Un año después de la estrecha victoria electoral de Joe Biden frente a Donald Trump, Estados Unidos sigue en el filo de la navaja. La situación política puede evolucionar en formas muy distintas, desde la reforma económica y política gradual que busca Biden hasta la subversión de las elecciones y del imperio de la Constitución que Trump intentó en enero (y que él y el Partido Republicano siguen decididos a llevar adelante). (Recomendamos: Lea aquí todos los artículos de la serie Pensadores globales 2022).
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No es sencillo diagnosticar cuáles son, con exactitud, los males fundamentales que aquejan a Estados Unidos al punto de haber alentado el movimiento trumpista. ¿Son las eternas guerras culturales que dividen a Estados Unidos por temas de raza, religión e ideología? ¿El aumento a niveles inéditos de la desigualdad en el reparto de la riqueza y del poder? ¿Son la pérdida de poder internacional de Estados Unidos, sumada al ascenso de China, y los reiterados desastres de sus guerras electivas los que provocan el sufrimiento, la frustración y la confusión nacionales?
Aunque la tumultuosa situación interna en Estados Unidos es atribuible a todos estos factores, en mi opinión la crisis más profunda es política, y se debe a la incapacidad de las instituciones para “promover el bienestar general”, como promete la Constitución. Durante las últimas cuatro décadas, la política estadounidense se ha convertido en un juego de privilegiados que favorece a los superricos y a los intereses corporativos a costa de la inmensa mayoría de la ciudadanía.
El 1 % por encima del resto
Warren Buffett definió muy bien la esencia de la crisis en 2006: “Por supuesto que hay una guerra de clases. Pero la está librando mi clase, la de los ricos, y la estamos ganando”.
El principal campo de batalla está en Washington. Las tropas de asalto son los representantes de intereses corporativos que pululan por los pasillos del Congreso, de los departamentos federales y de los organismos administrativos. La munición son miles de millones de dólares gastados cada año en este cabildeo en el nivel federal (se calcula que fueron US$3.500 millones en 2020) y en aportes de campaña (unos US$14.400 millones para la elección federal de 2020). Los propagandistas de la guerra de clases son los medios corporativos, liderados por el megamilmillonario Rupert Murdoch.
Hace unos 2500 años, Aristóteles observó que el buen gobierno puede convertirse en mal gobierno si el orden constitucional es defectuoso. Las repúblicas, gobernadas por el Estado de derecho, pueden caer en el imperio de las turbas populistas, o en el imperio oligárquico de una clase reducida y corrupta, o en la tiranía de una sola persona. EE. UU. se enfrenta a esos posibles desastres, a menos que el sistema político pueda librarse de la corrupción a gran escala que suponen el cabildeo corporativo y la financiación de campañas por los ricos.
La guerra de clases contra los pobres en Estados Unidos no es nueva; se la lanzó seriamente a principios de los setenta y se la viene implementando con eficiencia brutal hace 40 años. Hubo tres décadas entre la asunción del presidente Franklin D. Roosevelt en 1933, en plena Gran Depresión, y el período de Kennedy y Johnson, de 1961 a 1968, en las que Estados Unidos siguió en general el mismo sendero de desarrollo que la Europa occidental de la posguerra, en dirección a una socialdemocracia. La desigualdad de ingresos iba en disminución, y nuevos grupos sociales (en particular los afroamericanos y las mujeres) se integraban al núcleo de la vida económica y política.
Llegó entonces la venganza de los ricos. En 1971, el abogado corporativo Lewis Powell formuló una estrategia para revertir la tendencia socialdemócrata favorable al refuerzo de la regulación medioambiental, los derechos laborales y la justicia tributaria. Las grandes empresas estaban dispuestas a dar la batalla. En 1971, el presidente Richard Nixon nominó para la Corte Suprema a Powell, quien asumió a principios del año siguiente y pudo poner en práctica su plan.
Aguijoneada por Powell, la Corte Suprema dio vía libre al dinero corporativo en la escena política. En Buckley vs. Valeo (1976), invalidó la imposición de límites federales a los gastos de campaña de candidatos y grupos independientes, por considerarla violatoria de la libertad de expresión. En First National Bank of Boston vs. Belotti (1978), Powell redactó el fallo mayoritario, según el cual el gasto de las corporaciones en campañas políticas está protegido por la libertad de expresión y no puede estar sujeto a límites. La acometida de la Corte culminó en Citizens United vs. Federal Elections Commission (2010), que en esencia anuló cualquier posibilidad de poner límites al gasto de las corporaciones en la política federal.
Cuando en 1981 Ronald Reagan llegó a la presidencia, reforzó el asalto de la Corte Suprema al bienestar general rebajando impuestos a los ricos, atacando a los sindicatos y derogando medidas de protección medioambiental. Esa trayectoria todavía se mantiene. Por eso Estados Unidos se alejó de Europa en decencia económica básica, bienestar y protección medioambiental. Mientras Europa en general siguió la senda de la socialdemocracia y del desarrollo sostenible, Estados Unidos insistió en una senda de corrupción política, oligarquía, divergencia creciente entre ricos y pobres, desinterés por el medioambiente y negativa a poner límites al cambio climático antropogénico.
