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Una tercera vía para Cuba

Los cubanos, los aliados, los exiliados, los norteamericanos y los europeos, entre otros, debaten los posibles escenarios que siguen para la isla.

22 de febrero de 2008 - 12:01 p. m.
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No sabremos hasta dentro de algún tiempo si la salida de Fidel Castro de las múltiples presidencias que ha ocupado durante casi medio siglo, reviste una importancia sustantiva o sólo simbólica. Puede ser el presagio de su desaparición física o puede ser más de lo mismo que ha vivido Cuba desde julio de 2006, es decir, una ausencia/presencia del comandante que ya no gobierna pero sigue mandando; o puede ser un retiro verdadero y duradero, según el estado de su salud y de la medicina moderna. Esta última opción parece la menos probable; y la primera, la más probable: seguirá mandando aunque no gobierne.

En cualquier caso, empieza a caminar la transición cubana que tendrá lugar con Raúl Castro. Se perfilan dos vías posibles para esa transición, y una tercera, más improbable pero más deseable.

La primera, la que prefieren el PCC (Partido Comunista Cubano), sus aliados regionales (Chávez, Morales, Ortega, Correa), los antiintervencionistas latinoamericanos (Lula, Calderón, Kirchner) y los pragmáticos norteamericanos y europeos, es la famosa salida china o vietnamita. Se trataría de una clara separación entre el ámbito económico y el político —lo que en el México de hace ya casi 20 años algunos llamaron la perestroika sin glasnost— y que consiste en la realización de importantes reformas económicas orientadas al mercado, la propiedad privada, la inversión extranjera, la liberalización laboral, la circulación del dinero y el restablecimiento de relaciones comerciales, financieras y diplomáticas con Estados Unidos.

La clave de esta vía reside en la permanencia de las estructuras políticas autoritarias, es decir, el imperio del PCC con ausencia de elecciones, sindicatos, sociedad civil, libertades fundamentales, Estado de derecho y todo lo que de alguna manera se subsume bajo el término de democracia representativa. Esta opción tendería a satisfacer a muchos: a los que en Washington temen un éxodo —en ambas direcciones— por los estrechos de Florida, así como a liderazgos latinoamericanos temerosos de las travesuras de sus respectivas quintas columnas.

Un segundo escenario

La segunda opción es la de los duros de Miami, los ideólogos de Washington y sectores más ideologizados en Europa y América Latina. Su esencia yace en el carácter no negociable del advenimiento de esa democracia representativa, como condición sine qua non para el retorno de Cuba al concierto latinoamericano y a la normalización de relaciones con Estados Unidos, con independencia de la aplicación de reformas económicas y de su posible éxito o fracaso. Para estos sectores rige la consigna del presidente Mao: la política al puesto de mando.

Por muchas razones esta segunda opción es inviable sin violencia o un colapso del régimen posfidelista que, hoy, nada permite entrever. Demasiados poderes fácticos en Cuba siguen en pie y la dirección cubana difícilmente se resignará a una defenestración que probablemente la conduciría al destino de Milosevic, Honecker y otros. Sin la anuencia de la dirección cubana, parece inconcebible un fin de régimen pacífico.

Pero si la salida ideológica es inverosímil, la pragmática, además de enfrentar serios obstáculos legales, por lo menos en Estados Unidos, es indeseable para América Latina aunque la anhelen los eternos aduladores de la mal llamada libre determinación.

Es indeseable por una razón muy sencilla: porque lo que suceda en Cuba en materia de democracia y de derechos humanos no es un asunto sólo de los cubanos, es lo que la comunidad latinoamericana ha ido pensando y diciendo a propósito de la región entera desde hace algunos años.

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Quizás el avance más preñado de potencialidades para el porvenir latinoamericano reside justamente en el régimen jurídico regional que se ha ido construyendo en estos últimos tiempos. Es impresionante el número de naciones signatarias —y sujetas al carácter vinculante— de instrumentos regionales de respeto de derechos humanos, laborales, ambientales, de género, de derechos indígenas y de democracia representativa.

El respeto de los derechos humanos, la vigencia de la democracia representativa, la protección de distintas minorías no son ya para muchos latinoamericanos asuntos internos. Sería una verdadera tragedia que en aras del pragmatismo, América Latina decidiera que lo que vale para México, Chile, Venezuela, Brasil o Guatemala, no vale para Cuba porque habría demasiados balseros o porque los Castro se cuecen aparte.

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¿Existe una tercera vía? Es posible y su perfil no es difícil de discernir. No puede limitarse la mutación del régimen cubano sólo al ámbito económico, ni tampoco puede anteponerse la democratización plena de dicho régimen a cualquier otro factor. Tiene que tener cuatro movimientos enlazados entre sí: a) las reformas económicas para mejorar el lamentable nivel de vida del pueblo cubano; b) la normalización con Estados Unidos (requisito indispensable para el anterior); c) la democratización al final del camino, pero de un camino pactado con un final acordado y bien definido; d) el reingreso al concierto latinoamericano.

Los cuatro procesos convergentes lograrían una solución que es realista pero no pone en entredicho los grandes adelantos latinoamericanos de los últimos años en materia de democracia y derechos humanos. ¿Podrán —querrán— los actores de esta historia entrarle al quite?

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* Ex secretario de Relaciones Exteriores de México y profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York.

Los posibles sucesores

Raúl Castro: de 76 años, es el presidente provisional de Cuba por la enfermedad de su hermano Fidel, de 81. Muchos creen que dejará de ser interino este domingo, cuando el Parlamento nombre un nuevo Consejo de Estado. Fidel lo escogió como sucesor tras el triunfo rebelde sobre el dictador Fulgencio Batista en 1959 y es hasta ahora segundo al mando en todos los frentes políticos e institucionales. Analistas piensan que será el escogido.

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Carlos Lage: visto como el principal planificador económico de la isla, Lage es un pediatra y licenciado en Ciencias Sociales. Nació en La Habana el 15 de octubre de 1951. Militante del Partido Comunista de Cuba (PCC) desde 1976, fue designado como secretario ejecutivo del Consejo de Ministros de Cuba en 1992.   Pieza clave en el gobierno del presidente Fidel Castro.

Felipe Pérez Roque: entre los más jóvenes del gobierno cubano, Pérez Roque se convirtió en canciller en un sorpresivo cambio ministerial en mayo de 1999, cuando ya llevaba siete años acompañando a Castro a encuentros y foros internacionales. Nacido en La Habana en marzo de 1965, llegó en 1986 al secretariado de la Federación de Estudiantes Universitarios  (FEU) , de la cual fue elegido presidente dos años después. Está casado y tiene dos hijos. Se graduó de ingeniero electrónico.

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Ricardo Alarcón: entre los fundadores del Partido Comunista, Alarcón es un especialista en los temas de Estados Unidos y ostenta un doctorado en filosofía y letras. Nació el 21 de mayo de 1937 en La Habana. Desde su juventud participó en los movimientos contra el gobierno de Fulgencio Batista e integró el llamado Movimiento 26 de Julio, con el que Castro llegó al poder en enero de 1959. Fue Embajador ante Naciones Unidas, Ministro de Relaciones Exteriores y líder de la Asamblea Nacional.

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