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Terreno plano, ciudades altas

19 de agosto de 2011 - 06:00 p. m.

En su reciente libro el triunfo de la ciudad, publicado este año, Edward Glaeser, profesor de la Universidad de Harvard, argumenta que la gran cantidad de interacciones cara a cara que permite la cercanía urbana facilita la creatividad y la innovación, que son el motor del crecimiento económico moderno. Esa es, según este autor, la base del éxito de las ciudades.

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Las ideas de Glaeser sobre estos temas seguramente serán muy influyentes en los próximos años, pues es asesor del Banco Mundial en temas de crecimiento urbano y regional.

Glaeser es un defensor a ultranza de las ciudades grandes, modernas y con edificios muy altos. Nueva York, su ciudad natal, le parece el ideal de poblamiento: gran densificación, mucha heterogeneidad étnica y gran vitalidad cultural y económica.

En este libro, Glaeser presenta múltiples ejemplos de cómo las ciudades grandes tienden a ser más productivas que las zonas rurales. Casi todos los ejemplos son de países desarrollados.

Uno de los temas que aborda es la conservación de edificios históricos. En su opinión, muchas veces para preservar edificios cuyo valor patrimonial no es muy claro, se bloquea la expansión urbana. En el caso de Nueva York, piensa que áreas enteras de Manhattan han sido congeladas de esta manera.

Otra política urbana de la cual es crítico consiste en los topes a la altura de los edificios, pues considera que esos límites encarecen la vivienda. Uno puede resumir así su mensaje para efectos de políticas urbanas: dejar que el terreno esté plano, para que el crecimiento de las ciudades sea vigoroso. Es decir, que las políticas de regulación de preservación, límites a la altura de los edificios y otros obstáculos a la construcción se deben eliminar o reducir a niveles razonables. No hay duda: su fórmula es ciudades grandes y altas en todas partes. Tal vez su libro se debería llamar, más adecuadamente, El triunfo de Manhattan. Pero no me parece que esté claro que esta fórmula sea la que saldría del libre juego de la oferta y la demanda.

En primer lugar, una cosa son las grandes ciudades en los países desarrollados y otra en el resto del mundo. Por ejemplo, en la lista de las 25 ciudades del mundo con mejor calidad de vida, elaborada por la revista Monocle, todas están en países desarrollados. En contraste, entre las 25 ciudades más grandes del mundo sólo 11 están en países desarrollados. ¿Se necesitan ciudades muy grandes para la prosperidad? No necesariamente. Entre las 25 ciudades más grandes del mundo no hay una sola de Alemania, una de las economías más grandes y prósperas del mundo. Es más, Bogotá es mucho más grande que cualquier ciudad alemana.

A diferencia de lo que parece ocurrir en los países desarrollados, si hemos de creerle a Glaeser, en países en desarrollo el terreno de juego ha estado desnivelado a favor de la ciudad y en contra del campo hace muchos años. En Latinoamérica, desde el poblamiento inicial por los españoles en el siglo XVI, hemos tenido un patrón territorial antirrural. Éste se acentuó en el siglo XX con las políticas de industrialización por sustitución de importaciones y se mantiene vigente de múltiples maneras. Por esa razón, es necesario leer el interesante libro de Glaeser con una dosis de sano escepticismo.

 

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