La masacre de Charlie Hebdo la semana pasada hizo evidente que estos tiempos no son para los peleles: este es el tiempo del coraje civil.
Este no es el tiempo para delegar a otros la defensa de la libertad; si amamos la libertad, ¡hay que caminar con la frente en alto!
La matanza evocó terror, no sólo por las vidas que a sangre fría tomaron un par de fundamentalistas encapuchados mientras invocaban a Dios, sino también porque fue un ataque a quienes piensan y se expresan de manera independiente: fue un atentado a la libertad espiritual e intelectual de los seres humanos.
Por eso adquieren aún más importancia las palabras de Charb, el director editorial de Charlie Hebdo, pronunciadas durante una entrevista: “Prefiero morir de pie que vivir de rodillas”. En su aparente derrota, Charb y sus compañeros fueron victoriosos.
De hecho, la función de los intelectuales, sean artistas, periodistas o académicos, es perturbar la paz, señalando y prediciendo los horrores de nuestros tiempos, dando testimonio de las miserias del mundo. Es lo que hicieron estos mártires de la libertad: provocando con su independencia, revelando hipocresías y manipulaciones con su rebeldía, denunciando con su argucia la mendacidad de la religión y del poder. Los intelectuales se notan por ser irritantes, dijo algún día otro héroe de la libertad, Václav Havel.
Si los fundamentalistas encapuchados generaron terror, las multitudes que el domingo pasado llenaron las plazas de París y de ciudades alrededor de Francia conmovieron al mundo. Expresando su indignación y dolor, liberaron la esfera pública del terror. Fue un salir hacia la vida. Fue un acto colectivo de exorcismo.
Al fanatismo ideológico, que pretende imponer su ignorancia con balas y terror, hay que contraponer la fortaleza de la razón y de la inteligencia, porque, como sustentó el escritor francés Albert Camus, sin inteligencia no hay libertad. Y esta inteligencia nos tiene que cuidar de la noción de que para vivir en seguridad hay que atenazar nuestras libertades, lo cual sería una victoria de los fundamentalistas encapuchados y una bofetada a la dignidad de las 12 personas asesinadas en París. La respuesta al fundamentalismo sólo puede ser la extensión de las libertades y los derechos civiles.
Pero la defensa de la libertad no puede ser delegada al Estado y sus aparatos. Como lo resaltó Camus, “la sociedad del dinero y de la explotación nunca han estado a cargo, hasta donde sé, de asegurar el triunfo de la libertad y de la justicia”. Esta tarea es responsabilidad de cada uno de nosotros como ciudadanos.
Porque, como la reciente y poderosa película Selma, sobre Martin Luther King y el movimiento de derechos civiles en Estados Unidos, nos recuerda, la promoción y la defensa de las libertades es un esfuerzo continuo, y tiene sus costos. Quizás sea un trabajo de Sísifo. Pero, para citar de nuevo a Camus, si la libertad queda viuda, es porque nosotros la volvimos viuda.