Aunque ningún formulario de inmigración inquiere el temple cardíaco de los visitantes a un país, un requisito para quienes pisan Japón podría ser el aplomo cuando el suelo se mueve bajo los pies con cierta frecuencia. (Recomendamos: Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Situado en un cruce de cuatro placas tectónicas, el archipiélago nipón es uno de los lugares del mundo más propensos a sacudidas, y algunas estadísticas calculan más de mil temblores anuales. Por fortuna, la mayor parte son imperceptibles para quienes caminamos encima de sus islas.
La Agencia Meteorológica de Japón registra todos los sismos y los publica en su web, en 14 idiomas -incluido el español-, con un completo catálogo de riesgos que incluye tifones, tsunamis y erupciones volcánicas.
Los residentes extranjeros en Japón dicen que para calibrar la antigüedad y capacidad de adaptación al país de un paisano, basta observar sus reacciones ante un temblor a la hora de comer.
Esconderse debajo de la mesa cuando los platos se mueven, delata a un novato con no más de tres meses de residencia. Si con la primera sacudida el sujeto se para, pero hace una pausa para confirmar la reacción de los demás, llevará ya casi un año.
El curtido residente, por su parte, calibra la oscilación de las lámparas y, tras confirmar que su plato no se ha movido, dice a su vecino: “Páseme la sal, por favor”.
La Agencia Meteorológica ofrece una visión más científica del tema, pese a que, hasta finales del siglo pasado, recurría a señores que calibraban el zarandeo en sus cuerpos, verificaban por la ventana los daños y le asignaban a cada terremoto un número del 1 al 7.
Esta escala, llamada de intensidad sísmica o shindo, se mide hoy con instrumentos y cada número tiene una descripción.
El terremoto del pasado 7 de octubre, de magnitud 5,9 en la escala sismológica Richter, la más usada en el mundo, tuvo un equivalente de 5+ en la medida japonesa y se describió como: “La mayoría de las personas encuentran dificultad en moverse. Algunos muebles no fijados se pueden caer”.
Por ser el más fuerte que hemos sentido desde el 11 de marzo de 2011, que duró seis minutos y alcanzó una magnitud de 9, el seísmo confirmó la calidad de la infraestructura. Aparte de algunos acueductos rotos y la suspensión de trenes, la vida en Tokio continuó con la normalidad que permite la pandemia.
También fue una constatación del autocontrol nipón, forjado en la práctica común en escuelas y oficinas, de participar en repetidos simulacros de evacuación. Es la forma de no olvidar las leyes de la madre naturaleza y acostumbrarse a tener a mano casco, comida, agua y, cuando proceda, los pecados confesados.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.