Unas pocas cifras bastan para mostrar las diferencias. La recaudación tributaria promedio de los gobiernos de la Unión Europea es aproximadamente el 45 % del PIB; la del gobierno estadounidense apenas llega al 31 %. Por eso los gobiernos europeos pueden financiar atención médica universal, educación superior, ayudas familiares y programas de capacitación laboral, mientras que Estados Unidos no garantiza la provisión de esos servicios. Europa lidera el Índice Global de Felicidad, donde Estados Unidos aparece en 19º lugar. En 2019, la expectativa de vida era de 81,1 años en la UE y 78,8 años en Estados Unidos (que en 1980 tenía una expectativa de vida mayor que la UE). En 2019, la participación del 1 % de hogares más ricos en la renta nacional rondaba el 11 % en Europa occidental y el 18,8 % en Estados Unidos. En 2019, Estados Unidos emitió 16,1 toneladas de dióxido de carbono por persona y la UE emitió 8,3 toneladas por persona.
En síntesis, Estados Unidos se volvió un país de los ricos, por los ricos y para los ricos, que no asume ninguna responsabilidad política por el daño climático que le causa al resto del mundo. Las divergencias sociales resultantes provocaron una epidemia de muertes por desesperación (que incluyen sobredosis de drogas y suicidio), disminución de la expectativa de vida (aun antes del covid-19) y aumento de los índices de depresión, sobre todo entre los jóvenes. En lo político, estas perturbaciones tuvieron resultados muy diversos; el más ominoso ha sido Trump con su propuesta de falso populismo y culto a la persona. Tal vez favorecer a los ricos mientras se distrae a los pobres con xenofobia, guerras culturales y una imagen de hombre fuerte sea el truco más viejo en el manual de los demagogos, pero es increíble lo bien que funciona todavía.
Las dificultades por delante
Esta es la situación que Biden intenta resolver, pero hasta ahora sus logros han sido limitados y frágiles. La verdad lisa y llana es que todos los congresistas republicanos y un grupo pequeño, pero decisivo, de demócratas (en el que se destacan los senadores Joe Manchin, por Virginia Occidental, y Kyrsten Sinema, por Arizona) están decididos a bloquear cualquier aumento significativo de impuestos a los ricos y a las corporaciones estadounidenses, lo que impide un incremento de la recaudación federal que se necesita con urgencia para crear una sociedad más justa y respetuosa del medioambiente (también bloquean cualquier acción decidida en relación con el cambio climático).
Por eso llegamos al final del primer año de Biden con los ricos todavía atrincherados en el poder y toda clase de obstáculos contra la justicia tributaria, el aumento del gasto social, la protección del derecho al voto y la implementación de medidas medioambientales urgentes. Todavía Biden puede anotarse algunas modestas victorias que le sirvan de base para los años venideros, y es lo que quiere la gente. Alrededor de dos de cada tres estadounidenses apoyan un aumento de impuestos a los ricos y a las corporaciones.
Pero hay una posibilidad real de que los reveses que sufrió Biden en 2021 ayuden a los republicanos a obtener el control de una de las cámaras del Congreso, o las dos, en 2022. Esto supondría el fin de cualquier reforma legislativa por lo menos hasta 2025, e incluso presagiar un regreso de Trump al poder en la elección presidencial de 2024, en un contexto de desconcierto social, violencia, uso propagandístico de los medios y supresión de votantes en los estados bajo control republicano.
La turbulencia estadounidense conlleva preocupantes consecuencias internacionales. Estados Unidos no puede liderar reformas globales si ni siquiera puede gobernarse a sí mismo en forma coherente. Tal vez lo único que hoy en día une a los estadounidenses es una sensación exagerada de amenazas externas (venidas en particular de China). Mientras en el plano interno Estados Unidos está sumido en el desconcierto, políticos de ambos partidos han escalado su retórica antichina, como si una nueva Guerra Fría pudiera de algún modo aliviar una angustia cuyas raíces son locales. Por desgracia, la belicosidad bipartidaria de Washington no traerá más seguridad ni soluciones reales a ninguno de los problemas mundiales urgentes, sino un aumento de tensiones globales y riesgos de conflicto (por ejemplo, en relación con Taiwán).
Estados Unidos no está de vuelta, al menos no todavía. Aún se debate en una lucha por superar décadas de corrupción política y abandono social. El resultado sigue siendo muy incierto, y el panorama para los próximos años se presenta lleno de peligros para Estados Unidos y para el mundo.
* Jeffrey D. Sachs es profesor distinguido de la Universidad de Columbia y director de su Centro de Desarrollo Sostenible. Copyright: Project Syndicate, 2021.