El problema boliviano actual, que muchos creen conocer pero la mayor parte ignora, puede resumirse en algunas variables. Existe una diferencia muy importante entre la zona montañosa, andina, y la Media Luna de Tarija, Santa Cruz, Beni y Pando. Estas diferencias no son sólo políticas.
De una parte, tenemos a una región de montaña, con población indígena quechua y aymara, y altamente mestiza; con minifundios y poca actividad industrial, un nivel de vida bajo y educación restringida (salvo en parte de las ciudades). Y del otro, existe una zona de tierras bajas, de clima cálido, pobladas por miembros de migraciones más recientes, en lo fundamental europeas, con agricultura extensiva e intensiva en capital, y poseedora del gas, el recurso económico por excelencia de la Bolivia de hoy y del futuro.
El indigenismo, que constituye una de las bases fundamentales del gobierno de Evo Morales, va acompañado de importantes sectores sindicales en La Paz y El Alto (municipio anexo a la capital). Además, cuenta con el apoyo de los cocaleros: estos están repartidos en dos zonas del país: Los Yungas y el Chapare. Evo Morales es un indígena, enraizado en el trabajo sindical y el de los cocaleros del Chapare, por lo cual participa de tres de las grandes vertientes del gobierno actual.
La cuarta está constituida por algunos sectores de la izquierda intelectual que confluyen en el MAS (Movimiento al Socialismo), los cuales buscan reconstruir una nueva Bolivia desde sus puntos de vista, pero también se ubican en la tentativa de construcción de un mundo nuevo a nivel global, intentando contribuir a la reestructuración de las relaciones Norte-Sur. Es aquí en donde encuentran identidades importantes con gobiernos como el de Hugo Chávez u otros Estados radicales en el mundo.
Como se ve, ese proyecto político es muy diferente al de la Media Luna, que busca una inserción internacional más activa en el proceso de globalización, más cercana a la industria y a la agricultura extensa, a la producción con grandes capitales, y a un proyecto exportador, avícola y de gas.
Son dos las tareas que se imponen en el caso boliviano. La primera es el acompañamiento internacional. La segunda, la reconstrucción de las líneas de diálogo dentro del país. En cuanto la primera, el mecanismo más efectivo es sin duda el de la Unasur, que en el curso de sólo 48 horas logró reunir la más importante herramienta de diálogo político que tienen los sudamericanos.
Luego de un largo debate, se produjo un respaldo pleno al gobierno constitucional de Bolivia, rechazando al mismo tiempo cualquier tentativa eventual de ruptura o de medidas que comprometan la integridad territorial del país. Una posición contraria hubiera abortado la concertación política de la Unasur hacia el futuro, al mismo tiempo que hubiera abierto espacio para movimientos secesionistas en Brasil, Argentina, Chile, Perú y otros países de la región.
Además de los llamamientos al diálogo interno, se decidió acompañar, con los países sudamericanos que lo deseen, los trabajos de una mesa de diálogo que se espera instaurar en los próximos días en Bolivia entre el gobierno y los representantes de la oposición. Y se creó una Comisión de apoyo y asistencia al gobierno de Bolivia. Al mismo tiempo, aunque no figura en la declaración de los presidentes, es sabido que los debates condujeron al consenso de que debe evitarse la injerencia de cualquier país en los asuntos internos de Bolivia.
Hacía varias décadas no se presentaba una crisis de esta magnitud en un país sudamericano (4 embajadores de 3 países expulsados en el curso de 24 horas). Unasur comenzó jugando bien su difícil partido: contención de la crisis política en el contexto internacional; buenos oficios en la promoción del diálogo interno en Bolivia y acompañamiento en el proceso interno y en relación con el vecindario; además, distensión gradual en algunas relaciones tirantes entre los socios.
Los presidentes sudamericanos le dieron bautismo favorable a la Unasur. La crisis boliviana ya habría estallado con toda su gravedad e implicaciones internacionales para la región de no ser por los resultados de la reunión de Chile. Buen comienzo, pues se trata de un asunto a seguir con sumo cuidado, dado que las diferencias internas en Bolivia son profundas y no sólo políticas o coyunturales.
* Director, Observatorio Latinoamericano, Universidad Javeriana.