Desde el 26 de Marzo último el país cuenta, vía la carta circular 29 de la Superintendencia Financiera, con una segunda reacción estatal de cara al desarrollo notable de las llamadas monedas virtuales, entre las cuales el Bitcoin es, de momento, la más importante. La primera reacción había sido emitida en Febrero por el Banco de la República, conceptuando, no muy sorprendentemente, que el Bitcoin no se puede usar para perfeccionar las operaciones cambiarias cuya regulación está a su cargo.
Aunque creo que la prensa exageró la bronca del supervisor hacia el medio de pago en cuestión, sugiriendo incorrectamente incluso que la carta circular habría enviado estas transacciones a la ilegalidad misma, sin duda se trata de un mensaje muy poco amistoso, amparado en dos recorderis importantes. Primero, el supervisor nos recuerda, por si hacía falta, que en Colombia el peso goza del monopolio del “curso forzoso con poder liberatorio ilimitado” (uno se siente decimonónico con solo citar la frasesita) y que, por ende, Bitcoin no tiene “equivalencia a la moneda legal”, lo cual complementa el anterior concepto del emisor según el cual tampoco puede ser considerado una divisa. Segundo, la Super nos recuerda los riesgos a los que se someten quienes optan por tener una billetera virtual, riesgos que son en su mayoría claramente advertidos a los usuarios en la página en la que uno crea su billetera.
Los reguladores colombianos han demostrado, de esta manera, una preocupación cuyo origen es diverso y que, valga decirlo con claridad, comparten con sus pares a lo largo y ancho del mundo. En primer lugar, y de manera muy loable, el bienestar del público: les preocupan cosas como la eventualidad de que los colombianos que participen en este espacio caigan víctimas de maleantes cibernéticos, que tengan sus ahorros en activos volátiles y desregulados, o que participen en actividades delictivas aprovechando el anonimato provisto en este mercado. Segundo, les preocupa que florezcan nuevas y más complejas erosiones del monopolio que le hemos asignado al Peso, con el riesgo de que se filtren al sistema financiero volatilidades indeseables provenientes del intercambio de Bitcoin, preocupación idéntica a la que los invade con respecto a monedas como el Dólar y el Euro, honor que le hacen al Bitcoin.
Los peligros para la población originados en el hecho de que las monedas virtuales no son reguladas es un riesgo que, en buena parte, comparten diverso tipo de activos altamente regulados, incluyendo el efectivo. Bitcoin, quien lo duda, ha sido utilizado por malhechores para perfeccionar sus fechorías financieras, pero lo mismo sucede con el efectivo, para no ir más lejos. La volatilidad enorme que ha tenido, incluyendo la quiebra de la plataforma transaccional más grande de todas, bien puede ser reflejo de un mercado que se consolida y madura en la tierra fértil que para el aprendizaje son los tropiezos. La posibilidad de un desfalco existe, pero por la misma arquitectura de verificación que tiene el sistema, dicha posibilidad es bastante remota ya que requiere un grado tal de coordinación e infraestructura tecnológica entre los bandidos potenciales, que lograrlo resulta inconcebible.
Resulta imposible saber si en dos o tres años existirá o no existirá un sistema transaccional basado en una o varias monedas virtuales. Hay opiniones respetables para lado y lado. Pero lo cierto es que su crecimiento en los dos o tres últimos ha sido extraordinario, su valor capitalizado supera los US$7.5 mil millones y solo a través de Bitcoin ya se efectúan unas 35 millones de transacciones diarias, realidad que no pasa desapercibida para un número creciente de toda suerte de establecimientos comerciales.
El concepto mismo de una moneda virtual y su rápida expansión, con vértigos y todo ha dejado claros dos mensajes. Uno, que un sistema transaccional desprovisto de toda forma de intermediación es tecnológicamente posible. Dos, que resulta apetecible para mucha gente por diversas razones que incluyen la ineficiencia comparativa del proceso de intermediación, la sobreregulación, los sobrecostos que ello implica y la fatiga con la tramitología. En este sentido, conviene acompañar las advertencias perentorias, los recordatorios moralizantes y las prohibiciones taxativas, que son parte del ADN de todo regulador que se respete, con una reflexión serena y constructiva sobre este par de mensajes que Bitcoin está enviando –por ahora de manera tenue– sobre el futuro transaccional y, eventualmente, sobre el futuro monetario y crediticio.
@CarrasqAl