QUIZÁS ERA DOMINGO, PORQUE LOS domingos miro lo que debo ver. Una larga cola daba varias vueltas alrededor de una manzana de Pasto.
Era una multitud enrollada compuesta por miles de personas de todos los sexos, edades y condiciones: empleados públicos, puticas, profesores de colegios privados, académicos de universidad, campesinos, amas de casa, militares condecorados, soldados rasos. La Policía, celosa guardiana del orden, colaboraba o, como dice el Gobierno, cooperaba. El turno valía 100 mil pesos, y familias enteras hacían cola desde las 2 a.m. para vender el puesto a las 5. En La Hormiga, los raspachines escaseaban y los que aceptaban trabajar, cobraban el doble o el triple.
En Popayán los empleados de hoteles restaurantes y afines eran difíciles de encontrar. Lo mismo sucedía en Mocoa, en la hidalga Popayán, en Santander de Quilichao, en Pereira, Dos Quebradas, Honda. En fin, en todo pueblo o ciudad donde la pobreza o el afán de consumo abren troneras, había una, o dos, o tres pirámides. Nadie decía nada porque todo el mundo sacaba partida de ellas. Las autoridades, los medios, la iglesia han denunciado ahora el fenómeno como un lavadero de dólares y no hay que esperar mucho para que un Santos diga que es un negocio de la guerrilla. No sé si las investigaciones les darán la razón. Lo que me asombra, más allá de la tardanza o prudencia —o complicidad— del Gobierno para defender a la ciudadanía de una estafa a gran escala, es la fuerza con que los clientes defienden este sistema financiero verdaderamente popular.
Porque no se trata de otra cosa. La gente tiene necesidades represadas, hayan sido creadas por la ola de consumo que recorre al mundo, o por la vida cotidiana en que sufre. La gente es víctima de una tensión brutal entre los ingresos posibles y las necesidades reales que debe atender. Un importante sector campesino ha encontrado en los cultivos ilegales una solución; y un sector significativo de los sectores medios ha optado por el narcotráfico. La plata legal es poca para tanta necesidad. Mientras que es bastante fácil de conseguir para los sectores que tienen la sartén por el mango. Los bancos tienen endeudada a la sociedad entera. Miles y miles de nosotros, simples ciudadanos, trabajamos para ellos. La banca presenta balances cada vez más abultados: ¡ocho billones de ganancias el semestre pasado! El pueblo tiene necesidad de un sistema financiero que le resuelva sus problemas económicos y no de unas muy respetables instituciones de crédito que lo empujen a la ruina.
El caso de DMG es muy sintomático. Es producto de otra habilidosa manera de manejar imágenes públicas soportadas sobre hechos tangibles o aparentes: la gente sacaba doblado o triplicado lo que invertía. Hay pocas quejas de estafa y es sorprendente el respaldo popular que ha recibido su creador, fundador o ideólogo. Cuando llegó al aeropuerto, rodeado de la Policía y demás cuerpos armados, tenía un aire casi profético.
Parecía un nuevo El Mesías, con pelo largo, sin aguadeño y sin mulera. El pueblo necesita una figura redentora. Y más hoy que la otra, la del presidente Uribe, comienza a desmoronarse con el imperio de las pirámides que decidió atacar de un día para otro. Muchas llevan ocho años funcionando. Uno se debe preguntar en qué medida esa estafa ayudaba a crear el clima de bienestar que el Presidente atribuía a su política de seguridad. Quizás —y escribo el viernes— las dos pirámides, la DMG y la AUV, podrían ser meros ídolos con pies de barro.