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Pólvora en gallinazos

10 de julio de 2010 - 11:00 p. m.

HASTA HACE ALGUNAS DÉCADAS, muchos intelectuales y políticos colombianos defendían abiertamente la lucha armada, la combinación de todas las formas de lucha, los asesinatos y los secuestros, no sólo como medios excepcionales sino también como recursos rutinarios en la búsqueda del poder político y la justicia social.

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Detrás de la idealización o la condescendencia romántica, existía una clara y patente justificación de la violencia guerrillera. Por ejemplo, Manuel Cepeda, el dirigente comunista asesinado, justificó repetidamente la violencia guerrillera: “La lucha armada tiene plena vigencia. El Partido Comunista Colombiano (PCC) no levanta banderas guerreristas, pero la guerra sigue… existe la necesidad de combinar las formas de lucha. Sería una locura desconocer que el movimiento armado sí se ha desarrollado”.

Con el paso del tiempo, la defensa de la violencia guerrillera perdió muchos adeptos. A finales de los años ochenta, pocos intelectuales apoyaban abiertamente la lucha armada. Pero muchos seguían defendiendo la llamada hipótesis de las causas objetivas, la idea de que la violencia en general y el conflicto armado en particular son consecuencias inmediatas, casi inevitables, de la exclusión política, la pobreza y la falta de oportunidades. Esta hipótesis sirvió para justificar, entre otras cosas, las extrañas discusiones programáticas del Caguán. “O cambiamos o nos cambian” dijo entonces el actual Ministro del Interior. “O lidiamos con las causas objetivas o nos atenemos a las consecuencias”, quiso decir.

Pero las cosas han cambiado radicalmente en los últimos años. Actualmente, la combinación de todas las formas de lucha sólo es defendida por unos cuantos comunistas reblandecidos o por algunos miembros de la Juco, más ridículos que peligrosos. Incluso la hipótesis de las causas objetivas ha perdido mucho de su lustre intelectual, de su atractivo determinista. Hoy es sólo una hipótesis más, un supuesto sin mucho sustento empírico. En algunos países, la guerrilla colombiana sigue teniendo defensores espontáneos entre los grupos radicales de izquierda. Pero la ultra izquierda europea, por ejemplo, parece haber encontrado una causa más entretenida en el ecologismo delirante y en la cursilería nueva era.

Así, la preocupación permanente de José Obdulio Gaviria y Andrés Arias con los panfletos virtuales de Anncol (para citar un ejemplo cualquiera) es anacrónica. Desconoce la evolución del clima intelectual colombiano. Ignora la marginalidad y la irrelevancia de los defensores de la guerrilla, tanto en Colombia como en el exterior. Miguel Ángel Beltrán, el profesor y propagandista de las Farc capturado en México, no es una amenaza para la seguridad nacional. Sus artículos producen más lástima que indignación. Los encapuchados, para citar otro ejemplo, son menos peligrosos que las pandillas de barrio o las barras bravas de nuestros alicaídos equipos de fútbol.

En fin, el nuevo gobierno debería acabar de ganar la guerra sin tanto aspaviento, sin tanta demagogia inútil, sin tanta palabrería innecesaria. Valdría la pena olvidarse, al menos por un rato, de los ya muy pocos defensores intelectuales de la guerrilla, de sus argumentos anacrónicos, venidos a menos. “El olvido —como dice el poeta— es la única venganza y el único perdón”.

agaviria.blogspot.com

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