Desde el inicio de la crisis financiera de 2008, las diatribas de alto calibre contra de los banqueros ha sido parte integral del paisaje mediático mundial. Entre nosotros, ni más ni menos que Daniel Samper, el mejor columnista del país, afirmó con su usual claridad, que los banqueros: “ (…) engañaron a la gente, (…) empobrecieron al mundo, (…) frenaron el avance de decenas de países, hundieron al planeta en una recesión de la que tardará en salir”.
María Jimena Duzán, otro peso pesado, se refería a los yuppies, subespecie del banquero, así: “Son un ejército de consumistas pretenciosos (..) que crearon una forma de vida dominada por el derroche (…) especulando con el dinero de los otros (…) su ambición suele ser tan grande como su ropero, en el que, además, todas las prendas tienen que ser de marca”.
Pues bien, aunque sin duda tiene razón Samper en sentir rabia de cara al sufrimiento que la crisis desató, y Duzán revela una estupenda faceta de socio-sicóloga que le desconocíamos, la verdad es que los destinatarios de sus respectivos ejercicios dialécticos, los banqueros, no tuvieron mucho que ver con aquello de causar la crisis.
Eso se desprende de un importante trabajo reciente de Ross Levine, en el que el prestigioso autor efectúa un minucioso post-mortem del sistema bancario americano, encontrando en los escombros cosa muy distinta a lo implicado por los columnistas de marras. Puestas las cosas en una balanza objetiva, la conclusión es que la responsabilidad de los banqueros por la aparición del siniestro en 2008, palidece frente a la responsabilidad de los burócratas en su largo período de gestación.
Las pruebas concretas son cinco. Primero, la laxitud de los burócratas frente a las agencias calificadoras de riesgo, a quienes asignaron responsabilidades épicas, y la consecuente tolerancia frente a su incompetencia en la estimación del riesgo asociado a diversas familias de activos. Segundo, la tolerancia exhibida por el banco central, permitiendo a los intermediarios usar la fachada de unos seguros contra el conejo crediticio (CDS) seriamente sobrevalorados, para reducir el capital preventivo y exponenciar la toma de riesgo. Tercero, la excesiva tolerancia regulatoria con respecto a instrumentos derivados, como los mismos CDS, transados por fuera de bolsa. Cuarto, la ausencia de una visión consolidada del riesgo asumido por los bancos grandes, dentro y fuera de sus balances. Quinto, los privilegios brindados a la banca pública encargada de promover, a toda costa, la vivienda de interés social.
Al trabajo le falta incluir errores gubernamentales adicionales, empezando por la extremada laxitud de la política monetaria en los años previos a la crisis, la marcada erraticidad que tuvo la reacción inicial y la defensa implícita del principio de que existen entidades demasiado grandes para naufragar. No obstante, la conclusión gruesa es concluyente: Primero, las autoridades contaban con todas las herramientas necesarias para haber atajado el desborde que experimentó la toma de riesgo a lo largo y ancho del sistema financiero, el cual Levine argumenta convincentemente, que conocían. Segundo, cometieron una cadena de errores de acción y de omisión durante el período comprendido entre 1996 y 2006.
Es cierto que en el ejercicio del ánimo de lucro, esencial para el progreso de todo empresario y de toda sociedad, los banqueros terminaron reventando la descomunal papaya que les puso la burocracia. Vaya sorpresa. Sin embargo, creo que la lección más destacada que deja la crisis es muy distinta a la inherente en casi todas las iniciativas recientes de reforma financiera: hay bastante más para corregir en el frente de la calidad que en el frente de la cantidad regulatoria y mucha más responsabilidad por el siniestro en la tintorería de los burócratas que en el ropero de los yuppies.