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Las malas hierbas

16 de julio de 2013 - 06:00 p. m.

Laura Simms es una extraordinaria cuentista, reconocida a nivel mundial, que tiene la capacidad, casi mágica, de llevarte a sitios en donde nunca has estado y de tocar lugares de tu interior que habían sido olvidados. Su arte es catártica y tiene la capacidad de transformar.

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En su peregrinación por el mundo, Laura utiliza su arte sobre todo con víctimas de guerras y desastres naturales, como en Haití, en donde trabaja con las víctimas del terremoto. El lunes pasado, sentados en un modesto y pequeño restaurante en Hoboken, Nueva Jersey, mientras diseñábamos un taller de resolución de conflictos, Laura compartió un cuento, de origen iraní, que me hizo pensar en Colombia. Aquí va el cuento.

Un hombre, un reconocido juez y estudioso, decidió cambiar de vida y convertirse en jardinero. Utilizó todas las habilidades y los aprendizajes que había acumulado durante su carrera, para planificar el jardín perfecto. Compró un pedazo de tierra fértil, las herramientas necesarias y las semillas más caras. Sin embargo, cuando el jardín floreció, aparecieron en gran cantidad malas hierbas. El novel jardinero, sorprendido y decepcionado, desenterró las malas hierbas y las flores, y comenzó desde el principio. Plantó las filas de semillas con sumo cuidado. Sin embargo, fueron otra vez en su gran mayoría malas hierbas las que crecieron. Tres veces, el jardinero retomó su proyecto desde el comienzo.

Por último, ya desesperado y frustrado, el jardinero solicitó la ayuda del jardinero real, quien lo sabía todo. El jardinero del rey escuchó con gran atención, entonces le dijo: “Yo te puedo ayudar”. El jardinero novato se sintió inmediatamente tranquilizado y dijo con un suspiro de alivio: “Gracias, ¿entonces, qué tengo que hacer?”. El jardinero del rey le contestó: “Usted debe aprender a amar a las malas hierbas”.

Cuando Laura terminó su cuento, se quedó en silencio y me miró con una gran sonrisa, escrutando el efecto que el cuento había tenido en mí: “¿En qué te hacen pensar las malas hierbas?”, me preguntó. Al comienzo pensé en las malas hierbas que habitan en mí, y en cada uno de nosotros; los defectos y las inseguridades que a veces me frustran y enojan, y que me gustaría poder extirpar. Después pensé en Colombia. Vi el jardín como una metáfora del país, porque sin duda Colombia es un jardín maravilloso, que ha sufrido a lo largo de su historia la obsesión de los jardineros que la han querido volver un jardín cada vez más perfecto, un reflejo de las ideas, visiones, valores y creencias de los jardineros que, enamorados de sí mismos, pensaron que hacían una obra buena y justa al extirpar las malas hierbas y así limpiar el jardín.

Las conversaciones de paz en Cuba, más allá del proceso de paz en sí mismo, pueden ser una oportunidad para repensar e imaginar el jardín-Colombia, que tiene sus huertos también en las periferias de las ciudades y las veredas del campo. A todos los colombianos, el sabio jardinero del rey les dice: “Ustedes deben amar a las malas hierbas”.

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