Más de 2 millones de sirios han sido desplazados de su país por la guerra entre facciones rebeldes, el gobierno de Bashar al-Asad y el Estado Islámico. A esto se suman los bombardeos de Rusia y EE.UU., que llenan de zozobra a los civiles y han cobrado las vidas de cientos de ellos. Al mismo tiempo, de Europa llegan noticias sobre el desplazamiento masivo de inmigrantes a través de los Balcanes con rumbo a Francia, España, Inglaterra, Austria y el norte de Europa, que buscan un futuro mejor en esa tierra prometida. Los mandatarios de la Unión Europea se declaran sorprendidos por el flujo imparable y parece que el exilio incesante los colmó. Y sólo hace poco más de dos meses, Venezuela deportó a miles de colombianos que habían encontrado mejor suerte en ese país.
Justo en este momento de extrañeza, en que los inmigrantes son visto como invasores, El Espectador quiere saber qué sucede con los colombianos que emigran, qué suerte tienen y qué dificultades los acosan. Estos cinco relatos son producto de una convocatoria realizada hace dos semanas, a la que decenas de colombianos respondieron. Aquí se resaltan los enfrentamientos personales contra un mundo extraño, contra una cultura por completo distinta y la lucha de cada quien por crear su espacio propio. Muchos añoran a su país; otros ya no se ven viviendo de nuevo en él; otros más se fueron resignados y en parte furiosos por la falta de oportunidades, la injusticia y el miedo a la violencia.
La convocatoria sigue abierta. Envíenos su testimonio al correo kdelahoz@elespectador.com. Puede participar con un texto máximo de 800 palabras, que podrá estar acompañado de imágenes; o si prefiere, puede enviar un video en MP4 que no deberá superar los tres minutos.
LEONOR GUZMÁN (Venezuela, Argentina y España)
Vivo en España hace cerca de tres años, pero mi historia de migración no empieza aquí. Salí de Colombia en 2003, cuando había una crisis económica por culpa de una reforma laboral que puso en marcha el gobierno de turno. Partí a Venezuela cuando mi trabajo se vio interrumpido: era organizadora de eventos en una entidad muy importante en Barranquilla y fui reemplazada por una estudiante en pasantías.
Llegué a Venezuela y enseguida conseguí trabajo de administrativa en una casa editorial muy reconocida. Luego pasé a organizar eventos con una conocida diseñadora de modas, pero para nadie es un secreto la devaluación de la moneda en ese país, y sin miedo en el alma me fui a Buenos Aires. En el país gaucho fui muy bien recibida, con los brazos abiertos y con muy buen trabajo. No fue una maravilla al principio, pero siempre tuve la mente abierta y supe que no era fácil. A pesar de todo, me fue muy bien. Después de siete años en Argentina, conocí al que hoy es mi esposo, un catalán que me propuso matrimonio.
Entonces pude venirme a España. Ya con una persona acá, la situación es diferente, pues no tuve problemas de documentación en ningún momento. Conseguir trabajo no ha sido fácil, ya que vine en plena crisis, pero gracias a Dios no he pasado necesidades: mi esposo tiene su trabajo estable y no me he visto en malas condiciones. La vida es mucho más fácil, la seguridad es muy importante y las instituciones funcionan muy bien. ¿Lo que más valoro? El hecho de que la calidad de vida es muy importante y es eso por lo que debemos luchar en nuestros países de origen. Es lamentable que eso no lo valora uno sino cuando sale del país. Cuando estamos en nuestro país somos muy conformistas y nos falta mucha cultura. ¿Volvería? Sí, vuelvo cada vez que puedo, pero no me conformo con la vida que se lleva allá. Adoro mi país, tengo a toda mi familia allá, pero no me veo viviendo de nuevo en Colombia. Ahora mismo emprendo un proyecto en mi propia empresa y con la ayuda de Dios lucharé por que esto salga adelante.
