Ante el avance la milicia chii de los hutíes en Yemen, Arabia Saudíta lideró la conformación de una coalición con sus aliados suníes para combatir a los insurgentes que buscan controlar el estado yemení. Después de una intensa campaña de bombardeos a “posiciones de los hutíes”, se suspendieron los ataques para garantizar la llegada de ayuda humanitaria a la población, atrapada entre los bombardeos aéreos de la coalición y los ataques por tierra de los chiitas. La aparatosa operación de los países del Golfo hasta ahora no ha frenado el avance de los hutíes. Como dice Farea Al-Muslimi, en un artículo llamado The Gulf’s failure in Yemen y recién publicado en Foreign Affairs, hasta ahora el único resultado de la operación es la devastación civil. “Al menos mil yemeníes han muerto, miles han sido heridos, y cientos de miles han sido forzados a salir de sus hogares”.
Pero el fracaso de la intervención de los aliados suníes no consiste solo en la mortandad de civiles ni en la incapacidad de detener a las milicias rebeldes. Lo que plantea el autor es que, incluso si los hutíes son derrotados militarmente, la intervención de Arabia Saudita saca a la luz la debilidad o la falta de voluntad política y diplomática de esta potencia del Golfo, que ha sido incapaz de llevar estabilidad a su vecino, uno de los países más pobres del planeta.
Ni siquiera cuando la ONU y el Consejo de Cooperación del Golfo diseñaron un plan para la estabilidad de Yemen después de la llamada primavera árabe, hubo un compromiso real por parte de Arabia Saudita y otros poderosos de la región en el proceso de transición yemení. Para entonces, dice el autor, estos países tenían otras preocupaciones: Arabia Saudita, por ejemplo, estaba enfocada en apoyar el cambio de liderazgo en Egipto, mientras los otros países del Golfo estaban tratando de derrocar el régimen del presidente Bashar al Assad en Siria. También en esas preocupaciones no consiguieron sus objetivos: el gobierno islamista egipcio fue derrocado por los militares y Bashar Al Assad sigue en pie en Siria y se ha convertido en una especie de aliado de los Estados Unidos.
Tras los levantamientos sociales que derrocaron al presidente yemení Ali Abdullah Saleh, quien tuvo que renunciar el 27 de febrero de 2012 después de 33 años en el poder, fue su vicepresidente Abd Rabbu Mansour Hadi quien asumió la presidencia y el desafío de lograr una transición política pacífica y capitalizar la cooperación económica internacional (prometida por el Consejo de Cooperación del Golfo y países de Occidente que crearon la organización Amigos de Yemen) para sacar al país de la inestabilidad.
Eso tampoco se logró, las milicias hutíes tienen acorralado a Hadi y está demostrada su incapacidad para defender el territorio y administrar un país que enfrenta no sólo el avance de los huríes, sino la presencia de Al Qaeda, las corrientes secesionistas suníes del sur que no abandonan sus causas, la corrupción rampante del Gobierno que ha generado cada vez más inconformismo social, las divisiones internas en el ejército entre familiares de Saleh y otras figuras del antiguo régimen, así como las divisiones y conflictos entre diversas tribus cuyas leyes y poderío son, en muchas zonas, más importantes que las del gobierno central.
En palabras de Al-Muslimi, “Hadi probó ser un líder incompetente, incapaz de proveer seguridad física o económica a un país inestable. A través de los años, mientras Hadi y el enviado de la ONU para Yemen, Jamal Benomar, lideraban el proceso de paz, ocupados en reuniones en los hoteles cinco estrellas de la capital, grupos armados como los hutíes empezaron a controlar amplias regiones del país. Aquí también se puede culpar a la comunidad internacional. El año pasado, en un intento por detener la violenta expansión de los hutíes, el Consejo de Seguridad de la ONU sancionó al líder del grupo con restricciones de viajes y congelación de bienes. Pero dado que los sancionados nunca viajaban afuera de Yemen y hacían sus transacciones estrictamente en efectivo, la sanción fue un chiste”.
Los problemas de Yemen han sido ignorados por los países vecinos, que le han impedido ingresar al Consejo de Cooperación del Golfo, lo cual garantizaría perspectivas laborales a los yemeníes en otros países, y en cambio han castigado a la población civil yemení por las decisiones de sus líderes. Recuerda el autor que en 1990, cuando el expresidente Saleh apoyó la invasión a Kuwait, la monarquía saudí respondió sacando de su territorio a más de un millón de yemeníes migrantes trabajadores, con lo cual golpeó negativamente la economía yemení.
Aún hoy, dice Al-Muslimi, en lugar de castigar directamente a los hutíes (los bloqueos impiden el flujo de alimentos en el país y causan una masacre silenciosa y lenta del pueblo yemenita) o intentar abordar los temas que les llevaron al poder (como la falta de líderes calificados de Yemen), “Arabia Saudita se embarcó en una campaña militar sin una visión clara a largo plazo para conseguir sacar a Yemen de este nuevo conflicto”.
Lea acá el artículo The Gulf’s failure in Yemen en Foreign Affairs