COMO AHORA HAY TANTA SEGURIDAD vial, decidí viajar al final de la tarde a La Hormiga desde Orito. Íbamos cinco pasajeros y el chofer en una camioneta nueva de doble cabina y platón habilitado. Oíamos radio: “Vamos colombianos, levanten las manos”, de la Sonora Dinamita.
Cada viajero enredado en sus pensamientos. Unos dormían o fantaseaban con los ojos cerrados, otros comían chicle y casi nadie miraba el paisaje a fuerza de conocerlo y hasta, quizás, haberlo sufrido. La selva es la selva así petroleros, ganaderos y colonos la hayan golpeado y golpeado sin misericordia y algunos casi sin beneficio. Íbamos, digo, oyendo radio. Estábamos en un punto llamado La Raya. Ya oscurecía. De pronto surgen de la cuneta seis sombras armadas. En quince segundos rodean nuestro vehículo y nos gritan: a tierra, necesitamos el carro. ¡Bájense todos! Somos Su Ejército Nacional. Una de las sombras, fusil en mano le grita al conductor: Es con usted, apúrese a ver.
A ver qué, pregunta el otro. Bájese o lo bajo, oímos todos. Yo, señor, remata el conductor asumiendo una actitud digna y firme, no me bajo de aquí, salvo que ustedes me maten. El mando quedó desconcertado ante la decisión del hombre; duda, murmura entre dientes, tiembla de indignación y el fusil parece que puede disparársele en cualquier momento. Ordena apagar el radio y a grito herido manda a sus sombras montarse en el platón y al conductor le dice: hágale a ver. Este país anda como anda porque los civiles no cooperan ni colaboran con su ejército. Hay protestas de los pasajeros.
Ustedes, dice una mujer que venía mirando el paisaje, no pueden hacer eso, este es un transporte civil. Entonces responde el mando, bájense. Los pasajeros en coro responden: no, nos vamos a quedar aquí a que nos coma el tigre. Entonces vuelve a gritar el mando— ¡hágale! El chofer acepta hacerle. Recorreríamos un par de kilómetros cuando llegamos a un sitio en la carretera donde había dos carros detenidos. Nos acercamos. El mando ordena a sus hombres: háganle. Temblando, sus hombres comienzan a disparar a la oscuridad. Una balacera contra fantasmas.
Nadie responde los tiros. Las sombras corren, toman posiciones, reportan localización y claves por radioteléfono. Los pasajeros nos tiramos unos encima de otros en el piso de la camioneta. Todos los cuerpos sudan y tiemblan también. Los tiros siguen ensordecedores. Nadie puede ver que rayan la noche al salir de las armas. Un fogonazo y un gran estruendo hacen temblar también la tierra y minutos después un chorro de una sustancia densa y negra que, quien se atreviera a levantar los ojos hubiera sabido que era petróleo, cubre el carro. Una chispa y habíamos quedado todos los pasajeros achicharrados y quizá mostrados como positivos o como víctimas del terrorismo.
Calmadas las cosas, el mando, muy cortés, explicó que unos bandidos indígenas del resguardo cofán de San Antonio tenían azolada la región, que eran asesinos, ladrones y no lo dijo porque no sabía la palabra sodomitas. Pasado el susto continúo el viaje. Alguien comentó, ya fuera de peligro: lo que pasa es que el Batallón puso un puesto en el límite del resguardo y los paisanos refiriéndose a los indígenas— son muy delicados y han hecho varias denuncias sobre atropellos de los soldados: les enamoran a las indígenas y las preñan, dejan botadas granadas sin explotar, y se roban los pocos cultivos legales que logran salvarse de la fumigación contra la hoja de coca.
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En mi columna anterior equivoqué las cifras de los firmantes del referendo sobre el agua: no son 250.000 firmas sino 1’500.000 las que respaldan hasta hoy la iniciativa. ¡Tamaña equivocación! Pero, ¡falta aún un millón! ¡Tamaño reto!