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Ascenso de China va mas allá de medallas de oro

24 de agosto de 2008 - 08:05 p. m.

CHINA DESPLAZÓ A ESTADOS UNIdos como el ganador de la mayoría de las medallas olímpicas de oro en este año.

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Actualmente, es el repunte atlético lo que nos deja azorados, pero China dejará una huella similar y desproporcionada en las artes, los negocios, la ciencia y la educación.

El mundo con el que estamos familiarizados, dominado por Estados Unidos y Europa, es una anomalía histórica. Hasta el siglo XV, las mayores economías del mundo eran China y la India, y los pronosticadores de esa época pudieran haber dado por hecho que ellos serían los que colonizarían el continente americano; lo cual significaría que con todo derecho, este periódico debería ser impreso en el idioma chino, o quizá en hindi.

Pero, en eso, tanto China como India empezaron a venirse abajo justamente al tiempo que Europa empezó a surgir. El ingreso per cápita de China de hecho era inferior, ajustado para tomar en cuenta la inflación, en la década de los 50 de lo que había sido hacia el final de la Dinastía Song, en la década de 1270.

Ahora el mundo está regresando a su estado normal –esto es, Asia poderosa– y nosotros tendremos que ajustarnos. Justo en la forma que muchos estadounidenses conocen el vino tinto y distinguen con facilidad un Manet de un Monet, nuestros hijos se volverán conocedores del té pu’er y conocerán la diferencia entre guanxi y Guangxi, el Qin y el Qing. Cuando estén enojados, quizá lleguen incluso a insultarse mutuamente, llamándose “huevo de tortuga”.

Durante el ascenso de Occidente, la cultura china tuvo que adaptarse de manera constante. Cuando los primeros occidentales llegaron y trajeron consigo su fe en la Virgen María, China no tenía una figura femenina equivalente que obrara milagros; así que Guan Yin, el Dios de la Piedad, fue sometido a un cambio de sexo y se convirtió en la Diosa de la Piedad.

Ahora, será nuestro turno para esforzarnos por competir con Asia en momentos de repunte.

Esta transición al dominio chino será un difícil proceso para la totalidad de la comunidad internacional, sobre todo por el espinoso nacionalismo de China. Este país aún ve el mundo a través del prisma de la ‘gouchi’, o humillación nacional, y entre algunos jóvenes chinos el éxito a veces ha producido no tanta autoconfianza como arrogancia.

Las dependencias de los servicios de inteligencia de China se están volviendo más decisivas para apuntarle a Estados Unidos, incluidos los secretos corporativos, y las fuerzas armadas de China están ocupadas financiando nuevos esfuerzos por hacerle hoyos a la preeminencia militar de Estados Unidos. Entre ellos están armas espaciales, guerra cibernética y tecnologías para amenazar grupos de portaaviones estadounidenses.

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El presidente Bush fue criticado de manera rotunda por asistir a la Olimpiada de Beijing, pero, en retrospectiva, yo creo que él hizo bien en asistir. La relación bilateral de mayor importancia en el mundo en los años próximos será la de China y Estados Unidos, al tiempo que, con su presencia, Bush se hizo de una abundante dosis de buena voluntad del pueblo chino.

Pero, una vez que ganó ese capital político, Bush no lo dilapidó. Bush debería haberse expresado con mayor fuerza en nombre de los derechos humanos, incluido un exhorto a Beijing, dirigido a Beijing para que deje de enviar embarques de las armas usadas para el genocidio en la región de Darfur.

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Resulta difícil alcanzar este balance, pero la determinación de China de haber encabezado la tabla en número de medallas de oro, aunada a sus abrumadores esfuerzos por encontrar y entrenar a los mejores atletas, deja ver un deseo mayor de respecto e legitimidad internacionales. Nosotros podemos usar ese deseo también para avergonzar y forzar a una conducta mejor por parte de los dirigentes de China.

Cuando el gobierno chino condena a dos frágiles mujeres que rondan los 70 años de edad a un campamento de trabajos, porque presentaron una solicitud para efectuar una protesta legal durante la Olimpiada, como acaba de hacerlo, entonces eso es una indignidad que debe ser abordada no por la “diplomacia silente” sino poniéndola de relieve.

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También debemos reconocer que las presiones informales están cobrando cada vez mayor importancia. La figura de mayor importancia en las relaciones entre China y Estados Unidos hoy día no es el embajador de cualquiera de estos países, sino Yao Ming, el jugador de baloncesto; al tiempo que David Stern, el comisionado de la NBA, es la segunda. La mayor fuerza por la democratización no es el Grupo de 7 gobiernos sino los millones de chinos que estudian en Occidente y regresan… a veces con tarjetas verdes de ciudadanía estadounidense o pasaportes azules, pero siempre con grandes expectativas de libertad. El ascenso de China es sostenido en parte por la forma como el Partido Comunista se ha adaptado a regañadientes, a veces de manera incompetente, a las presiones por el cambio.

En esta visita, pasé de visita al hogar de Bao Tong, ex oficial de alto nivel en el Partido Comunista que pasó siete años en la cárcel por desafiar a integrantes de la línea dura, durante el movimiento de Tienanmén por los documentos. Los custodios que lo vigilan las 24 horas del día y siete días de la semana me permiten pasar una vez que les mostré mis credenciales de prensa olímpica.

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Bao notó que la dirigencia comunista de hecho solía creer en el comunismo; ahora, sencillamente creen en el mandato del Partido Comunista. Al mismo tiempo recordó que la línea dura solía temerle al peligro de la “evolución pacífica”, lo cual equivale a un cambio gradual hacia un sistema político y económico como el occidental. “Actualmente, de hecho, lo que nosotros tenemos en una evolución pacífica”, notó.

Esa flexibilidad es una de las mayores fuerzas de China, así como una razón por la que el aspecto de mayor importancia en el mundo actual es el ascenso de China… en la Olimpiada y en casi todas las demás facetas de la vida.

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* Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer.c.2008 – The New York Times News Service.

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