Conversando sobre religiones con un amigo hindú residente en Tokio, tocamos el tema de las reliquias y, para conectar su país con Japón y el mundo hispano, le mencioné la momia de San Francisco Javier que reposa desde el siglo XVI en una iglesia de Goa, al oeste de India. “Goa es la Riviera Francesa de la India actual”, me dijo mi amigo y me enseñó una foto de una playa color turquesa con muebles blancos que podría estar en Cannes o Saint-Tropez. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Le expliqué que el jesuita navarro Francisco Javier, el primer extranjero que los niños japoneses estudian en sus textos de historia, estuvo en Japón entre 1549 y 1551, y falleció cuando intentaba entrar a China, en la isla de Sancian, donde fue enterrado por la gente del lugar.
Su cuerpo momificado fue llevado después a Goa y tras su canonización se dispuso una lujosa urna de vidrio para fomentar la peregrinación de los creyentes a la que fue la capital del imperio portugués en Asia hasta mediados del siglo XX.
Dado el pedigrí del muerto y la antigua creencia en los poderes sanatorios o sobrenaturales de los restos biológicos de los católicos insignes, su brazo derecho le fue amputado y, tras ser llevado al Vaticano, se convirtió en una reliquia viajera etiquetada como el apéndice que bautizó a unos 100.000 conversos en Asia.
En 1949, cuando los católicos japoneses celebraron el cuarto centenario de la visita de Francisco Javier, se organizó la importación temporal del brazo y fue paseado por las calles del archipiélago con una pompa digna de la llama olímpica.
La sola mención de la mutilación del brazo con fines proselitistas hizo que mi amigo, que profesa el sijismo, la quinta religión del mundo en número de fieles, se llevara las manos a la cabeza. Le comenté que la admiración casi fetichista por los restos biológicos en la cultura católica sembró iglesias y santuarios de improbables ofertas, como cuatro pechos de Santa Águeda, el prepucio del Niño Jesús, dos cabezas de San Pablo y las plumas perdidas en el vuelo por el arcángel San Gabriel.
Para finalizar, le conté que a mediados del siglo pasado circuló en Japón la historia de un trozo de brocado con hilos de plata que perteneció a Francisco Javier y que fue regalado por una monja en un hospital al escritor norteamericano David Kidd, residente en Kioto.
En una crónica para la revista The New Yorker, Kidd describió el origen de la suntuosa tela y aseguró que había sentido alivio después de haberla donado a un devoto católico que supo sacarle provecho, pues se dedicó a hacer milagros con la célebre reliquia.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.