La oportunidad para la paz en Colombia radica no solamente en los inminentes diálogos de paz con las Farc, sino también en la decisión de renunciar a la categoría política del enemigo.
De hecho, cuando identidades políticas son afirmadas definiendo al otro como enemigo, siempre habrá alguien, un individuo o un grupo, que merece ser dominado, marginado o eliminado.
Para el filósofo alemán Carl Schmitt, la esencia de la política se basaba en la dicotomía política entre amigo y enemigo. El amigo es alguien que pertenece a mi propia comunidad; es el otro en el cual me puedo identificar. El enemigo, en cambio, es el otro que no me pertenece y por lo tanto es menos humano y menos civilizado que yo. El enemigo es el salvaje que necesita ser domado o eliminado.
En el caso de un conflicto armado interno, es mi propio hermano o hermana quien se convierte en el enemigo. El conflicto es una laceración interna. Es una profunda disociación conmigo mismo.
La guerra, Carl Schmitt escribió, es la negación existencial del enemigo. Hacer la guerra contra un enemigo en nombre de la justicia, o del progreso o de la humanidad, significa reclamar estos valores como un monopolio propio y negarlos al enemigo. Esta negación coincide con un proceso de deshumanización en el cual el otro se define como el enemigo. Por eso ponemos etiquetas despectivas a nuestro enemigos y a menudo los identificamos con animales como “sapo”, “perro”, o “culebra”.
La construcción de la paz, por lo tanto, requiere una recalificación de lo político renunciando a la categoría política del enemigo. En otras palabras, el establecimiento de la paz exige una conversión de la enemistad, fomentada por el odio, en la fraternidad, nutrida por el amor. Requiere un cambio de paradigma.
La reconciliación, en la cual se fundamenta la paz, sólo se puede dar si finalmente reconozco al otro, que fue mi enemigo, como mi hermano o hermana; es decir, como el otro con quien me puedo identificar, y cuyas ideas y preferencias, aunque diferentes de las mías, tienen el mismo derecho a existir y a expresarse.
Dado que nunca odiaron al otro convirtiéndolo en un enemigo, a pesar de las profundas injusticias que sufrieron, personalidades como Gandhi, Luther King o Nelson Mandela no sólo se convirtieron en ejemplos inspiradores, sino que también cambiaron la historia de sus países. Martin Luther King dijo una vez: “He decidido fijarme en el amor. El odio es una carga demasiada grande para llevar”.
Durante décadas, Colombia ha experimentado lo insoportable que es fijarse en la enemistad, lo corrosivo que es odiar al otro procurando destrucción, laceraciones, duelo permanente y desesperación. Ha llegado el momento de intentar algo diferente; es decir, de reencontrar al otro como mi hermano y mi hermana, y fijarnos en la fraternidad.