Primero se escuchó una explosión en el cuarto de máquinas.
Después se desató el incendio. El humo despertó a los pasajeros que dormían en las cabinas del Orazio, un barco italiano que se hallaba a 35 millas del puerto francés de Tolón, sobre el Mediterráneo. Era la madrugada del 21 de enero de 1940, hace 75 años. Europa estaba en guerra. El Orazio, de 12.000 toneladas, había zarpado de Génova dos días antes con destino final Valparaíso. Horas antes del incendio oficiales de un acorazado francés abordaron el Orazio y se llevaron a un puñado de judíos alemanes.
A bordo viajaba el arquitecto colombiano Enrique Forero Juliao, con su esposa belga y su hija pequeña. Dos meses antes la familia Forero salvó la vida en la tragedia del Simón Bolívar, un barco holandés que se hundió en el mar del Norte al chocar con una mina alemana. También se salvaron del naufragio del Orazio. Forero y su esposa se encontraban en cubierta en el momento de la explosión. La niña dormía sola en la cabina. “No se cómo salvé en pocos segundos los largos pasillos y las escaleras”, recordaría. Salieron todos del camarote hacia el comedor. “Sentíamos un fuerte olor a caucho quemado, y el humo invadía todo. Un humo espeso, asfixiante”, dijo en una de varias entrevistas que dio a su regreso a Bogotá. Continuó Forero: “Corrí hacia el camarote de mi compatriota el padre Andrade, lo desperté y le dije que estábamos en un enorme peligro”. Cuando salieron a cubierta el padre Bernardo Andrade Valderrama gritó: “Estamos perdidos”. Recordó Forero: “Miraba el cielo y movía en silencio los labios mientras pasaba entre los dedos las cuentas de un rosario. Con una solemnidad que nunca olvidaré el religioso levantó la diestra y nos dio la absolución”. Después el jesuita trató de salvar a un niño presa de las llamas. Según Forero: “El padre Andrade pereció carbonizado. Mi esposa trae la camándula que le dio el religioso y que entregará a la madre”. El testimonio coincide con otro que dejó en 1998 Antonio Celia Cozzarelli, que tenía ocho años y viajaba en el Orazio con su padre, un calabrés que fundó en Barranquilla la fábrica de calzado Faitala: “El padre Bernardo Andrade, jesuita misionero en China, se lanzó heroicamente al fuego, para salvar a un niño. Logró salvarlo, pero él pereció con su sotana envuelta en llamas”. No se sabe quién era el niño. También el periódico vaticano L’Osservatore Romano reseñó la muerte del jesuita: “Al ver a un niño abandonado que pedía auxilio, lo cogió en sus brazos, lo estrechó contra su pecho, y se lanzó del puente A al puente B, procurando salvarlo, pero desapareció entre las llamas”. Algo más de 100 personas perecieron en el naufragio del Orazio, de los 600 pasajeros y 300 tripulantes que abordaron para hacer la travesía transatlántica.
Bernardo Andrade Valderrama nació en Bucaramanga en 1903 de padre bogotano y madre santandereana emparentada con el exministro de Hacienda Abdón Espinosa Valderrama. Cuando él tenía seis años, la familia se radicó en Bogotá. Entró al noviciado de los jesuitas y en 1926 fue enviado como profesor a Manila, primera estación de su destino final, la China. Fue ordenado sacerdote en Wuhu en 1932. Al morir venía de la China y se dirigía a Colombia para ser profesor de Sagrada Escritura en la Universidad Javeriana. Tuvo 16 hermanos, cinco de los cuales fueron sacerdotes: Eugenio, párroco de Zipacón; el jesuita José, decano de la Facultad de Letras de la Javeriana; Vicente, también jesuita, autor de muchos artículos publicados en la Revista Javeriana; y el franciscano Luis, designado en 1944 obispo de Santa Fe de Antioquia, donde fue perseguido durante la Violencia por ser benévolo con los liberales.