Toda idea que justifica la violencia y el asesinato de inocentes es perversa y tiene que ser rechazada.
Esto no es válido sólo para Colombia. Por ejemplo, los Estados Unidos están viviendo una etapa turbulenta en su vida política. La polarización es profunda, real, preocupante; no es solamente política, sino también social.
Por eso, cuando hace una semana, en Virginia, alguien disparó a un grupo de congresistas republicanos durante una práctica deportiva, hiriendo gravemente a Steve Scalise, la condena del acto fue total y unánime. El rechazo fue aún más intenso porque quien disparó fue un voluntario de la campaña presidencial de Bernie Sanders.
El excandidato presidencial de los demócratas fue una de las primeras personas en condenar el acto. Sanders declaró: “Cualquier forma de violencia es inaceptable en nuestra sociedad y condeno este acto con la máxima determinación”. Sanders envió su solidaridad y sus mejores deseos al congresista, sin importarle que entre los dos la distancia ideológica no podría ser más profunda.
Hace unos días, cuando en Colombia una bomba explotó en el Centro Andino, asesinando a tres mujeres e hiriendo a 11 personas, líderes políticos y varios generadores de opinión, en lugar de unirse para rechazar la violencia, utilizaron la tragedia para hacer política, acusando a adversarios de ser los autores intelectuales del hecho violento. Es triste, hasta quizás perverso, que una tragedia sea utilizada para fines mezquinos.
Además, aprovecharse de una tragedia para profundizar la polarización es seguir el juego de quienes quieren sembrar el terror y dividir al país. De hecho, independientemente de quienes sean los autores intelectuales de la bomba en el Andino, la lógica que está detrás del atentado es alimentar una estrategia de tensión.
Efectivamente, una estrategia de tensión tiene como objetivo polarizar, manipular y controlar la opinión pública utilizando el miedo, la propaganda, la desinformación y el terrorismo. Todo esto con el fin de evitar el progreso del Estado de derecho y en lugar fomentar un giro al autoritarismo o el llegar a un pacto con el crimen organizado, como en este momento le podría interesar al Clan del Golfo.
La decencia no es de izquierda o de derecha, no es conservadora o liberal. La decencia hoy pertenece a aquellos que rechazan la violencia y cualquier idea que la justifique. Frente a un acto como el de la bomba en el Andino, hoy nadie puede permitirse el lujo de vacilar. No solamente la condena tiene que ser unánime, sino que hay que reclamar a una sola voz verdad y justicia sobre los hechos.
Sería una señal muy preocupante que, como ha sucedido en el pasado, una vez más en la historia de Colombia alguien encubriera la investigación. Se levantaría la sospecha de que entre quienes han ideado el atentado están grupos e intereses que operan desde las entrañas del Estado, lo que el presidente Santos varias veces ha llamado la mano negra.
Por eso es necesario que el presidente Santos cumpla con la promesa de encontrar a los autores intelectuales y materiales del atentado, sin importar cuál sea la verdad.