Las polémicas y los escándalos que han marcado las campañas electorales, convirtieron las elecciones presidenciales en un referéndum sobre la paz, el tema más espinoso y urgente para Colombia.
Tal vez esta es una de las elecciones más dramáticas para los colombianos, en donde está en juego, como nunca antes, el futuro del país, por la posibilidad de elegir entre un pasado de guerra y un posible mañana de paz, el cual finalmente parece estar al alcance.
Quizás en estas elecciones las emociones y los sentimientos, agitados por la polarización profunda que caracteriza la política de estos tiempos, como pocas veces antes, jugarán un papel extraordinario en determinar quién quedará como presidente. En otras palabras, los elementos irracionales prevalecerán sobre los racionales. Dentro de este contexto, contrario a lo que la intuición sugiere, los escándalos que han marcado la campaña del candidato del Centro Democrático podrían terminar por radicalizar y profundizar el apoyo a Óscar Iván Zuluaga, quien pretende tomar ventaja de esto, presentándose como la inocente e ingenua víctima de un montaje. Es una estrategia eficaz que hasta le podría funcionar.
Por otro lado, al presidente Santos, hasta ahora, le ha faltado la capacidad para emocionar y entusiasmar a los colombianos sobre los diálogos en La Habana. Queriendo presentarse como un presidente postideológico y pragmático, experto en resolver los problemas que amarran al país, el presidente Santos no tomó suficientemente en serio a la oposición del líder antipaz Álvaro Uribe, quien fue eficaz en quitarle oxígeno político mientras incitaba a aquellas emociones que alimentaron odios profundos y que han jodido al país a lo largo de su historia.
Desde esta columna, varias veces he criticado al presidente Santos precisamente por su flojera para promover entre los colombianos el proceso de paz, por su inhabilidad para generar confianza en los diálogos y ayudar así a superar las ansias y los temores sostenidos por una memoria colectiva que es de guerra y no de paz. Además, es frustrante la predisposición del presidente Santos para ponerle una vela a dios y otra al diablo.
A pesar de sus limitaciones, sí creo que el presidente Santos tiene la voluntad política para ponerle fin al conflicto armado. Esta voluntad y su determinación son requisitos fundamentales para ganar la paz, que no es un bien cualquiera para Colombia, sino el bien más necesario y urgente para cambiar el rumbo de la dolorosa historia del país y democratizar las oportunidades. El presidente Santos tiene la experiencia y la visión que no he encontrado, más allá de las buenas intenciones, en los otros candidatos. Y este para Colombia, no es el tiempo para la improvisación. Por eso, el voto por Santos (como Mockus y Petro lo han subrayado) es hoy el voto más oportuno por la paz, aún si es dado con poco entusiasmo y nada de emoción.