UNO DE LOS DRAMAS LATINOAMEricanos de las últimas décadas, desde Ciudad Juárez hasta Buenos Aires, ha sido el de las personas desaparecidas por la persecución política desatada por los Estados o las guerrillas, por las venganzas de la delincuencia común o por causas desconocidas.
Creo que, por razones psicológicas, bloqueamos de nuestra mente lo generalizada que ha sido esta tragedia en nuestro continente. En tiempos recientes la “desaparición” ha sido un rasgo tan latinoamericano como las dictaduras militares, las hiperinflaciones y la gran creatividad de la literatura y las artes plásticas.
Por esa razón, recomiendo no perderse la exposición colectiva que actualmente se presenta en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, Los desaparecidos, y que estará hasta el 24 de septiembre. La curadora, Laurel Reuter, directora del North Dakota Museum of Art, ha hecho una selección de 13 artistas que en su conjunto presentan obras que casi siempre conmueven y nos invitan a pensar una vez más, aunque sea por unos minutos, aquello que nuestra mente rehúye a ponderar con tranquilidad y en silencio. Que además, nos obliga a recordar aquella terrible pregunta que se hizo un teólogo al conocer después de la Segunda Guerra Mundial la magnitud de la destrucción de los judíos europeos por parte de la infernal maquinaria nazi: ¿Dónde estaba Dios cuando esto sucedió? Pero en el caso nuestro sobre todo preguntarnos, ¿dónde estaba yo?
Una de las obras de la exposición del Mambo que de manera más impactante recrea el drama de las desapariciones es una instalación de un colectivo de artistas argentinos que se realizó como apoyo a la labor de las Abuelas de la Plaza de Mayo. Es una línea de fotografías de los rostros de parejas de desaparecidos en el período 1976-1983, que están a la altura de nuestro rostro y cubren todo el sótano del museo (son 224 fotos). Estas parejas tienen la característica que desaparecieron con sus hijos o tuvieron hijos en cautiverio que también estaban desaparecidos. Por lo menos tres de estos hijos aparecieron posteriormente. En el lugar que debería estar la foto de los hijos de las parejas los artistas colocaron un espejo (132 espejos). Ver allí en esos espejos una y otra vez es vernos transportados a ese alucinante Buenos Aires de fines de los setenta y comienzos de los ochenta donde miles de jóvenes idealistas se enfrentaron a un destino salvaje.
La obra del colombiano Juan Manuel Echevarría, con el nombre de N.N., utiliza un maniquí de los años 50 que había sido desechado y que estaba en un evidente estado de deterioro. A través del maniquí hace eco de la violencia contra los individuos que acompaña a las desapariciones.
Hay mucho que destacar en esta exposición que refleja la atmósfera de Latinoamérica en diferentes países y épocas recientes mejor que muchos estudios de comisiones, organizaciones, organismos internacionales, científicos sociales.
Su fuerza es la del buen arte de todos los tiempos, comunica las verdades de una época por medio de los sentimientos y de la razón. Esto también lo hace el arte contemporáneo, así no siempre tenga la fidelidad literal a los seres humanos que se revelan en un retrato de un Tiziano o de un Holbein. Pero quizá, más que la exactitud casi fotográfica, lo importante en el arte es la verdad que nos comunica. “Los desaparecidos” es un buen ejemplo de ello.