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El Santiago García que conocí

09 de abril de 2020 - 05:51 p. m.

En 1978 yo tenía 18 años, estudiaba arquitectura y ya era titiritero, había construido muñecos y actuado con “ Latonicalatero” uno de los grupos del movimiento latino de la cultura que se dio en el Teatro del Parque Nacional. Fui cofundador del grupo Guiño del Guiñol que en ese momento preparaba el montaje de “El gusano del aire”, una obra de mi autoría.

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Sucedió que ese año llegó al país una versión espectacular de la obra de Alfred Jarry “Ubu rey” dirigida por el francés Michael Meshke, figura cimera y renovadora del arte titiritero. Era, pues, importante apreciar ese montaje y así lo hice, asistí a la primera función en el Teatro La Candelaria que ese día tuvo nutrida y prestigiosa asistencia. Esa versión en títere de Ubu Rey fue maravillosa, aleccionante para todos: títeres de varias técnicas y escalas que irrumpían por todos los rincones del escenario y expresaban una poética rebelde, revolucionaria en lo estético y en lo ideológico.

A la salida de la función, en el patio interior de la conservada casa colonial vi a Santiago García conversando con Michael Meshke en un francés de viajero pero fluido. Era emocionante estar ante dos colosos de las artes escénicas. Santiago por estar de local en su teatro y porque encumbraba gran prestigio en el movimiento teatral latinoamericano, lo abordó mucha gente del público. Se le acercaron el entonces joven y prometedor director Ricardo Camacho, la crítica de arte Marta Traba, la actriz Consuelo Luzardo, entre otras personalidades del arte en Bogotá, cuya deferencia para con él demostraba por igual admiración y respeto. Y yo, absorto en la admiración: por primera vez asistía al Teatro La Candelaria, conocí al titiritero más importante de Europa en ese momento y vi por primera vez al gran Santiago García, adalid y maestro de la vanguardia teatral colombiana.

Al año siguiente tuve un encuentro fortuito con el maestro García. Terminado el ensayo que cumplíamos con el Guiño del Guiñol en uno de los salones del Auditorio León de Greiff, que generosamente nos prestaba, a los grupos de la Universidad, el director de Divulgación Cultural, Fernando Garavito. Entre al baño y en el orinal contiguo veo a un hombre con sombrero de paja, machete en el cinto y botas. Reparé en el rostro del personaje y lo reconocí, era él, Santiago García; en tan insólito encuentro solo atiné a saludarlo: “buenas tardes maestro” le dije y él, sin mirarme, me invitó a la función que ya casi empezaba, entendí que estaba con el vestuario de su personaje en la obra. Se presentaba en el auditorio central “Guadalupe años sin cuenta”, no podía perder la oportunidad de ver la obra insigne del grupo La Candelaria y del nuevo teatro colombiano. Era una función especial organizada por la fracción de juventudes del Partido Comunista JUCO. No recuerdo qué se conmemoraba pero el auditorio estaba repleto.

La obra inicia con el juicio sobre el operativo en el que fue abatido por el Ejército, al sur de Bogotá, el líder de las guerrillas liberales del Llano, Guadalupe Salcedo. Al ton de joropos y corridos recreaban con intensidad catártica, la rebelión liberal contra los chulavitas o pájaros, precursores del paramilitarismo, el papel de la religión que descalificaba a los discrepantes y justificaba la barbarie, escenifican el golpe militar contra Laureano Gómez y el ascenso del general Rojas Pinilla. Tal vez una copla llanera cantada por el personaje que actúa el propio Santiago subraya la poética de la obra: “ Está historia que contamos los invita pa’ que piensen que los tiempos del pasado se parecen al presente”. El conjunto de arpa, cuatro, requinto y maracas con cantos glosa los sucesos como un coro griego y los personajes signos arquetípicos de la realidad social y política del país. Me intrigó que el protagonista, Guadalupe Salcedo, nunca apareció en la obra.

