Hay discos que vuelven a uno como un boomerang.
Una y otra vez. Me decía alguien en twitter que esos discos quizá nunca se van del lado de uno, que es también una forma de verlo y de entenderlo. Supongo que todas las verdades en esta etapa de la vida son aceptables y, de alguna forma, respetables.
Jar Of Flies de Alice In Chains se grabó en un estudio en Seattle en septiembre de 1993. Apareció en tiendas en enero de 1994, el año en que me gradué de South Dade Senior High School. El año en que me cogió el grunge — llegué súper tarde a Nevermind y a Ten, it doesn’t matter now—, el año en que perdí la virginidad.
Cuenta la página en Wikipedia que Jar Of Flies fue hecho como un divertimento después de la rotundamente exitosa gira de promoción de ‘Dirt’, que produjo, entre otras cosas, una memorable presentación en Lollapalooza y un maravilloso momento de la música rock post hard-rock.
Yo no sabía mucho de Alice In Chains más allá de ‘Man In A Box’, que había rotado incansablemente en ‘Headbanger’s Ball’ por capricho y obra de Rikki Rachtman. Nunca fui fan. Ni de Rachtman, ni de Alice In Chains.
Hasta que llegó Jar Of Flies.
Sin embargo, le perdí el rastro a Alice In Chains rápidamente. De regreso en Colombia recuerdo que apareció en tiendas un disco de carátula morada, que poco usé y que nunca codicié como sí codicié, después de verlo por primera vez, el Jar Of Flies.
Es más: recuerdo la mañana en la que vi el vídeo de ‘I Stay Away’ y más adelante el de ‘No Excuses’. La naturaleza acústica de ese disco en medio del más ruidoso momento del rock me cautivó para siempre.
El rock grunge era ruidoso por todas partes: por la prensa incansable que generó el grunge, por la atención que recibió de los medios de comunicación, por lo estruendosos que resultaban ser los sonidos que salían de la televisión. Y de repente aparecía esta isla de unas pocas canciones, producidas en ese momento sagrado de descanso y de quietud de un músico.
El disco me acompaña hasta el día de hoy como lo compré, en su edición original, en su primera edición prensada. Está hecho pedazos y ya no se puede reproducir en ningún player. De repente, de vez en cuando, suena ‘Don’t Follow’ en alguna serendipia de esas imposibles, pero es en realidad un objeto de carácter sentimental.
“Forgot my woman, lost my friends,
things I’ve done and where I’ve been
sleep in sweat, the mirror’s cold,
see my face, it’s growing old
scared to death, the reason why,
do whatever to get me by,
think about the things I’ve said,
read the page it’s cold and dead
and take me home,
yeah, take me home
take me home
take me home, yeah…
take me home…”
Estaba leyendo que Jar Of Flies fue el primer EP en ser número uno en la historia de los listados de álbumes, en una era en la que los álbumes eran los reyes y los sencillos, aparentemente, cosa del pasado. Alice In Chains no había propuesto ni sugerido que el disco se prensara, pero así lo quiso Columbia Records, y así comenzó el año de 1994, con un disco que no era un disco en la cima de los listados de los discos.
En estos días estaba leyendo también que los listados de rock tienen canciones que llevan más de 20 años dando vueltas por ahí en ellos. Lo que más me sorprendió es que la número uno es una canción de finales de los años 90, de los Goo Goo Dolls, llamada ‘Iris’.
Entablé una conversación con diferentes personas alrededor del tema en redes sociales — no sé por qué insisto en entablar conversaciones en redes, sabiendo que siempre, siempre, SIEMPRE terminan mal—, y nadie tuvo una respuesta ante el dilema por el que pasa el rock. No me atrevo a decir que está muerto como Lefsetz, pero tampoco creo que lo que haya esté haciendo su camino seguro y definido hacia el ‘underground’ por voluntad propia. Creo que el rock se envejeció y no ofrece nada que no se haya hecho en las pasadas cuatro, cinco décadas.
Asímismo siento que no tiene nada emocionante qué ofrecer a nuevas generaciones, aunque haya pequeños brotes de prodigiosos oídos que se embarquen en el sueño de tocar un bajo o una guitarra. Y la razón por la que eso pasa, la razón por la que de repente el rock de ahora no tiene nada innovador y emocionante mientras que el de hace 20 años suena tan fresco como nunca es por discos como Jar Of Flies.
