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Blackstar

10 de marzo de 2016 - 11:49 p. m.

Para Delfina.

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La última vez que vi viva a mi tía Delfina fue en una banca de la Fundación Cardioinfantil en Bogotá, el pasado sábado 27 de febrero. Llevaba cuatro días postrada en ese lugar, sin acceso a una cama por disponibilidad.

Mi madre me había escrito el jueves en el grupo de la familia en WhatsApp, a advertirme que esta era la vencida. Había hecho la misma advertencia en un par de ocasiones, pero ninguna de ellas había sido tan contundente como ésta, a pesar de que las palabras eran las mismas.

Laura, mi hermana, acudió al llamado de la muerte, con una resiliencia característica de su personalidad. De nuestra personalidad. De nuestra genética. “The few, the proud, THE MARINS”, sin la ‘e’. Que fuera ella quien tomara la iniciativa de ir a verla me indicó –como le indican poderosamente las feromonas de nuestras mujeres a los hombres criados en matriarcados colombianos- que había que acudir. Había también una misión cristiana que motivaba mi impulso; aquello que durante meses rezamos de niños, ese asunto de la visita a los enfermos, que solo vivimos cuando de repente nos enfrentamos a la verdad de la muerte, el inevitable destino.

Ni con dinero de por medio se podía ubicar a Delfina en una cama decente. Daba pena pedir el privilegio, rodeados de enfermos tirados en camillas, de familiares desesperados, de apuñalados y de diálisis en los pasillos. No sé por qué no me extrañó ver el cuadro, a pesar de la indignación de los familiares, de las lágrimas de mi tía Yolanda, de la cara de Luis Enrique, el esposo de Delfina. Estamos en Colombia, el país donde la salud y la educación son para los ricos. Pero vivimos en el mundo de los ricos y así nos toca ver morir a nuestros pobres. Nada que 50 años de guerra no nos hayan enseñado mejor que un segundo idioma.

Tres días antes había escuchado Blackstar, el disco de Bowie. Durante tres años mis noches de insomnio se resumen en el karma de los días transcurridos, cuando son las 9:00 pm y la película se rebobina sola, entre cigarrillos, en la cabeza. Todo lo que allí se devuelve es malo: las palabras que dije de más, el mal genio que me sacó alguien, la preocupación de no haber hecho algo, la misma retahíla de culpas y recuerdos que no quiero tener, pero que inevitablemente vivo. Posterior a eso, los mails sin abrir, el ocasional meme, el amigo que escribe, el coqueteo virtual, el oyente resentido, el Twitter que me busca pleito, el Facebook que se apodera de mi tiempo.

Y después, el estupor. El cansancio de los músculos, pero la tensión de ellos. Los dientes apretados, la almohada entre las piernas, el ronquido suave y tierno de la esposa, el televisor prendido, el letargo del REM. Y cuando entro a la etapa en que las pupilas se dilatan y el sueño abre las puertas, la voz –que no es mi voz, sino una voz profunda, irreconocible, de otra parte, ni siquiera de este mundo- que comienza a decirme: “¿Ves? ¿Ves todo esto? ¿Toda esta oscuridad? No se ve nada, ¿cierto? No sientes nada, ¿cierto?”.

Pero lo siento.

“Esta es la muerte”, me dice la voz. Cuando el cuerpo pide pista para descansar, cuando son las dos y treinta, cuando la penumbra acecha, me dice: “así es la muerte. No pasa nada. No se siente nada. No puedes hacer nada. Estás quieto, impávido. No oyes nada. Adentro o afuera”.

Y de repente su voz impera, casi que alega, regaña: “Y tú te vas a morir. Y tu esposa a tu lado se va a morir. Y tu madre. Y tu padre. Y tus amigos. Y tus enemigos. Y tu hija se va a morir. Y NO HAY NADA QUE PUEDAS HACER”.

Entonces, me despierto. Deambulo por el apartamento, veo a la niña, espero que duerma bien, y me quedo absorto en los brazos del insomnio, aterrado de la muerte.

