Centenares de obras densamente colgadas en las paredes, casi amontonadas unas sobre otras. En cada recinto un tema, pero vagamente definido. Todo vale, o casi todo: los estilos, los tamaños, las texturas. También hay escultura: un King Kong de más de tres metros de alto hecho de miles de ganchos de ropa o un pequeño modelo indescifrable de madera.
Todo está a la venta y miles de personas se abren paso, muy educadamente, entre los recintos, catálogo en mano, en busca de una ganga o del próximo gran artista de la década.
Lo único que resulta incongruente en toda la escena es que tiene lugar, no en una plaza pública o una galería desconocida, sino en la sede de la Real Academia de las artes en el centro de Londres.
De ordinario, la Real Academia expone obras de artistas tan famosos que las colas para entrar le dan la vuelta a la manzana. Este año, por ejemplo, ha montado exposiciones de Vincent Van Gogh y del escultor Anish Kapoor.
Pero una vez al año, desde su fundación en 1768, el elegante edificio de la Real Academia en Picadilly abre sus puertas para la exposición de verano, que acoge a centenares de artistas a quienes, francamente, no los conocen ni en su casa.
Cada año los curadores de la exposición reciben cerca de diez mil obras provenientes de todos los rincones del país y (con paciencia infinita evidentemente) escogen alrededor de mil para exhibir. Para el evento las cuelgan mezcladas con obras de famosos miembros de la Academia. Así es como este ano hay totales desconocidos codeándose con obras de Tracey Emin y David Hockney, por mencionar sólo a dos.
La calidad del arte es bastante variable, por supuesto. Pero es un ejercicio encomiable de democracia artística. Sus organizadores dicen que es la exposición abierta más grande del mundo.
La Real Academia, a pesar de su pomposo nombre, no es un organismo del Estado. La fundó el rey Jorge III en 1768 con el propósito de promover las artes visuales, y se mantiene únicamente de donaciones privadas.
El entusiasmo de sus miembros por la exposición de verano es incuestionable: la han montado todos los años desde 1768, incluso en los años más oscuros de las guerras mundiales del siglo pasado. Y el público británico responde con igual entusiasmo. El día de mi visita había miles de personas y un buen número de cuadros ya se habían vendido.
No todos la aman, por supuesto. Entre críticos de arte y algunos artistas hay un cierto desdén ante el evento. Y Oscar Wilde lo inmortalizó en El Retrato de Dorian Gray, donde uno de sus personajes dice que el show es “demasiado grande y demasiado vulgar. Cuando voy hay tanta gente que no puedo ver los cuadros, que es grave, o tantos cuadros que no puedo ver a la gente, que es peor”.
Yo no tengo ni el dinero ni el espacio en mi casa para invertir en obras de arte. Pero debo confesar que me quedé pensando cómo se vería ese King Kong en mi jardín. Y qué dirían los vecinos…