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¡Cuál exilio!

14 de febrero de 2012 - 06:00 p. m.

El exilio es una condición a menudo asociada a la vida heroica, romántica y gloriosa de individuos que han luchado contra regímenes totalitarios. El exilio de Luis Carlos Restrepo no es ni glorioso ni heroico. No es ni siquiera un exilio. Es simplemente una huida de la justicia.

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Más bien, la decisión de Restrepo me recuerda la suerte de Bettino Craxi, el líder del Partido Socialista Italiano. Acusado de corrupción en 1993, también dejó su país y encontró refugio en Túnez, donde murió en el año 2000.

Así como en Colombia hoy, fueron fiscales valientes los que desenmascararon la corrupción sistémica en Italia. Precisamente hace 20 años, el 17 de febrero de 1992 la detención de un miembro del Partido Socialista Italiano marcó el comienzo de Mani Pulite, la investigación Manos Limpias, en la cual fueron juzgados más de tres mil, entre políticos de todos los partidos y empresarios.

En los últimos 40 años en Italia, casos aislados de corrupción degeneraron en corrupción sistémica. Los partidos políticos se convirtieron en mediadores necesarios para obtener un trabajo o un contrato público. Italia estaba bajo un régimen de corrupción.

Pero los fiscales de Milán sólo pudieron actuar por un cambio en el estado de ánimo del país. La Guerra Fría había terminado y así disminuyó el papel de los partidos tradicionales. La clase media se había ampliado considerablemente y creció frustrada con el liderazgo político. Los italianos querían un cambio.

El resultado de Manos Limpias fue una revolución. En 1994, por ejemplo, la histórica Democracia Cristiana, que había gobernado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, desapareció.

Pero la labor de los fiscales no condujo a la renovación de la cultura política. Silvio Berlusconi, amigo personal y gran aliado de Craxi, surgió y condicionó el sistema político durante los últimos 20 años. Berlusconi significó la continuidad.

No es responsabilidad de los fiscales renovar la política. Esto puede ser sólo el resultado de un nuevo contrato social.

Pero Italia careció de un liderazgo cívico y político que convirtiera la cuestión ética en un programa político coherente. Es el mayor fracaso de la izquierda y de la sociedad civil en los últimos 20 años.

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Ahora en Colombia unos fiscales están desenmascarando el enredo turbio de mafia y política y corrupción, y enfrentan a los poderosos. En un país marcado por la impunidad, esto puede significar un cambio decisivo.

Pero los fiscales no pueden hacerlo todo. En Colombia, la cuestión ética tiene que ocupar el centro de la acción política. Esto todavía no está ocurriendo y recientes declaraciones del presidente Santos contra el poder judicial revelan una actitud vacilante de su gobierno.

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Es verdad, los políticos tampoco pueden hacerlo todo. Necesitan el apoyo convencido de la gran mayoría de los ciudadanos. De su ira, si es necesario. Pero este apoyo parece no existir. Es aquí donde Colombia necesita cuestionarse y preguntarse cuál es el país que quiere.

@acivico

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