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Paz e imaginación colectiva

18 de noviembre de 2014 - 10:17 p. m.

La imaginación tiene la capacidad de transformar; la imaginación colectiva tiene el poder de cambiar una ciudad, un país entero. Para lograrlo, hay que aceptar el riesgo de dar un paso hacia lo desconocido.

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Escribo mientras voy rumbo a Palermo, Italia, para ofrecer el discurso de cierre de un simposio internacional sobre prevención del crimen organizado. Palermo no sería reconocida en el mundo como la ciudad que luchó contra el poder mafioso, y Leoluca Orlando, el padrino de la cultura de la legalidad, no sería su alcalde por cuarta vez, si hace muchos años él y un grupo de amigos no se hubieran atrevido a imaginar la posibilidad de una política sin mafia.

Ese sueño fue el punto de quiebre que abrió la puerta a una profunda transformación. Fue así como en Palermo la política pasó de ser mero ejercicio del poder a ser ejercicio del poder para realizar sueños.

Lo mismo pasó en Sudáfrica, cuando en la celda de una prisión donde estaba recluido, Nelson Mandela imaginó su país libre del apartheid. Martin Luther King imaginó a los Estados Unidos libres de la discriminación racial. En aquellas épocas, ¿quién imaginaba tener en la Casa Blanca a un presidente negro? Gandhi imaginó la India libre del dominio colonial. Vaclav Havel y Lech Walesa se imaginaron un este europeo libre del imperio soviético. La imaginación colectiva de un futuro en democracia fue el motor de los jóvenes de la Primavera Árabe. ¿Cuál es hoy la imaginación colectiva que comparten los colombianos?

El antropólogo Arjun Appadurai escribe que los fenómenos migratorios y los medios electrónicos facilitan hoy la movilización de una imaginación colectiva que genera una comunidad de sentimientos, entendida como un grupo de personas que empiezan a imaginar y a sentir cosas juntos. Esta comunidad de sentimientos, esta afinidad pura, convierte la imaginación en una acción colectiva.

Transitar de la imaginación a la acción exige un gran coraje, porque requiere asumir el riesgo de dar un paso hacia lo desconocido. Eso bien lo saben quienes tuvieron que padecer la violencia y el conflicto. “En nuestro contexto, violencia, miedo y división son lo conocido”, confesó un día el investigador norirlandés John Brewer. “¡ La paz es el misterio! La gente está asustada frente a la paz… La paz te pide mucho. La paz te pide compartir memorias. Te pide compartir espacio, territorio, lugares concretos. Te pide compartir un futuro. Y todo eso te es requerido con y en la presencia de tu enemigo. La paz es un misterio. Es entrar en lo desconocido”.

Son palabras honestas las de John Brewer, y de las cuales he escuchado un eco en muchas de las conversaciones que tuve en Colombia, donde uno siente las esperanzas y las ansias hacia un futuro aún desconocido e incierto. Esta parece ser la hora de la paz en Colombia. Su oportunidad, dependerá no tanto del éxito de los diálogos en La Habana, sino más bien de la capacidad que tengan los colombianos para construir una imaginación compartida, de sentirse parte de una comunidad de sentimientos, que los muevan a una acción colectiva hacia la paz imaginada, deseada y buscada.

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