Este miércoles 27 de marzo, justo cuando se celebra el día mundial del teatro, yo cumplo 60 años de edad. Tal vez por la coincidencia de mi efemérides con el festejo teatral, me siento viviendo el desenlace de una farsa. A partir de hoy, según la ley colombiana, integró el grupo de adultos mayores de la “Tercera edad”, es decir, que empiezo a ser considerado viejo; aunque no tengo asomos de calvicie, aunque mis canas y mis arrugas sean moderadas, aunque el examen de la próstata avisó que con alimentación adecuada puedo controlar los impases de esa glándula, aunque mi estado físico es aceptable para el promedio, troto, nado, juego fútbol, bailo, todo en la justa proporción de mis fuerzas, nunca he sido deportista. El Estado colombiano y la muchachada callejera ya me están diciendo “cucho”, en cambio, muchos allegados todavía me dicen Albertico. Los contemporáneos ya me están enviando mensajes con frases de famosos que exaltan y honran la vejez. Pero, la verdad, yo no tengo aprecio exclusivo por una edad determinada, reconozco a viejos venerables pero también a los despreciables, reconozco a jóvenes admirables y también a los insoportables.
Con una percepción no pragmática de la existencia, para mi gusto poético, la niñez sería la edad maravillosa, sin obligaciones sociales, plena en el asombro y el goce, con la conciencia totalmente dispuesta a la fantasía.
Entre mis referentes de personajes ejemplares, para sus significaciones no fue determinante la edad en que consumaron su existencia: A Simón Bolívar le bastaron 47 años de vida para cumplir
su obra, mientras Benjamín Franklin, inventor del Pararayos y político, llegó a viejo porfiando en la unidad de los Estados del norte. Los 34 años de Marylin Monroe fueron suficientes para inmortalizarse cómo ícono femenino, no la resistiríamos como una gringa anciana y decrépitas, tampoco a Arthur Rimbaud lo aceptaríamos senil, sereno y moderado. En cambio, del viejo Walt Whitman no nos importa su juventud libertina, perdura la sabiduría del benemérito poeta barbado y anciano; dicen que el filósofo Platón era acuerpado y atlético, tal imagen no correspondería al fenotipo del viejo pensador. De los astros del fútbol Pelé y Maradona me quedo con sus genialidades en las canchas, ahora nos toca soportarles las chocheras de la fama. Total, la realización existencial de un individuo no necesariamente es dependiente de su edad cronológica.
La sociedad de mercado asume al ser como un producto, valora su utilidad de acuerdo a lo que consuma o lo que produzca, esas dos condiciones determinan su vida útil, lógicamente, determina en qué edad se les deshecha. En el rol laboral son frecuentes las quejas de viejos violentados o acosados por compañeros de trabajo más jóvenes.
Soy hijo de la generación de posguerra, los que inocentes asumían las pasiones bélicas e ideológicas de las potencias en guerra fría, URSS y EEUU, comunismo vs capitalismo, nací en el año de la revolución cubana y crecí con el sino de los movimientos sociales, el hipismo, el rock anda rol, mayo del 68 en París, las protestas pacifistas contra la guerra de Vietnam, las manifestaciones estudiantiles, los desmanes de las dictaduras tropicales, el triunfo del partido comunista en Chile con el subsiguiente derrocamiento y muerte de Salvador Allende, la conformación de guerrillas, el apogeo de la salsa, el vallenato, el pop, el desarrollo apoteósico del cine y de las arte visuales, el premio Nobel de literatura para García Márquez, los descubrimientos de la genética, la revolución de las comunicaciones con la internet, el celular y las impredecibles redes sociales, el posicionamiento internacional del fútbol colombiano, la constitución de 1991 y las consecuentes aperturas democráticas que exacerbaron la recalcitrancia del derechismo. Con todo, puedo decir que mis 60 años los he vivido con intensidad en la percepción del universo, en el amor, en el goce, en la participación en procesos sociales y culturales y sobretodo en la creación artística.
A veces me decepciono del rumbo excluyente e inequitativo que ha tomado el país en la actualidad. Pero el optimismo me lo reintegran mi hija y mi hijo, los hijos de mis amigos con sus logros y sus búsquedas tan particulares y distintas a las mías, he ahí la patética verdad del relevo generacional, más claro se ve en el brillo de los ojos de mi nieto, apenas con un año de vida, ya se sabe que en su devenir cargará el legado de sangre y de historia.
Lo que sigue para mi es concluir proyectos y sueños, como en un despertar sin sobresaltos pero igual de novedoso y revelador, porque de la creación constante jamás me jubilaré.