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Medio Ambiente

24 de septiembre de 2014 - 10:00 p. m.

En un interesante foro, la revista Finance and Development, publicada por el FMI, le preguntó a 5 destacadísimos economistas, todos ellos ganadores del premio Nobel, cual consideraban el problema más importante que enfrentará la economía global en el futuro. De manera muy interesante, dos de ellos, uno de manera directa y el otro por deducción, dijeron que en su concepto, el principal meollo es el cambio climático. El primero, George Akerlof, plantea que en materia ambiental hay una brecha enorme entre lo que sabemos con suficiente grado de confiabilidad, y lo que hacemos en nuestras vidas diarias para enfrentarlo y que buena parte de dicha brecha está originada en un problema que podríamos llamar de comunicación. Para ilustrar dice que el asunto es similar al de un bebé (la tierra) cubierto por una cobija (la atmósfera) que es cada vez mas pesada en virtud de actividades humanas tan simples como ir de paseo en un carro. Como la cobija es cada vez mas pesada, “cabe deducir” que el bebé debe aguantar cada día mas calor y que, para cambiar nuestro comportamiento y nuestras preferencias políticas, y así aliviar al bebé,  necesitamos una narrativa que deje de lado las dudas y sospechas que tipifican el debate científico, dudas que él llama cosa de tontos.

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El segundo, Michael Spence, plantea que el problema de fondo es la necesidad de que el mundo se adapte adecuadamente a la realidad inmensamente favorable implicada por el crecimiento de los países emergentes y por la convergencia de la calidad de vida entre los países pobres y los países ricos que ello implica y que se viene dando desde mediados del siglo pasado. Entre los muchos desafíos, destaca la necesidad de valorar adecuadamente, y de utilizar bien, el llamado capital natural, que requiere flujos adecuados de inversión y unos ajustes en la utilización de los recursos naturales para evitar que, en una economía global tres veces mas grande que la actual,  el crecimiento se detenga o, peor aún, que caiga en algún abismo asociado a una eventual catástrofe ambiental.

Dos temas surgen inmediatamente. Primero, el hecho es que, por ahora al menos, el crecimiento económico, y los beneficios de la convergencia de los pobres hacia la calidad de vida de los países ricos que subraya Spence, va en contravía de poder rebajar de manera sustancial las cantidades emitidas de C02 que hacen cada día mas pesada la cobija de Akerlof. Para ponerlo de manera simple, el galón de gasolina que se gasta en andar unos 50 kilómetros cualquier domingo placentero el carro nuevo de un feliz miembro de la nueva clase media globalizada le pone otros 25 kilos encima al bebé de marras. Ni hablemos de dotar su casa ni su sitio de trabajo de servicios públicos, comida, muebles, ropa, ni de manejar las basuras que necesariamente produce ni mucho menos de ofrecerle uno que otro esparcimiento, sobre todo si para su goce este fulano monta avión.

Segundo, castigar hasta los niveles que muchos creen necesario el crecimiento económico, para perjuicio sobre todo de países como China y Colombia, requiere una argumentación mucho mas convincente en cuanto a la inevitabilidad, ausente el frenazo económico, de una hecatombe ambiental. Quien va a dudar que la cobija es cada día mas pesada. Lo que resulta discutible es la dinámica de sus consecuencias. Para no ir mas lejos, la prestigiosa revista Nature, que no es precisamente un vocero ideológico del extremismo, el año pasado publicó un trabajo según el cual las proyecciones sobre calentamiento global, basada en 117 simulaciones de 37 modelos que participan en el proyecto CMIP5, algo así como la catedral de los principales grupos de científicos dedicados a modelar el clima en el mundo, sobreestimaron de manera importante la temperatura observada en los últimos 20 años, que ha sido prácticamente estable. Por algo será que nuestro vocabulario ha ido mutando del concepto tajante e imperial de “calentamiento global” al concepto mas mundano y aterrizado de “cambio climático”.

No se trata de defender la noción de que la enfermedad no exista, lo que pasa es que por ahora al menos, hay dos problemas que debemos enfrentar. Primero, las curas propuestas son demasiado costosas y pueden llegar a ser peores que la enfermedad. Segundo, dichas propuestas le cargan el costo a los países mas pobres y a la población que en dichos países se beneficiaría mas del crecimiento económico. 

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