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Así, así, así pierde Guardiola

HAY EQUIPOS CUYA ETERNIDAD EStá por encima de una derrota.

15 de enero de 2010 - 05:39 p. m.
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Aquella Holanda de 1974 y 1978, el Brasil de 1982, el Madrid de la Quinta de Eindhoven y, por supuesto, el Barça de Pep Guardiola. Sí, el de Guardiola, porque nadie es más culpable que él de la patente de este equipo tan hedonista en la catarata de victorias como en la derrota. Guardiola también es culpable de muchas otras cosas. Por ejemplo, de la noble ambición de unos jugadores que no distinguen el cartel de los torneos, porque se toman cada cita como un placer. Y es culpable, faltaría más, de haber minimizado su papel en los éxitos —“con unos jugadores tan buenos…”— y haberlo amplificado con cilicio incluido en el único traspié —“he fallado a los jugadores”—.

Guardiola es culpable, por supuesto, de que el equipo caiga con la pelota al pie, en la trinchera del adversario, frente a un portero épico, sin la más mínima renuncia a un estilo tan celestial que hasta despierta admiración en sus rivales. Guardiola, estaría bueno, es culpable de haber alineado a algunos suplentes en un partido de ida ante el Sevilla, en el que no subestimó a su estupendo rival, sino que sobrestimó a su grupo. Este, como todo colectivo, precisaba de un guiño de complicidad de su jefe. Guardiola actuó en la línea de lo que hizo el año pasado cuando levantó el trofeo en Valencia, consecuencia, entre otras cosas, de su tacto al administrar una plantilla corta que el técnico necesitaba tener en vilo ante el maratón final del curso. Y así fue. Bojan y Pinto fueron claves ante el Athletic en la última final; Sylvinho tuvo que dar un paso al frente por las circunstancias en la final de Roma, en la que se midió a un tal CR; o Busquets, más suplente de Yaya Tourè que este año, se vio de titular en las dos finales al improvisar el africano como central postizo por las lesiones.

Ante la torticera y miserable mirada de algunos, Guardiola es culpable de haber fichado a Chigrinski, sobre el que azotan al técnico, en la diana de muchos que no perdonan a los triunfadores, pecado capital. Pues es tan culpable del ucraniano como de Busquets, Pedro, Piqué y los premios de Messi. Hay miradas tan retorcidas que aún hoy día hay quien prioriza en el legado de Johan Cruyff los fichajes de Escaich y Korneiev, no de los de Koeman, Laudrup, Stoichkov y Romario, o su desliz con Lucendo, locura embrionaria del alumbramiento posterior de Amor, Guardiola, Ferrer, Sergi…

Guardiola es culpable de amar el fútbol, de amar al Barça, de jamás olvidarse de hacer un guiño al último polizón del vestuario, aunque se llame Chigrinski. Como si alguien no pudiera equivocarse alguna vez, en caso de que finalmente el central resulte un fiasco. Guardiola es culpable de haber ventilado la caseta, donde hay más puntualidad, se vive de día y se duerme de noche. Hoy nadie se deslengua con el amparo presidencial en Villafranca del Penedés tras un demagógico ataque de cuernos, de egos más bien, entre supuestos compañeros que llegaron a creerse por encima incluso de un club que ya es más que un club. Guardiola es culpable de que por su falta de feeling con alguno de aquellos pretorianos laportistas hoy el Barça pierda como perdió en Sevilla. No hay duda, de eso sí que es culpable este entrenador educado, ponderado, con tacto, gusto exquisito y otras muchas inquietudes al margen de su obsesión por el buen fútbol. Este es el guardiolato, el gran favor del Barça. Bendito culpable.

* Editor de Deportes de El País de España

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