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Álvaro Camacho G.

17 de diciembre de 2011 - 08:00 p. m.

Soy nacido en una vereda y en un páramo del municipio de La Calera.

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Estudié unos pocos años en el Liceo de Cervantes porque mi abuelo de sangre era amigo del fundador, doctor Casas Manrique. Pero cuando entramos, mis primos y mi hermano ya estaban en manos de los curas agustinos españoles, acérrimos franquistas y amigos de “la letra con sangre dentra”. De mi casa pasaban a recogernos a la salida del colegio a las cuatro y media de la tarde para llevarnos a la finca. A veces teníamos que esperar hasta el anochecer y por eso íbamos al campo de fútbol a entretenernos mientras tanto. El portero del colegio, Eudoro, un viejo neurasténico, nos buscaba cuando llegaban por nosotros.

Tenía que caminar un par de cuadras. Era un gran sobandero y los de bachillerato lo estimaban porque les arreglaba los dedos que los balones de básquet tronchaban. Una tarde nos avisó que habían llegado a recogernos; no le hicimos caso. Furioso, me pegó un coscorrón. Salí llorando de la rabia a contarle a mi papá. Se bajó del carro, encuelló a Eudoro y le dio un par de trompadas. ¡Terrible escena! Al día siguiente, cuando fueron a dejarnos, estaban los grandes de bachillerato esperándonos para “salar” a mi papá. Se salvó por un pelo. Para evitar otro susto, nos dejaban a media cuadra del colegio y ahí nos recogían. Camacho ya se llamaba el abuelo; y abuelos sus hermanos: Eduardo y Ricardo. Vivían cerca al colegio. Álvaro estaba en segundo de bachillerato, yo en tercero elemental. Desde el día de la pelea, Álvaro nos acompañaba hasta que llegaban a buscarnos, siendo, como era, amigo de los grandes. Asumió el papel de protector y acompañante y algunas veces nos regalaba maní tostado que compraba a la Vegeta, una mujer que vivía de vender chicles y dulces en la puerta del colegio. Un año después, para mi fortuna, los curas me expulsaron del colegio.

Se me perdió el abuelo Camacho por un tiempo. Volví a encontrarlo en la Facultad de sociología. Camacho había perdido dos años de su vida en el Rosario estudiando derecho, así que en la Nacional, él cursaba tercer año y yo primero. También asumió el papel de protector de mis desafíos y desafueros de primíparo y me abrió campo con los grandes de la facultad y consentidos de Camilo Torres –también cervantino– y de Orlando Fals Borda, Rodrigo Parra, Carlos Castillo, Magdalena León, Nohora Segura, Pacho Correa, Humberto Rojas, Stella Vecino, Cecilia Muñoz, María Arango, Gloria Triana. A los menores –Hernando Ochoa, José María Rojas, Marta Arenas, Bernardo Echeverry, Francisco Leal, Armando Borrero– el abuelo nos llamaba las moscas, porque donde nos parábamos dejábamos marca. Tenía un humor corrosivo y bogotano –a pesar de ser propio de Tunja– con el que se divertía. Camacho era como toda esa corriente, irreverente y estudioso. Aprendió inglés primero que todos y un día se casó con Nohora Segura para no separarse nunca de quien desde entonces llamábamos la abuela. De ahí salieron Juanita y Miguel. A diferencia de los estudiantes de medicina, derecho e ingeniería, nosotros los de sociología no usábamos corbata y elegíamos reinas lindas en la semana universitaria. Camacho fue uno de los estudiantes que contribuyeron a trabajar los materiales testimoniales que compondrían el célebre libro La Violencia en Colombia, que hizo sacar los tanques de guerra del Ejército a la calle cuando se publicó, por miedo a una asonada contra el gobierno de Guillermo León Valencia. De sociología salieron los abuelos Álvaro y Nohora para la Universidad de Wisconsin a sacar el doctorado. Vivieron el gran movimiento estudiantil gringo del 68 y participaron en las marchas a Washington contra la guerra de Vietnam. De allá llegó el abuelo con el cartón y las sandalias con las que aprendió a bailar salsa en Cali siendo profesor de sociología. Fue quizás uno de los primeros intelectuales que cayeron en la cuenta del fenómeno del narcotráfico y que pelearon por la despenalización. Una pega que, como la del fútbol, nunca abandonó. Ya viejo se echaba partidos en la Nacional –a donde regresó vía IEPRI– de 90 minutos. Jugaba, como siempre, a la izquierda. Un día le pedí una recomendación para ser admitido en una escuela de sociología de Francia. Me envió una copia: “El señor Molano –le escribió a Alain Touraine– es honrado y posee una inteligencia aceptable”. Me enfurecí. Lo llamé. Me dijo: “Pero ¿acaso no es verdad?”. A los días me llegó la verdadera recomendación. Quise mucho al abuelo. Lo lloro. Siento su muerte como un feroz guadañazo.

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