¿Cómo se enamoran los millenials?
El libro “Modern Romance” del comediante Aziz Ansari hace una radiografía muy entretenida de cómo el teléfono celular ha cambiado las formas de hablar y de cortejar en el siglo actual. Arranca con una conclusión inicial que lo acompaña a uno hasta el final del libro: que las generaciones previas a la milenaria se casaron por razones muy distintas: por salir del nido familiar, por el compromiso de establecer familias propias, por mejorar el estatus socioeconómico.
Por todo, menos “por amor”.
Más adelante el escritor plantea cómo las nuevas generaciones sí van por ese gran propósito: el de juntarse para amarse por el resto de sus días.
La mayoría de los entrevistados mayores de 60 años confiesan en el libro de Ansari que si tuvieran la tecnología que hoy acompañan a estas nuevas generaciones, seguramente sus vidas habrían tomado otro rumbo. Curiosamente, el 90% de las parejas que, a sus 60 años, aún siguen casadas, no se arrepienten de estarlo, a pesar de haber querido experimentar un poco más.
Un estudio hecho en la ciudad de Filadelfia, en el estado de Pensilvania citado por el autor, indica que el 37% de las parejas que se casaron en la década de los 30 lo hicieron con personas cercanas a su entorno geográfico -es decir, a cuadras de cada uno y a veces en el mismo barrio, en otras ocasiones en la misma cuadra, en igual porcentaje en la misma ciudad-.
Los números de divorcios se trepan al final de la década de los 60, junto a las revoluciones culturales de la época: el hipismo, el amor libre, el feminismo, el rock and roll. En la medida en que la mujer moderna se vio mucho más libre de escoger su camino profesional y establecerse como ciudadana legítima, dichos núcleos familiares empezaron a cambiar y las relaciones de pareja también.
Los avisos clasificados de carácter romántico en los periódicos vieron su bonanza a comienzos de los 70 y con ellos, los servicios de citas a ciegas, que hoy en día se ven reflejados en enormes redes sociales para ligar, como OkCupid -con 45 millones de usuarios activos mensualmente- y, por supuesto, Tinder, la reina de las aplicaciones para encontrar el amor o el romance.
Lo que originalmente fue llamado “matrimonio de compañía” y fue parte esencial de la convivencia entre hombres y mujeres a mitad del siglo 20 ha sufrido grandes cambios producidos por el acceso a la información. En los 60 la gente se casaba con quien le tocaba, pero en la medida en que iba armando familia, consiguiendo casas, capital y teniendo hijos, el vínculo matrimonial, en muchas ocasiones -no en todas- se fortalecía a lo largo del tiempo y el romance, la conquista y todas las características poderosas del amor de pareja afloraban 25 o 30 años después del matrimonio, cuando las parejas terminaban de criar a sus hijos y de enviarlos a la universidad. Posteriormente entraba el amor a la casa, y la pareja experimentaba un período de intenso romance; ya entrados en la edad adulta en la que, despojados de la responsabilidad de “criar”, comenzaban a viajar, a salir a comer juntos, a disfrutar de esa compañía puesta en el camino, hasta el final de sus días.
No es así en la era de los millenials. Dicen los escépticos que los cambios radicales de pensamiento de la nueva generación no solamente están motivados por posturas ideológicas, sino también por los obstáculos presentados por la era en la que viven. Lo dijo uno de los músicos millenials más influyentes de nuestro país hace unos días, Nicolás Barragán -vocalista de los Petit Fellas-, en un tuit: “He leído a los adultos opinando despectivamente sobre los millenials. Es como si se sintieran orgullosos del mundo que nos dejaron”.
Tiene mucho de razón. La generación millenial llega a su temprana edad adulta a un mundo poseído por la corrupción, el estrés, el caos en la movilidad, la inseguridad, el regreso del analfabetismo, la crisis de la salud, el temor de una vida sin pensión. Sin mucho futuro que desde la clase media pueda avistarse como alentador, cada vez oímos hablar más de jóvenes que se quedan más tiempo viviendo con los papás -porque seguro es más eficiente en términos económicos-, que usan “la bici” -probablemente porque en muchas ocasiones no tienen ni tendrán la plata para comprar un carro en un buen rato, independientemente de que la causa ambiental sea legítima, es un tema de sobrevivencia y de evolución por donde se mire-, y que ansían conocer el mundo viajando, y quizá, en el transcurso de los viajes, encontrar al amor de sus vidas.
