Estamos esperando un resultado; otra vez. Hay alguien querido, un niño, que puede haberse contagiado en la escuela. Nos dijeron que los resultados estarían a la noche, pero nunca se sabe… ¿Y si ya están? ¿Por qué la pantalla no se actualiza? ¿Significa algo la demora? ¿Nos están dando tiempo antes de soltarnos la mala noticia? Todavía nada. Pero espera, ¡la pantalla se actualizó! (Recomendamos: Lea aquí todos los artículos de Pensadores globales 2022).
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En la fabulosa película Tiempos modernos, de Charles Chaplin, la imagen de la modernidad es la aceleración del tiempo. En la visión distópica de Chaplin, máquinas veloces mueven vidas todavía más veloces. Y sin embargo, cuesta imaginar que el tiempo vaya rápido para alguien que ve pasar zumbando los autos desde una cabina de peaje, o alguien que ve una impresora de alta velocidad sacando tiradas de miles de páginas en un taller de imprenta.
En nuestra opinión, lo que hace que el tiempo vuele no son las máquinas, sino la presencia de marcas temporales predecibles: el almuerzo a las 12.30, el café de las 3.00, la vuelta a casa a las 5.00, las compras del fin de semana, el partido de fútbol de la tarde, la próxima vacación escolar, el viaje anual para ver a la familia… En los viejos tiempos, la vida parecía lenta, porque siempre se estaba a la espera de algo: que la lluvia salvara la cosecha, que la guerra terminara, que el útero concibiera, que las pestes se aplacaran…
La espera suele traer consigo un elemento de azar, para bien o para mal. Puede que suene el teléfono, que la carta esté demorada, que la tormenta caiga justo a tiempo y cancelen el examen. Puede que el informe termine trayendo buenas noticias. Mientras no sabemos, el corazón nos late un poco más de prisa, la respiración se torna superficial, la mente salta de idea en idea, sin alejarse nunca demasiado de esa única preocupación omnipresente. El que espera desespera.
El año que pasó fue, sobre todo, un año de esperar resultados imprevistos y preocupantes: tras almorzar con una persona que, lo sabemos, es extremadamente cuidadosa, le dieron diagnóstico positivo. Fuimos contacto estrecho; una de esas temibles frases nuevas que han invadido nuestras vidas, a la par de la prueba PCR, la carga viral, la vacuna ARNm o la máscara KN95.
Así que nos tienen que hacer la prueba, varias veces. Hay que esperar los resultados, varias veces. Las noticias a veces son buenas, a veces son malas, a veces no se sabe qué pensar. ¿Era mejor recibir el negativo o que nos dijeran que habíamos tenido el virus sin nunca enterarnos?
Algunos resultados hubiéramos querido frenarlos lo más posible. En la segunda ola de covid-19 en la India, las cifras se dispararon en cuestión de días y el mal preparado sistema sanitario se saturó. Millones de familias esperaban una cama de hospital y tubos de oxígeno para sus seres queridos; después, demasiadas veces, esperarían turno para el crematorio o el cementerio.
Otras esperas duraron años. Como tantos en el mundo, esperamos la siguiente elección presidencial en Estados Unidos desde el día en que Donald Trump asumió el cargo. La espera se extendió hasta este año, cuando el Congreso de los Estados Unidos finalmente certificó la victoria de Joe Biden. Parece que esperar resultados electorales, con la cobertura mediática incesante, es más enloquecedor que antes. ¿Se dará vuelta Wisconsin? ¿Cambiará de partido Georgia? ¿Quién controlará el Senado? ¿Por qué Carolina del Norte se demora tanto?
Y la espera no terminó allí. No estaba previsto que la carrera por el control del Senado de los Estados Unidos fuera a depender de un condado en Georgia y menos del 1 % de los votos, pero es lo que sucedió. Después tuvo lugar, por fin, la certificación en el Senado, pero no sin que antes Trump y sus simpatizantes trataran de impedirla montando una insurrección en el Capitolio.
El arco narrativo del covid-19 se parece, hasta cierto punto, a la presidencia del hombre que no quiso tomársela en serio. Su llegada causó conmoción; después pareció que no era para tanto, y nos relajamos; al final, todo fue empeorando. Y entretanto, más resultados para obsesionarse: signos vitales, niveles de oxígeno, fiebre. Resultados que había que esperar día a día, sin entender su significado, cuando llegaban, ni cómo reaccionar. ¿Es buena noticia porque el estado del paciente no empeoró o es mala noticia porque no mejoró?
La misma ambivalencia rodeaba la entrega de las cifras diarias de contagios, que nos llegaban cada noche al teléfono, por cortesía de la aplicación TousAntiCovid del gobierno francés (pasamos el último año académico en Francia). ¿Veinte mil es mucho o es poco? Demasiado para estar tranquilos, pero al parecer no tanto para que el gobierno actúe.
También hubo resultados que se adelantaron. Los ensayos de vacunas cayeron como feliz sorpresa. Se fueron acumulando resultados antes de que pudiéramos entender la diferencia entre eficacia y efectividad. Las noticias eran buenas. Muchas vacunas funcionaron mejor de lo esperable. Pero mientras el virus adquiera nuevas mutaciones que pueden reducir la efectividad de las vacunas actuales, siempre habrá más resultados que nos harán esperar y dudar.
Las vacunas contra el covid-19 dieron un nuevo motivo de esperanza y una nueva razón para esperar. En muchos países todavía se preguntan si habrá suficientes para la población local y cuándo, mientras a los “líderes mundiales” les cuesta respaldar con dosis reales la necesidad de vacunación universal que declaran.
Pero para los que tienen la suerte de estar vacunados, hay una pregunta más, para la que no se hallará respuesta actualizando la página. Cuando miremos atrás, hacia las cicatrices de la pandemia, ¿qué veremos? ¿Solo la pena del aislamiento o también la felicidad del contacto humano cotidiano? Tal vez sea hora de empezar a construir sobre esos recuerdos todavía frescos una nueva solidaridad que sea universal sin ser abstracta, basada en el placer tangible de estar juntos, pero extendida hasta los confines de la Tierra. Tal vez eso nos ayude a enfrentar el temor más grande de este tiempo.
Porque también en relación con eso ya tenemos los resultados: este año el planeta ardió (en sentido muy literal) y la temporada de ciclones se adelantó. Las temperaturas están subiendo y seguirán haciéndolo, y la vida en algunos de los núcleos de población más densos se tornará imposible. La espera ahora es por saber si habrá voluntad colectiva para hacer frente a estos resultados, para decir “¡ya basta!”, entender que no queda tiempo para excusas y que nuestros líderes deben pasar por fin de las palabras a los hechos.
* Traducción: Esteban Flamini. Abhijit Banerjee es profesor de Economía en el MIT. Cheyenne Olivier es artista gráfica e ilustradora. Copyright: Project Syndicate, 2022.