Camuflados tras disfraces anodinos, espías de todo el mundo en Japón cautivan, seducen, conquistan, sobornan o extorsionan a empleados de empresas niponas con el fin de obtener codiciados secretos industriales. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Considerado un flagelo constante para Japón desde su consolidación como potencia económica en la segunda mitad del siglo pasado, el espionaje industrial goza de buena salud.
En 2020, y con pandemia de por medio, se registró un número récord de 22 casos de lo que la policía japonesa denomina “infracción de secretos comerciales”.
Aunque los agentes archivan sus datos en soportes digitales y examinan el entorno personal de su víctima en Facebook, aún recurren al tradicional encuentro casual a la salida del trabajo, a la rubia atractiva que se acerca en un bar o a los pagos puntuales en efectivo.
Las embajadas, y sobre todo sus secciones comerciales, siguen siendo el lugar favorito donde los servicios de espionaje implantan hombres o mujeres de apariencia inofensiva, sonrisa transparente y con un talento inusual para aprender el idioma local y persuadir a sus presas de que lo que solicitan no es nada del otro mundo.
La astucia de los rusos quedó demostrada con el caso de un ingeniero japonés que entregó información sobre aviones de combate no tripulados y radares a más de 15 espías distintos que se sucedieron en las últimas tres décadas en el departamento comercial de la Embajada de Rusia en Tokio.
También se enmascaran como reporteros, y es casi seguro que en las visitas organizadas para la prensa extranjera a fábricas de alta tecnología o instalaciones nucleares los periodistas silvestres nos sentamos en el bus junto a un corpulento Igor o Cheung cuya crónica, pletórica de fotografías y minucias técnicas, va directo a algún despacho oficial en Moscú o Pekín.
Washington no se queda atrás. En 2015, Wikileaks filtró una larga lista de teléfonos interceptados por la inteligencia norteamericana en Japón, que se iniciaba con la oficina del primer ministro, pasaba por el despacho del presidente del Banco Central y terminaba con altos ejecutivos de multinacionales petroleras niponas.
El espionaje industrial latinoamericano suele ser practicado por particulares que han sido nombrados como diplomáticos en Tokio y aprovechan su rango para hacerse invitar a la trastienda de algún próspero negocio donde acceden a inventos patentados, estrategias o sistemas innovadores que envían a sus familiares para que copien ideas.
A veces hacen contactos y concretan el negocio allí mismo. De esa manera compensan, según me contó uno, los injustos salarios que les pagan por servir a su patria en un archipiélago que parece de otro planeta y donde están privados de ver a diario sus espléndidos Andes, sus pampas infinitas o su anhelado mar Caribe.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.