra de Corea no ha terminado. Sólo se pasó de un sangriento campo de batalla a un ir y venir de amenazas que en cualquier momento pueden desembocar en otro enfrentamiento, pero esta vez de dimensiones nucleares. En palabras del profesor Kim, “una batalla que llevaría a una costosa derrota de Corea del Norte, en las que las fuerzas aliadas de EE.UU. y Corea del Sur borrarían rápidamente del mapa a Pionyang”.

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