Que un álbum como Jar Of Flies llegara a la cima de las ventas en su primera semana es una observación puntual de la cultura de la música rock que se vivía en los años 90. Yo no sé qué hicieron los de Columbia Records para vender ese disco de esa forma, pero puedo atreverme a decir que no fue mucho, pues salían de un exitoso período para Alice In Chains y cualquier cosita que hicieran los músicos sería cariño.
Lo que uno siente muy cercano sí es ese número uno sin importar cómo llegó allá. Cuando un disco llegaba al número uno en aquella época, la gente tenía acceso a esa información, a ese conocimiento. El número uno le quitaba el privilegio a los pocos que habían llegado temprano y le abría a los muchos –entre ellos, a los inmigrantes latinos, como yo– la posibilidad de sumergirse en otro tipo de cultura.. Usted tenía la posibilidad de conocerlo. El número uno en aquel momento seguía siendo legítimo, a pesar del dinero y de la industria. Un número uno garantizaba muchas cosas, entre ellas, que usted quisiera comprar el disco.
La razón por la que Jar Of Flies fue número uno, entiende uno –o quiere creer-, iba más allá del mercadeo y el hype de MTV. Había una nostalgia, una evocación del blues única en Jar Of Flies. Había también un acercamiento a todo lo folk y a lo clásico, con violas y armónicas decorando las canciones acústicas creadas por Jerry Cantrell.
Hay también una riqueza y una etapa única en el grunge, en la que el cantante era mucho más un gran intérprete que un autor.
Cantrell siempre tuvo ese poder sobre Alice In Chains y yo no creo que a Staley le molestara que le escribieran las canciones, especialmente en Jar Of Flies.
Y en esas canciones hay, también, un disco definitivo para la carrera de una banda. De ahí en adelante Alice In Chains solo sufrió la vertiginosa caída hacia la muerte de Staley, que se produjo casi una década después de forma paradójicamente tortuosa y lenta en medio de la bulla que produjo lo alterno.
Después de Jar Of Flies se produjo lo que uno llamaría ‘la comercialización’ del grunge: el momento en que la delgada línea entre lo netamente puro artísticamente y lo comercial se desdibujó entre los Candleboxes y los Matchbox Twenties.
Jar Of Flies fue masivamente aceptado y no sé exactamente por qué lo fue, siendo un disco tan triste en una era de prosperidad y bonanza. No viene al caso definir las razones históricas o sociales, pero sí vale la pena decir que Jar Of Flies es un disco que vuelve cada 20 años a manos de quienes lo vivieron en un presente perfecto, y vuelve mejor que nunca.
Tampoco vale la pena ahondar en la razón por la que pasan estas cosas, pero sí cabe anotar que la razón por la que el rock se envejeció fue porque perdió en muchos casos, esta espontaneidad de Jar Of Flies. La necesidad de grabar cosas que estaban metidas como agujas entre pecho y espalda de un grupo de músicos, el deseo de Mike Inez de tocar las mejores líneas de bajo de todos los tiempos en la década del rock grunge para ganarse la titularidad en el bajo de Alice In Chains, la oscuridad mágica detrás de la voz de Staley, abandonado y sin amigos casi una década antes, cantando las letras de Cantrell, que hablaban de una premonitoria pérdida de la inocencia, de los amigos que se defienden hasta la muerte, de los experimentos de colegio que nos marcaron de forma traumática, como cuando rajamos nuestra primera rana, o en el caso de Cantrell, cuando cultivó famélicas y obesas moscas en sendas jarras ambarinas, productoras de una de las obras más mágicas y especiales de todos los tiempos para aquellos que fuimos adolescentes en la década de los años noventa.
Jar Of Flies nos habló con música hace casi veinte años y hoy nos habla con letras más poderosas que hace dos décadas. Como los boomerangs, vuelve en las noches de nostalgia y cansancio, mientras nos hacemos hombres, criamos nuestras familias, vemos crecer a los hijos y nos reencontramos con el rock que nos hizo, que nos hace, que nos hará jóvenes por siempre, sin importar lo que digan las listas, o como lo dice Staley en Nutshell, sin importar que enfrentemos, solos, el sendero del tiempo.