SOBRE EL MOTIVO DIGNO DE CONMEmorar en el Bicentenario no hay consenso.
Un objeto difuso como la Independencia suscita debates complejos y perplejidades. La escasa coincidencia sobre lo que merece tan exultante celebración ya dio lugar a que un juzgado ordenase a la administración de Medellín corregir la programación del Bicentenario y rescatar el sentido histórico que le imprimió a esta efeméride el Concejo de la ciudad. La providencia judicial ordenó realizar una “investigación del Bicentenario Constitucional” y elaborar “un diccionario con todas las palabras claves que se relacionen con el Bicentenario Constitucional”.
A los próceres de 1810 no los animaba un espíritu de rebeldía contra el Reino de España. Por el contrario: fue explícito el reconocimiento de la legitimidad monárquica. Más que negar la condición de súbditos del soberano peninsular, lo que se reivindicó fue el derecho de los pueblos de estas provincias al autogobierno representativo criollo, reemplazo de la prepotente y desacreditada burocracia chapetona. En el fondo reclamaron un gobierno constitucional. Aquellos pronunciamientos pueden ser leídos como réplicas de las juntas patrióticas españolas de resistencia antinapoleónica, pero en cuanto al reclamo de un gobierno fundado en, y sometido a, la Constitución, nos adelantamos dos años a la Carta de Cádiz.
Aunque simplista, no carece de plausibilidad la interpretación marxista que descree de la Independencia por cuanto la liberación del yugo español sólo condujo a un relevo de amos: inmediatamente caímos en la total dependencia económica de Inglaterra y luego bajo el “neo colonialismo yanqui”. Lectura despectiva que ve en aquellos acontecimientos una simple sustitución de la despótica casta española por la ignominiosa oligarquía tropical. Y según otros, tampoco cabe rememorar el nacimiento de la comunidad nacional porque entonces sólo se expresaron voluntades de provincias. El proyecto de macronación colombiana fue apenas dibujado en la Carta de Jamaica del Libertador (1815).
Hay quienes se atreven a decir, con ironía, que nos pudo haber ido mejor quedándonos como parte de España, con un buen estatuto de autonomía de tipo confederal y buena representación en las Cortes. A fin de cuentas —argumentan— la inversión española domina hoy sectores estratégicos (energía, telecomunicaciones, medios de comunicación), amén de ese gusto por ver a España como paradigma constitucional y político.
No obstante el disenso, hay dos razones que justifican la celebración. 1. Que hace 200 años nos descubrimos como pueblo, como mundo aparte, reconocimos nuestra identidad de conglomerado étnico-cultural diferenciable de otros sobre la Tierra: que la piel suramericana huele distinto a la de los europeos y que nuestro espíritu ve el mundo de otra manera. 2. Que al pensar por cuenta propia, nos dimos el gran lujo de construir sorprendentes versiones de Estado constitucional, incluso modélicas, tal como lo muestran los ensayos de aquellos primeros tiempos, especialmente la Carta de Cundinamarca de 1811. Este segundo significado es el que nuestra Corte Constitucional ha querido dar a los actos del Bicentenario.