En este periódico como en esta columna se han expuesto, desde distintos criterios, los estudios que califican la desigualdad social en Colombia como de las más altas e injustas en la región, resultado de la rampante inequidad, ya que la gran riqueza la posee el 1% de la población, y el resto, una clase trabajadora siempre al borde y un 30% en situación de pobreza, en muchos casos extrema.
Ante tal realidad el sentido común nos lleva a suponer que si a un gobierno le interesa, de verdad, procurar la equidad debe generar una reforma tributaria en la que los impuestos sean proporcionales, es decir que los más pobres tengan impuestos que no impidan su ascenso social ni su subsistencia y que a los ricos se les grave, justamente, las propiedades improductivas, los exagerados dividendos, la plusvalía.
Pero este sentido común lo subestiman los gurús de la economía Neoliberal. Para quienes lo justo y saludable es disminuir el impuesto corporativo, porque así se estimula a los inversionistas y las empresarios tienen modos para contratar más empleados.
Esta lógica se contradice a diario porque se sabe que el gasto operativo que toda empresa debe reducir es la nómina, entre menos trabajadores requiera una producción mayor es la ganancia, así que es falso que por pagar menos impuestos el capitalista va a dar más empleo, en realidad el no cobrarle impuestos a las grandes empresas es la manera en que los gobiernos les agradecen su acompañamiento en las campañas electorales y su colaboración económica para alcanzar el poder.
La reforma tributaria del presidente Iván Duque se bautizó con el eufemismo “Ley de financiamiento” que, “grosso modo” se explica cómo la creación de una tarifa única y la reducción de las exenciones, aclarado que la tal reducción de exenciones no es igual en el impuesto corporativo y, entonces, según el astuto ministro de hacienda Alberto Carrasquilla, “para tapar el hueco fiscal que dejó el gobierno anterior” se hace necesario gravar el 80% de los productos de la canasta familiar con el IVA aumentando al 19% con lo cual, asegura, se recaudarán $12 billones anuales adicionales.
El cargar a la clase media y a los pobres con el impuesto directo, además de que profundiza la inequidad es ofensiva porque se decide después de una manipulación vulgar, de un engaño cínico, todos recordamos que en campaña el ahora presidente se desgañitaba en televisión y en plaza pública prometiendo que no aumentaría el IVA, que no habría más impuestos para los más pobres.
Ahora cuando se impone el IVA a los productos básicos, la engañifa es que a los estratos 1,2 y 3 se les devolverán $51.300
Lo que siento como ciudadano del común, es que mis libertades están manipuladas, me siento obligado a participar de decisiones que afectan mi estabilidad económica y la seguridad alimentaria de muchos compatriotas.
A todos aquellos que como yo ya no resistimos tan indignante trato por parte de los gobiernos, les propongo que esquivemos el pago del IVA, que obliguemos al gobierno a buscar recursos en donde es debido, gravando el superávit de las multinacionales, los dividendos de los industriales y comerciantes mayoristas. usemos la sabia desobediencia civil que nos enseñó Mahatma Gandhi, cuando invitó a su pueblo a volver a los productos tradicionales y a la economía primaria como protesta contra el abuso de los ingleses. Compremos alimentos sin IVA en los mercados campesinos, dejemos de tomar las gaseosas que esas, tan dañinas para la salud, no serán gravadas, estamos obligados a recurrir a la economía informal para que sientan el rigor de una protesta dónde les duele, en el bolsillo.