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El centralismo silencioso

06 de marzo de 2009 - 09:12 p. m.

ENTRE LOS TECNÓCRATAS ASENTAdos en la sabana de Bogotá ha hecho carrera el lugar común de que a partir de la Constitución de 1991 nuestro país es muy descentralizado fiscalmente.

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Como el diablo está en los lugares comunes, es bueno detenerse en este tema, pues es muy relevante para construir una Colombia más equitativa en cuanto a la distribución de las oportunidades.

El problema principal de quienes argumentan que se ha profundizado mucho en la descentralización es que se limitan al análisis parcial del gasto público, y por lo general sólo se refieren al sistema general de participaciones (SGP). Es decir, lo que el Estado central transfiere a municipios y departamentos. Sin embargo, grandes componentes del gasto público central, como por ejemplo el gasto en pensiones, están muy concentrados regionalmente, y logran neutralizar, e incluso revertir, el efecto redistributivo del SGP. De estos otros rubros del gasto público rara vez se habla en este contexto, pues casi nunca se regionalizan. Un ejemplo de esto último es lo que sucede con la Universidad Nacional.

Hay que felicitar a los directivos de la Nacional por su interés en tener un claro diagnóstico sobre cómo viene cumpliendo esa institución con su función social, para lo cual han adelantado varios estudios de un gran rigor académico. En uno de ellos, elaborado con la asesoría del geógrafo Andrés Guhl, se analizó el origen  geográfico de los estudiantes admitidos desde comienzos de la década de 2000: ¿Qué tan nacional es la Universidad Nacional de Colombia? Documento de Trabajo, N° 7, Universidad Nacional, Bogotá, 2005.

La Universidad Nacional tiene cuatro sedes principales: Bogotá, Manizales, Medellín, Palmira, en el corazón de la región más desarrollada del país; y tres sedes de zonas de frontera, Leticia, Arauca y San Andrés, que son principalmente centros de investigación.

Los resultados del estudio en mención “… demuestran claramente que la institución es cada vez menos nacional…”. En el segundo semestre de 2004, por ejemplo, el 91,5% de los estudiantes admitidos en Bogotá estaban radicados en municipios localizados a menos de 200 kilómetros de la capital. Además, el 78% de los admitidos era oriundo de Bogotá. Algo similar ocurría en las sedes de Manizales, Palmira y Medellín. Por esa razón, resulta siendo una profunda ironía que se denomine a esa institución con el nombre que tiene en la actualidad.

Como los recursos que recibe la Nacional provienen del presupuesto general de la nación, los bogotanos están recibiendo un subsidio enorme para obtener a bajo costo una educación de excelencia. En contraste, las universidades regionales reciben una suma anual por estudiante que es muy inferior a los montos asignados a la Nacional.

Para que la primera universidad pública del país se convierta realmente en una institución al servicio de todas las regiones, se tendría que democratizar el origen geográfico de sus estudiantes. Ello se puede lograr por medio de la entrega de becas de sostenimiento a estudiantes con excelente potencial académico y escasez de recursos, que provengan de las zonas que en la actualidad no están bien representadas.

El anterior es sólo un caso ilustrativo de cómo el presupuesto del Gobierno central, no regionalizado, contribuye a ahondar los desequilibrios en el desarrollo territorial colombiano. También es un magnífico ejemplo de la manera silenciosa como Bogotá se beneficia del centralismo.

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