ANGÉLICA IBARRA (Bélgica)
Escribir estas líneas me recuerda que he olvidado la discriminación que vivimos los extranjeros al llegar a otro país; me recuerda que yo también pasé por lo que están pasando esos inmigrantes en Europa, y me recuerda que no debo olvidar.
Yo llegué por el camino fácil, en avión, con una visa de tres meses, y me quedé aquí. Llegué con mi compañero de vida, que conocí en el colegio a los 17 años. Llegamos aquí cuando teníamos 28. Es duro cuando pienso que sólo sabía decir “Oui, merci”. Tenemos una niña de 14 años que habla español como una caleña, francés y holandés perfectamente y también italiano por los orígenes de mi esposo. Llegamos buscando calidad de vida, mejores oportunidades y sobre todo tranquilidad. Afortunadamente tuvimos la suerte de encontrar lo que buscábamos. El día de hoy trabajamos para una agencia de comunicaciones, él como responsable logístico y yo como diseñadora gráfica (empírica). En mi casa se habla y se come colombiano, pero estoy agradecida con este país.
Lo duro es que como dice la canción: “no soy de aquí ni soy de allá”. Por más integrados que estemos a esta cultura, siempre nos sentiremos extranjeros. Del mismo modo en que me siento cuando voy a Cali y me pierdo (en los dichos, en las calles y hasta en nuevas cosas de comer). ¡Ya tampoco soy de allá!
CATHERINE (Australia)
Soy de Medellín. Hace tres años conocí a mi actual pareja, Tom. Al tener juntos un buen tiempo, decidimos viajar a Australia. Una vez mi visa estuvo lista, viajamos. Australia es un país muy diferente, empezando por la comida. Es una de las cosas que más extraño de Colombia. Al principio todo es muy bueno, todo está por conocer. Yo tengo una familia muy numerosa y en realidad no tenemos dinero: somos cinco hijos, dos sobrinos y mi hijo, y al llegar acá creí que sería fácil encontrar un trabajo. Pensé que era fácil, pero busqué, llamé y envié muchas hojas de vida durante cuatro meses. Y no, no era fácil.
Después encontré trabajo, pero limpiando casas. Es como la única oportunidad que tenemos muchos latinos, pero en cuestión de un mes quedé sin empleo otra vez. Ha sido muy difícil estar acá. Estudio inglés una vez a la semana, eso es lo único que me entretiene. La verdad, no me falta nada, gracias a Dios: mi novio paga por mi comida y vivimos en la casa de sus padres (lo que nos ha ayudado mucho), pero igual yo llegué con muchos sueños que no veo que se cumplan.
Todos nos vamos de Colombia esperando una calidad de vida mejor, pero estando aquí me doy cuenta de que en Colombia tuve muchas más oportunidades. ¿De qué sirve estar lejos de mi familia, amigos y mi cultura? Pero no todo es malo: Australia es un país maravilloso que me ha enseñado mucho. Sólo espero pronto me abra las puertas y pueda cambiar no solo mi vida, sino la de mi familia.
SANDRA QUINTERO GÓMEZ (Estados Unidos)
Tomé la decisión de migrar a Estados Unidos cuando me ocurrió el suceso más desagradable de mi vida. Una noche de viernes salí con un amigo a tomar un par de cervezas y después de medianoche decidimos volver. Al llegar a mi casa, mientras nos despedíamos, yo vi por el retrovisor a dos hombres apuntando con un arma hacia el carro. Mi reacción fue decirle a mi amigo que arrancara, pero él no me creyó; entonces rompieron el vidrio, abrieron la puerta y nos pasaron para atrás. Después de diez minutos de camino, lo bajaron a él del carro y a mí me llevaron. Me tuvieron secuestrada por un día, pero para mí fue un año. Fue la peor experiencia de mi vida. Fue tanto el trauma que fui a la Embajada de Estados Unidos para migrar a ese país, con tan mala suerte que me negaron la visa.
