EN LOS ÚLTIMOS MESES EL COLAPSO de la movilidad vehicular en Bogotá se ha vuelto uno de los temas políticos de mayor relevancia nacional.
Algunos opinan que el nieto del General se encuentra en su laberinto. Aunque no tengo ningún interés en defender la gestión de Samuel Moreno Rojas, creo que sus críticos lo están convirtiendo en el chivo expiatorio de todo lo que está mal con el desigual desarrollo territorial de Colombia.
La medida que se ha tomado en los últimos días para mitigar el problema, el Pico y Placa de todo el día, parece que tendrá sólo un efecto marginal. En efecto, éste se irá disipando, pues la gente encontrará soluciones creativas, como pedir prestado el vehículo del abuelito que ya casi nunca maneja, y muchas más.
El mayor costo de los trancones es el tiempo que pierde la gente en movilizarse. También se incrementa el deterioro de los vehículos y la contaminación.
La mayoría de los análisis, y en este tema los taxistas son todos muy duchos, le atribuyen el origen del problema al enorme aumento en los vehículos en circulación (demanda) y a las fallas en la adecuación de la malla vial (oferta). Sobre lo primero se menciona, correctamente, la caída en el precio de los vehículos, por la revaluación que tuvimos en el pasado reciente y por las importaciones de vehículos asiáticos de bajo costo.
Creo que en la mayoría de los análisis ha faltado contextualizar las causas más protuberantes de los enormes costos de congestión que se están presentando en Bogotá. Lo primero que habría que decir es que la capital no es una isla y que lo que en ella está sucediendo tiene mucho que ver con lo que pasa en su entorno, es decir, en el resto de Colombia.
Durante muchos años, más precisamente desde la década de 1950 hasta fines de la de 1980, el país se embarcó en un modelo proteccionista de industrialización. Ese modelo privilegió el desarrollo económico en el centro del país. En épocas más recientes, el aumento del gasto del gobierno central, el cual se concentra en la capital, además de las economías de escala y aglomeración, han hecho que Bogotá sea la ciudad colombiana con mayor crecimiento económico y demográfico. Ello ha causado una enorme migración de personas de todo el país. En el censo de 2005, por ejemplo, sólo el 60% de los habitantes de Bogotá había nacido allí. Este influjo de gente no va a parar por ahora, pues Bogotá tiene un ingreso per cápita muy por encima de la mayoría de las regiones y una mejor cobertura en servicios públicos, educación y salud, entre otras.
En síntesis, si el país sigue teniendo inmensas zonas con un desarrollo económico atrofiado, como sucede en las costas Pacífica y Caribe, Bogotá seguirá recibiendo cada día más desplazados económicos. Muchos comprarán vehículo, y aumentarán los trancones, aunque se mejore la malla vial, se incrementen las rutas del Transmilenio, y se aumenten los días de Pico y Placa… Mientras tanto, y como me dijo un taxista bogotano, “habrá que armarse de paciencia y acomodarse”. Pero la mejor alternativa es lograr un desarrollo territorial más balanceado, para que las ciudades intermedias del país se vuelvan dinámicas y que ello evite que un día, no muy lejano, Bogotá le dispute a São Paulo el dudoso título de la ciudad más congestionada del mundo.