Por su acento, de inmediato pensé en Alberto Casas Santamaría, pero no: el tipo era más bien bajito, canoso, llevaba un paraguas colgado del brazo izquierdo y tenía un aire a Peter Sellers en Desde el Jardín.
Las palabras de este especimen bogotano retumbaron como un cañón; de inmediato miré para todos los lados, con una vergüenza enorme, y me percaté de que otro tipo, a mi derecha, me hacía un gesto de reproche, como si yo hubiera soltado semejante disparate. “Carajo, éste sí se la pilló”, pensé, y me preparé para un insulto o algo peor.
– Coño, para mí que ese Hussein Obama, realmente es un espía al servicio de la dictadura castrista… Fidel se las sabe todas, se acordarán de mí, caballero.
Yo no salía de mi asombro: en medio de una muchedumbre de dos millones de personas, apostado cerca del monumento a Lincoln, donde podía ver la posesión sólo a través de una pantalla gigante, tenían que hacerse a mi lado un cubanazo clásico de los que pululan por Miami y un bogotano demente, extraviado, podía ser perfectamente miembro de la representación diplomática de Colombia en Washington.
El hombre del paraguas se acercó al huracán de la Habana, lo agarró del brazo, en un gesto de amistad, y le dijo en tono de confidencia:
– Ala, Fidel es todo un caballero, como dices. Es de los Castro divinamente del Cesar.
De inmediato, el anticastrista furibundo, sin importarle un pito la posesión del primer afrodescendiente en llegar a la Casa Blanca, se zafó con rabia de nuestro al parecer diplomático de carrera, y le dijo de frente: “Así son ustedes los comunistas, se hacen los mosquitamuertas, que la justicia, que la igualdad… te apuesto que en menos de un mes, Hussein Obama nacionaliza Las Vegas. Chico, así pasó con el Tropicana”.
Traté de cambiar de sitio, pero estábamos apelotonados como sardinas. No había alternativa. El hombre del paraguas o, a lo mejor, el agregado cultural de la embajada volvió a la carga: “Mira, chino, ¿puedes explicarme por qué todo este montón de gente decidió, de un momento a otro, salir a la calle a ver televisión en pantalla gigante?”.
– “Es típico de la propaganda comunista”, replicó el heroico exiliado. “Quieren lucirse, Fidel al principio, según me contaban mis viejos, hablaba corto, pero después, cuando se quitó la careta, se echaba discursos de cinco horas. Dale tiempo”.
Qué delito habré cometido en la vida, o en otras vidas, para merecerme este cruel destino. Había perdido la concentración. Y la calma. Me dirigí, energúmeno, al compatriota de Celia Cruz: ¿Y usted qué hace aquí? ¿Por qué no se quedó en Miami, o mejor, en Cuba?
“Oye, comemielda, más respeto”. “Ala, yo de eso sí no como, prefiero la cuajada con melado que hace Marujita”, terció la presunta cuota burocrática en el extranjero de Germán Vargas Lleras.
“El que tiene que respetar es usted”, dije gritando y en actitud desafiante. En ese momento, sucedió que alguien desde atrás me empujó y me abalancé contra el anticastrista. Él, de inmediato, me aplicó una llave, me lanzó al piso, y me dijo al oído: “Tranquilo, amigo, la cosa no es con usted”.
Quedé más congelado de lo que ya estaba. Quise salvar la ocasión corriendo hacia Pennsylvania Avenue, para tratar de ver la caminata de la pareja presidencial, pero mi esfuerzo fue infructuoso. A lo lejos, al hombre del paraguas lo seguía a prudente distancia el exiliado o ¿agente secreto? Un día muy especial, sin duda.