Al salir de la estación ferroviaria de Lausana, en Suiza, se camina a la derecha hasta llegar a la avenida Juste-Olivier.
En el número 12 vive la grande dame de las letras colombianas, Helena Araújo, que en 2014 está cumpliendo 80 años. El grueso público no la conoce, pues ha vivido más de 40 años sin regresar a su natal Bogotá. Los entendidos en cambio admiran novelas como Cuitas de Carlota y Fiesta en Teusaquillo, sus cuentos, sus ensayos sobre escritura femenina latinoamericana, sus compilaciones, su vasta tarea de crítica literaria. En el Colegio Mayor de Cundinamarca, Álvaro Mutis fue su primer profesor de literatura. Helena es quien es porque posee una cualidad escasísima y exquisita. Es hija de un patricio liberal. Su padre, Alfonso Araújo Gaviria, fue ministro de Educación y de Gobierno en la administración del doctor Santos (1938-1942), ministro de Hacienda de López Pumarejo y murió en 1961 siendo embajador de Colombia ante Naciones Unidas. Helena nació con brújula política y heredó la afinidad por la libertad, la justicia y el libre examen común a otras mujeres pertenecientes a esa estrechísima cofradía del espíritu y de la razón. Hablo con conocimiento de causa. Mi esposa, Silvia Galvis, también era hija de un combativo patricio liberal, Alejandro Galvis Galvis. Salvo error u omisión, hoy quedan, con Helena, solamente tres hijas de patricios liberales dotadas también de fino compás político: Clara Nieto, la hija de LENC, Luis Eduardo Nieto Caballero, y Marcela Lleras Puga, hija de Alberto Lleras Camargo.
Sobra decir que los jefes y caudillos godos (patricio conservador sería un exabrupto) no procrearon mujeres con espíritu libre. Era un imposible de la genética. También, es cierto, hubo liberales menos que patricios y Helena Araújo cuenta una anécdota deliciosa sobre uno de esos especímenes. En 1979, el presidente Julio César Turbay Ayala, durante su periplo por Europa en el Jumbo de Avianca, se detuvo en Ginebra. El Comité Colombie que en Suiza denunciaba las violaciones de derechos humanos de su gobierno la encargó para entregarle una carta al presidente. Turbay; cuando la vio, la reconoció y le dijo: “Helena, pero si tú eres bien”. Sí, Helena es la última gran dama de la clase alta de Bogotá. Por haber estado fuera del país más de la mitad de su vida, Helena Araújo habla un lenguaje bogotano incontaminado, anterior a 1970. Ella dice que fulanita “está esperando chiquito”, jamás usaría el moderno “está embarazada”.
Una legión de lingüistas del Instituto Caro y Cuervo debería acampar frente al apartamento de Helena para grabar sus conversaciones, por el tesoro lexicográfico y porque ella es una señora culta y encantadora como ya no hay otras. Hace unos años, Helena viajó a los Estados Unidos para visitar a una hija. Yo estaba en el vecindario y hablamos por teléfono. Se despidió mandándome un abrazo adúltero. A diferencia del presidente Hollande, no es una intromisión en nuestras vidas privadas hablar de este adulterio del corazón y del espíritu que mantenemos a distancia. Helena vive en el cantón de Vaud y yo en el cantón de Piedecuesta.