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Hasta que escuché el disco de Bowie. El primer y único número uno de su carrera, lanzado en sincronía perfecta con su cumpleaños y su partida, 48 horas antes de su fallecimiento. Ninguno de los homenajes de Bowie me gustaron. Ni el de Gaga en los Grammy ni el de Lorde en los Brits. Los fans de Lorde me criticaron por decirlo: que Bowie adoraba a Lorde. Que era su artista favorita. Que su banda tocó con ella. Que Bowie estaría feliz viéndola, desde los cielos, desde ese cielo inventado por el marketing de los artistas, donde Jimi toca guitarra y Lennon canta Yer Blues. Que Bowie la aplaude desde los cielos. Contesto: “Bowie está muerto”.

No soy muy fan de Bowie. No puedo decir que me sé toda su música, ni que tengo todos sus discos, o que he sido un ferviente adorador de su carrera. He oído al Bowie que me gusta, que es como decir que todos hemos oído al Bowie que nos gusta. Sea Ziggy Stardust, sea el Thin White Duke, sea Bowie con Nile Rodgers o con Luther Vandross, he oído a Bowie cuando la vida me ha dicho que tengo que oírlo. Lo he amado por lo que he oído. No me interesa su influencia en Reznor ni su impacto en los rockeros; me interesa lo que ha causado en mi. Me basta… y me sobra.

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Y no voy a empezar a oír a Bowie ahora. No es que su muerte me produzca esa necesidad de ser “trendy”; nah, a mí me gusta Bowie como me gustaba mi tía. A ratos sí y a ratos no. De lejos y de cerca.

A Bowie lo tuve muy cerca en una ocasión, en el 2003, cuando lanzó Heathen. Desde esa época, desconectado por completo de lo pop, entendí su fascinación por la muerte. Ya estaba enfermo, pero alcanzó a guardar ese lado de su privacidad. Entendí que estaba preparándose para lo inevitable. Su voz melancólica, su poderoso don de la palabra, su conexión superior con la humanidad a través del don humano de la música me conectó a él.

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Me pasó también con Delfina. La vi aquella noche de viernes y luego en la mañana del sábado; de la misma forma que la vi en Cartago en las vacaciones del ’87, de la misma forma que la vi de regreso del exilio norteamericano en el ’91. Pálida y ojerosa –porto estas ojeras de trabajo y de insomnio con orgullo ahora-, enfermera del alma, como dijo mi padre en el sermón que la despidió en la iglesia de Raul Anchique, de donde partí hacia la rehabilitación del 2000. Sé que resintió mi ausencia, siendo su primer sobrino, en la adultez en la que no nos importa sino nosotros mismos, estando tan cerca, pero allí estuvo en Facebook, como lo ha hecho mi madre, buscando alcanzar lo inalcanzable, acaparar la memoria del tiempo que se va, de la infancia que se marchita pero que vive en nuestras mujeres recias, fuertes. Y cuando vi sus pies hinchados por el colapso de los riñones, sentí la muerte cerca, pero la vi plácida, fuerte, como siempre, como nunca.

El domingo en la tarde, después de tanto sufrimiento, terminó la historia. La familia se volvió a ver. Nos dimos besos, abrazos. Nos reencontramos, por segundos. En el carro, camino al cementerio, con la abuela y con mi padre, el silencio sepulcral, literal, de la familia que no llora a sus muertos, no sin antes sentir inyección de fortaleza a través de ellos. La muerte como agente sanador de las heridas del presente; la muerte que legitima la existencia de quienes quedamos en la tierra; la muerte como justicia de los que viven en nosotros para siempre, con el precioso vaivén de los recuerdos, de las palabras, de las canciones, del arte. La muerte como parte del camino, la muerte de David Bowie y la muerte de mi tía Delfina, y sus vidas como un gran testimonio, como un regalo precioso, incomprensible y misterioso de la vida.

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Alejandro Marín es El Último Disc Jockey del día en La X Más Música y escribe en themusicpimp.com y @themusicpimp.

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