Este científico salvó muchas vidas al adaptar variedades agrícolas.
Hace algo más de una semana murió Norman Borlaug, cuyo trabajo creando y adaptando variedades más productivas de granos salvó cientos de miles de vidas humanas. Sus aportes iniciales los hizo en el Cimmyt en México en los años cuarenta del siglo pasado, los transfiere a India, Pakistán, China y muchos otros países y a los 71 años crea una fundación, esta vez para hacerlo en 14 países de África.
Pasados los 90 años de edad, seguía dando clases en Texas A&M, manejando su fundación, defendiendo el uso de biotecnología en la agricultura y combatiendo el oscurantismo anticientífico, al que veía como el enemigo más serio que enfrentaba la lucha contra el hambre.
Este desarrollo se conoció como la “Revolución Verde” y fue un serio golpe a la visión malthusiana, escuela que auguraba toda suerte de colapsos mundiales derivados de la escasez de alimentos, de cara a un presunto exceso poblacional.
Fuera de concurso es el libro de P. Ehrlich, La bomba poblacional, un best seller publicado en 1968. Aunque hoy es muy fácil burlarse de sus predicciones cataclísmicas (Mao Tse Tung se apodera de toda América Latina en 1979, para citar sólo una), lo cierto es que gracias a Borlaug dichos escenarios ya eran completamente irrelevantes como tema, incluso antes de que se publicaran.
Entre 2006 y 2008 vivimos una crisis alimentaria global por primera vez en varias décadas y hubo quienes la entendieron con argumentos en línea con las casandras de hace 40 años y en contravía de las ideas y los hechos creados por Borlaug.
La crisis, efectivamente, se originó en el fuerte incremento en el precio de los alimentos, tal y como sería el caso en una crisis tipo bomba poblacional. Sin embargo, hay que superar esta primera impresión y entender que el precio de los alimentos subió en gran parte por una razón que también explica el alza inusitada del precio del petróleo, las casas y los activos financieros: las bajísimas tasas de interés, a su vez explicadas por una coyuntura económica anómala en la que el riesgo se subvaloró, coyuntura que requería ajustes. Los ajustes se han venido dando y, en consecuencia, el precio de los alimentos ha caído. Nada peor, sin embargo, que la complacencia: el hambre es un enemigo que está vivo.
El trabajo de Borlaug, que le mereció el Premio Nobel de la Paz en 1970 y un sinnúmero de distinciones adicionales, no estuvo exento de controversia. En India la oposición a introducir un cultivo foráneo, el trigo, y a poner extranjeros en contacto directo con los agricultores sólo fue superada cuando la crisis alimentaria se hizo insoportable.
En los ochenta los flujos de financiación provenientes de fundaciones como la Ford, la Rockefeller y del Banco Mundial, fueron severamente recortadas como consecuencia del lobby de algunos grupos ambientalistas que siempre lo combatieron.
Borlaug alguna vez dijo que si estos ambientalistas de Washington pasaran un solo mes en un país con miseria y hambre, (él pasó más de 60 años), defenderían a capa y espada los tractores, los fertilizantes inorgánicos, los distritos de riego y demás presuntos demonios. Máxime si la alternativa es ampliar el área cultivada, destrozando bosques.
También generó la animadversión anticipable hacia su trabajo y su persona, el hecho de que Borlaug entendía muy bien que los agricultores debían ser propietarios y recibir por su producción los precios de mercado. Sabía de primera mano que los controles de precio, impuestos con el pretexto de defender a los hogares de la inflación de alimentos, con cargo al ingreso de los productores, son un obstáculo importante para la adopción de los procesos y las tecnologías necesarias para aumentar la producción y en consecuencia van en contravía de la lucha contra el hambre. Que, como decía, es un enemigo que está vivo.
* Ex ministro de Hacienda