Ramón Bailey, un joven estudiante de la Universidad Estatal de Idaho, sospechó que alguna pieza estaba desajustada en la cabeza de Óscar Ramiro Ortega Hernández. Lo conoció como un hombre normal que iba a su mismo gimnasio a ejercitarse, a mantenerse en forma después del trabajo. Eso era normal. Se hicieron amigos, como es normal entre dos personas de la misma edad que frecuentan el mismo lugar, y lo acompañó cuando, en septiembre pasado, Ortega le dijo que quería grabar un mensaje para publicarlo en YouTube, como es normal en estos tiempos.
Detrás de la cámara, Bailey veía cómo su amigo se dirigía a Oprah Winfrey —la millonaria y todopoderosa reina de los talk shows— y le expresaba su necesidad de transmitir un mensaje: “No es una simple coincidencia que yo luzca como Jesús. Soy el Jesucristo de los días modernos, por el que todos ustedes han estado esperando”. Eso no era normal, lo supo Bailey, consciente de que el video no era una broma, que hablaba muy en serio; pero su amigo era libre de hacer lo que quisiera.
Un año antes, Óscar Ramiro Ortega, quien pertenece a la Asociación Cristiana de Jóvenes, había tenido su debut en las peleas de artes marciales mixtas de Pocatello, un pequeño pueblo de Idaho. Decía que se dejaba la barba como Jesús para intimidar a sus rivales. Era salvaje en el octágono, frenético, y no mostraba compasión por el prójimo que enfrentaba. Sólo tuvo una pelea oficial y obtuvo la victoria por knockout técnico en el segundo de tres rounds. En su adolescencia peleó mucho en las calles de Idaho Falls, su pueblo, donde tuvo problemas con la policía por su carácter conflictivo y su constante consumo de marihuana, pero ningún dolor se comparaba con el del día siguiente a una pelea de artes marciales mixtas. Después de su victoria, pasó las horas recuperándose y orinando sangre.
Su familia mexicana vive en Idaho Falls manejando sus propios restaurantes. Allí, Ortega era mesero antes de ser conocido como el hombre que intentó asesinar a Barack Obama, a quién llamó “el anticristo” en su primera comparecencia. Su madre, María Hernández, y su hermana, Yesenia Ortega, dejaron de saber de él el pasado 31 de octubre, cuando tomó su Honda Accord de color negro y dijo marcharse de viaje a Utah. Doce días después apareció en Washington y, mientras manejaba por la calle justo en frente de la Casa Blanca, bajó la ventana del copiloto y descargó varios disparos con un AK-47 que compró a Jake Chapman, otro amigo, por US$550.
Sólo ocasionó pequeños daños en la fachada; Barack Obama y su esposa Michelle no se encontraban en casa. Ahora, Yesenia Ortega dice que el comportamiento de su hermano cambió radicalmente en el último tiempo, que se comportaba extraño, y, mientras tanto, el juez de Washington, Alan Kay, lo procesa por intento de asesinato al presidente, un delito que podría darle cadena perpetua. No obstante, la última disposición de Kay consistió en ordenar un examen psicológico para el acusado. Los especialistas dicen que es posible que sufra de esquizofrenia.