Pero era tanto el desespero, que tomé la decisión más difícil de mi vida: irme por el hueco. Para mi familia fue muy duro, pero me apoyaron. Volví a Bogotá a pedir visa para México, la obtuve y compré tiquete. Para mi papá fue tan duro, que decidió acompañarme en esa travesía y se fue conmigo. Un conocido nos contactó con alguien en México para cruzar la frontera.
Después de cruzar la barda nos detuvieron. Estuvimos un mes en la cárcel, y mientras tanto apelábamos la decisión de deportación argumentando lo que me había pasado en Colombia. Conseguimos un buen abogado y salimos bajo fianza. A partir de allí, estuvimos más de un año legalmente en Estados Unidos mientras un juez decidía si nos quedábamos o nos íbamos. Al final nos deportaron, pero fue un buen año, lleno de experiencias. Trabajé aunque no debía, conocí muy buenas personas y estuve con mi familia. Ahora estoy feliz en Colombia y la experiencia ya fue superada.
ANDRÉS NARANJO CUÉLLAR (Venezuela)
La noche de las velitas de 1999, la que jamás podré olvidar, marcó un punto de inflexión en mi vida. Sangrienta madrugada del 8 de diciembre en la que guerrilleros de la columna Joselo Lozada de las Farc realizaron una cobarde y cruel emboscada a una patrulla de la Policía Nacional, usando como escudo las instalaciones del Hospital del Rosario de Campoalegre, Huila, en donde yo para ese momento fungía de médico rural del Servicio de Urgencias de la institución. Esa maldita noche de las velitas, la que cada año me devuelve a ese instante en que se me escurrió de las manos el alma del policía José Patiño Valencia, y a duras penas pude contener la vida de Raúl Almarales, también policía, dos héroes anónimos de la nación.
Esa inocente noche de las velitas marcó mi exilio de Colombia y el abandono de mi profesión de médico por trece años. Porque fueron tantas la rabia y la impotencia que sentí, que al día siguiente de este fatídico evento estaba denunciando públicamente esa masacre inmisericorde que no respetó derecho humanitario alguno.
Me dieron tres días para salir del pueblo. Con esposa, un hijo de cuatro años y una niña de tan solo diez meses no era tarea fácil abandonar una vida. Me embarqué en una aventura de la que no me arrepiento. Estaba tan desilusionado de este “país de mierda”, como dijo Cesar Augusto Londoño, que decidí salir de Colombia para donde fuera.
Sin estatus migratorio llegué a tierra venezolana. Allí inicié una nueva vida, fundé una empresa que prosperó rápidamente. Desarrollé destrezas de las que no tenía idea. A pesar de la inestabilidad económica en el vecino país, paros petroleros, golpes de estado y demás, logré posicionar en toda Venezuela un producto coreano del que obtuve la representación. Abrimos cuatro tiendas directas en Caracas y creamos una red de distribución que llegaba hasta los puntos más alejados. Conocí varios países por invitación de mis proveedores, en premio por el cumplimiento de las metas de ventas. Sin embargo, traté y sigo tratando, sin éxito, de olvidar esa noche.
A pesar de la crispación política que caracteriza a Venezuela, siempre me mantuve alejado. No quería pasar por la misma situación que me obligó a huir de mi propio país. Pero parece que el destino estuviera confabulado y lo que es para uno, llega por mucho que lo evites. En 2011 mi empresa, que ya contaba con más de 50 empleados, fue invadida y saqueada por las hordas chavistas empoderadas desde el Gobierno. En esos casos no hay mucho que hacer, las únicas vías posibles son las de hecho, porque la justicia en Venezuela es una caricatura. Y soy un hombre pacífico, no creo en la violencia.
Así que después de negociar con los empleados, reduje en un 60 % el tamaño de la empresa —que aún funciona— y decidí regresar a Colombia. Por cosas del caprichoso destino regresé a ejercer de nuevo mi profesión de médico en el mismo hospital que abandoné forzosamente trece años antes. El regreso me dio la oportunidad de reencontrarme con mis amigos y de hacer las paces con mi adorada Colombia.