«Por fin, las mujeres íbamos a tomar la iniciativa».
En Nueva York, en la oficina de su amiga Abby Disney, sentada informalmente delante de mí en un sofá, con su pierna izquierda doblada, elegante y bella en su traje africano y el rostro redondo enmarcado por un turbante llamativo, Leymah Gbowee, la mujer de Liberia que a los 39 recibió el año pasado el Nobel de la Paz, me contó por qué bajo su liderazgo miles de mujeres se movilizaron para cambiar la historia de su país y ganar la paz. “¡Estábamos hartas!”, me dijo.
¡Abramos nuestros ojos! El conflicto armado en Colombia es también una guerra insensata contra la mujer. La violencia contra la mujer ha sido una estrategia de guerra para controlar territorios y a las comunidades que los habitan. Son deshumanizadas, desplazadas, abusadas sexualmente y sometidas a un control social. Esto es cierto especialmente para las mujeres lesbianas, indígenas y afrodescendientes que son categorías de personas afectadas por la discriminación. Indeleble está en mi memoria la mirada perdida, asustada y triste de una frágil niña indígena en el Chocó, esperando abordar un pequeño avión para ir a un hospital en Quibdó dónde daría a luz. La niña había sido violada por un soldado. “Todos los grupos armados, tratan a las mujeres como trofeos de guerra”, aseguró Amnistía Internacional en un reciente informe sobre Colombia.
Pero las mujeres no son víctimas pasivas. En medio de la peor violencia, son pioneras en la creación de espacios de paz, en sanar a las víctimas de la violencia e incluso ayudando a los victimarios a redescubrir su humanidad. Además, la experiencia de Leymah Gbowee y de miles de mujeres liberianas demostró que las mujeres pueden forzar a los señores de la guerra a sentarse a la mesa y negociar un acuerdo de paz.
También en Colombia las mujeres son forjadoras de paz. Entre las personas que he conocido en el país, las mujeres son a menudo de las pocas para quienes la paz no es un tabú ni una realidad impuesta por la ley de las armas. El pasado agosto, en la espesa selva del Baudó, en el Chocó, conocí el trabajo estratégico dirigido por Norma, una miembro de Mujeres de la Ruta Pacífica. Como una generala, Norma lidera un ejército optimista y pacífico de mujeres que, día tras día, con muy escasos recursos pero con mucho coraje y determinación, promueve derechos humanos, educación y desarrollo sostenible. Norma es sólo uno de muchos ejemplos.
En un momento de su vida, Leymah Gbowee se preguntaba quién sería el Gandhi, el Martin Luther King o el Nelson Mandela de Liberia. No estaba en su imaginación más remota que una mujer africana podría estar a la cabeza de un movimiento de paz y transformar la historia de su país. Pero fue ella quien se convirtió en el Gandhi de Liberia. Hay suficientes razones en Colombia para que las mujeres digan en voz alta: ¡estamos hartas! ¡Ya no más! ¿Quién será la Leymah Gbowee de Colombia?
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