Al finalizar la función algunos del público y el elenco conversaron sobre el contenido de la obra. Santiago García no intervino en ese foro, volvió al escenario con traje de calle, zapatos de goma, bluejean, chaqueta en dril de cuatro bolsillos y gorra vasca, lo vi ahí como fenotipo, modelo de hombre de teatro. Ese día me enteré que los de La Candelaria eran del partido comunista, que Santiago García había renunciado a la Universidad Nacional porque le censuraron el montaje que hizo de la obra Galileo Galilei.

Luego, en 1881 durante el Festival Nacional del Nuevo teatro que resultó definitorio de los destinos de las artes escénicas, ya que desde allí creadores e intelectuales confrontaron el teatro social y la dramaturgia politizado, empezaron a aparecer los cafés conciertos, compañías de teatro, los actores free lance. Esa vez asistí a una magistral conferencia que dio Santiago García: “Teoría y práctica de la Creación Colectiva”: fue una sustentación lúcida, culta, pero sobre todo sentida del concepto “Grupo de teatro” que me permitió entender que él había hecho de La Candelaria, una hermandad, mejor aún, una cofradía creadora en dónde los miembros, sin jerarquías, de modo horizontal practicaban en carne propia la concepción que tenían del humanismo y del arte.

En el año 2001 yo era presidente de la Asociación Nacional de Titiriteros, ATICO, como tal fui invitado al festival de teatro de Manizales, a hacer una ponencia sobre el estado del arte titiritero colombiano. Quiso la suerte que coincidiéramos en el mismo hotel con el maestro García, también invitado como ponente. Nos topamos dos veces a la hora del desayuno, el primer día, comiendo en la misma mesa, hablamos de arquitectura, que para ambos fue la formación universitaria. Expresamos el mutuo aprecio por la obra de Frank Lloyd Wright, arquitecto norteamericano, ideólogo y realizador de la arquitectura orgánica que proponía edificios y espacios en armonía con el ser humano y el entorno natural, como lo expresó bellamente en “La casa de la cascada”, hoy declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Por un momento se exaltó describiéndome su experiencia al recorrer en Barcelona, el parque Güell obra maestra del legendario Gaudí.

Nos programaron las ponencias en el mismo espacio y en la misma noche. La verdad yo fui como el telonero, porque el público asustó a escuchar al maestro García. Su ponencia fue una ironía sobre el teatro comercial que para entonces ya estaba en auge en la capitales importantes del país; se refería a los sainetes que montaban los actores estrellas de la televisión, casi siempre comedias de parejas, o de equívocos en ambientes laborales de la clase media y que él, con socarronería de comediante le llamaba “Teatro de visita”, y con frases bufas provocaba carcajadas entre el auditorio.

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En el desayuno del último día de festival, me atreví a preguntarle por la influencia Brechtiana en sus obras. Me respondió rápido y cortó la charla en seco: “Últimamente los teatreros colombianos denigran de Bertold Brecht, sin haber visto ni leído una obra suya, sin profundizar en lo revolucionarias que fueron sus teorías teatrales, incluso, usando formas escénicas sin saber que fue Brecht quien las inventó.

Hace dos años, bajaba yo de la plaza del chorro de Quevedo cuando lo vi caminando cabizbajo y con los brazos atrás, me apuré a saludarlo y me miró sin reconocerme, enseguida se interpuso entre él y yo una mujer con traje de enfermera, que bruscamente me dijo: “El maestro perdió la memoria, por favor no lo moleste”.

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Me aparté y caminé en silencio por el barrio viejo, recordando las obras de Santiago García, que mucho me gustaron y que me transformaron: El paso, Maravilla Estar, El Diálogo del Rebusque…

Cualquier admiración se queda corta a la hora de valorar el aporte y el significado para las artes escénicas del genial Santiago García Pinzón.

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