¿Pero quién es el amor de la vida de uno? ¿Y cómo puede esta generación asegurarse de haberlo encontrado? ¿Nos habremos equivocado aquellos que nos casamos antes de los 25, al haber escogido a la madre de nuestros hijos y, de repente, nos vemos enfrentados a la filosofía del joven moderno, como quien se para ante un espejo afeitándose y se corta la cumbamba de la existencia al haberse apresurado en la decisión y quizá no estar con la mujer de su vida?
La paradoja de la selección, una vieja ecuación del siglo 20 que asegura que entre más opciones hay más difícil es escoger, es el pan de cada día de la nueva generación. Motivados por el caudal de información que emana de sus celulares a diario, el cortejo aquel del siglo previo, fomentado en la llamada telefónica de la pretendida -“Hola mi amor. Ah, qué pena, doña Virginia, ¿Paula está?”-, relacionado estrechamente a las salidas a andar por las calles cómplices del romance adolescente, con la esperanza de tomarse de las manos y de darse un beso mientras el ocaso del día concertaba clandestino con el encuentro de dos almas en el camino presupuestado por la geografía y la localidad, por las miradas y por el diálogo, va desapareciendo.
Ahora tenemos Tinder, WhatsApp y iMessenger; con cientos de miles de opciones, millones de personas allá afuera montando en bici, mandándose fotos, escribiéndose por texto, evitando el diálogo, perpetuando el “innuendo”, los tres punticos fluctuantes en la pantalla inerte y la incertidumbre del “escribiendo…” que en ocasiones ni se materlaliza en un texto real, dejando tanto la ausencia del mensaje como la llegada del mismo a merced de las interpretaciones, del comportamiento reaccionario del texto como la gran nueva herramienta de seducción, juegos de poder más poderosos que el sexo, más largos que Risk y más amargos que un parqués con las tías en que, al vaivén de un texto mal interpretado o mal redactado, el tal “amor de la vida” pasa por las yemas de los dedos con la velocidad de un swipe y se esfuma con delete delete, delete.
Así como en la música. Lo que antes era una tiranía de la distribución hoy en día es una tiranía de elecciones. Hay más de 1.000 millones de personas en Facebook y 30 millones de canciones en Spotify. ¿Cuál persona escoger? ¿Y cómo saber, en 30 segundos, en un mensaje de texto, que esa es la correcta? ¿Qué hace falta? ¿Nos atrofiará la velocidad del contacto instantáneo el gusto de hablar con alguien, el poder de las palabras, de la poesía del romance? Siendo ésta una generación que busca siempre lo mejor porque así se lo ha enseñado la tecnología, ¿cómo sabrá ésta que es lo mejor ante la primera frustración, ante la primera caricia no dada? ¿No serán las grandes esperanzas enemigas de nuestras bajas pasiones y, por tanto, de nuestro espíritu de aventura? ¿Evitaremos las buenas y bellas canciones porque no nos llamen la atención los primeros 30 segundos y le demos “skip”, de la misma manera que le damos swipe a la baraja de personas que compone el perverso jueguito de Tinder? ¿Y no es curioso e irónico que cuando tenemos el mundo en nuestros dedos, acudamos siempre a la canción que conocemos en vez de alimentar el hallazgo, de atrapar esa canción que amaremos, y que busquemos, en la cercanía geográfica del posible encuentro romántico, al amor de nuestras vidas, de la misma forma que nuestros padres se encontraron, a 15 kilómetros a la redonda, como un Tinder de antaño, real, una serendipia “vintage”, que hace que todo cambie para quedarse igual?
Una cosa sí es cierta, mi querido millenial: quizás encuentres los tenis que buscas en internet; o la canción que tus amigos escuchan en Spoti. O el restaurante que quieres conocer en Trip Advisor, o ese destino perfecto para las vacaciones en algún sitio web… pero el amor de tu vida, ese te demorarás la vida entera encontrándolo. Y como dijo Steve Tyler en Amazing: “Life’s a journey…not a destination”. La vida es un viaje, no un destino final.
El amor tampoco.