OJOS DE LA TIERRA LLAMABA HENry David Thoreau a los lagos. En el centro de Italia hay un lago, el lago Trasimeno, redondo como un ojo.
La vista gloriosa de ese espejo de agua se aprecia mejor desde una colina y para llegar a ese punto secreto hay que ser amigo de Manuel Muñetón. Manuel conoce el lugar preciso al cual hay que subir para abrazar con los ojos este espectáculo natural, situado no muy lejos de donde nació San Francisco de Asís.
Al lago Trasimeno, de 130 kilómetros cuadrados y 6 metros de profundidad, se llega en dos horas en tren desde Roma o Florencia. Después de bajar en la estación de Passignano sul Trasimeno, una población ribereña de 5 mil habitantes, no es difícil encontrar a Manuel. Ni siquiera hay que preguntar por él. El atiende Sancho Panza, el bar-restaurante de la estación. No hay que preguntar quién es Manuel. La cara rosada de bogotano chapeado lo delata.
En 1987 Manuel tenía 23 años, había terminado una carrera corta agropecuaria y trabajaba en Cali. Un amigo le comentó de una beca de ocho meses para estudiar en Italia. La pidió para salir del país un rato, pero siempre pensando en regresar después a Colombia. De eso hace 23 años. Manuel se matriculó en la muy conocida universidad para extranjeros de Perugia, a veinte minutos del lago Trasimeno. Conoció a una española, tuvieron un hijo. Fueron de vacaciones a Bogotá. La española no se acomodó ni con Colombia ni con la suegra. Regresaron a Italia. Manuel no había pensado emigrar ni tenía el perfil típico del emigrante. Su papá había sido alcalde en varios pueblos de Cundinamarca, cuando los alcaldes los nombraba el gobernador, y la familia tenía modo. De nuevo en Italia, Manuel empezó lavando platos. Un día no fue a trabajar el pizzaiolo y Manuel tuvo que reemplazarlo. Así aprendió a hacer pizzas. Después puso su propia pizzería. Manuel ahorró y se separó de la española. Veinte años se le fueron persistiendo en el negocio y en un matrimonio que fracasó. Un día invirtió lo que tenía para montar la cocina del bar-restaurante de la estación de Passignano.
Manuel sufre una enfermedad incurable: la nostalgia por Colombia. Los colombianos que viajen a Italia y los colombianos que viven allá, por favor, pasen a saludar a Manuel Muñetón. De seis de la mañana a diez de la noche, allá encuentran a Manuel, a Anna, su compañera de Polonia, y a veces a Iván, el hijo de Manuel. Allá están también los clientes fijos: el ex púgil, el albañil, el cartero, los pescadores, la viuda del capo stazione que siempre pide un Campari con grappa.
El emigrante es un extranjero en dos países, dice el dicho. Y tal vez eso es lo que siente Manuel. Si Manuel no está ocupado, los puede llevar al punto desde donde se aprecia la vista gloriosa del lago Trasimeno. Pero si está, no es difícil llegar en carro en diez minutos a la Villa San Crispolto. Ese es el sitio mágico.
En Italia hay algunas obras de arte, como el David de Michelangelo, muy superiores a nuestras ollas de barro de Ráquira. Pero gente tan buena gente como Manuel Muñetón, quién sabe.