«Las tijeras fueron a todas partes, exploraron el mundo cortando por igual alegría y tristeza». Pablo Neruda
Me asombraba cuando era niño ver a mi abuelo —me ha dado por recordarlo— afeitarse con una barbera que afilaba en la palma de la mano con una rapidez que contrastaba con la lentitud con que la resbalaba por su quijada. Usaba una brocha de pelo de camello para embadurnarse con una crema sacada de un pote de madera que tenía un velero grabado —¿o dibujado?— en la tapa. Mi papá, en cambio, usaba máquina de afeitar para evitar las cortadas y una crema que yo confundía con el dentífrico y que sabía a perfume. Usaba también unas tijeritas de hojas largas y afiladas con las que, con mucho cuidado, se cortaba los pelos que le nacían adentro de la nariz. Se hería de vez en cuando porque no tenía pulso de cirujano. Entonces sacaba una piedra de alumbre, cristalina y misteriosa, con la que se tocaba la herida para —me explicaba— impedir una infección. Cada seis meses venía a mi casa una señora con unas tijeras largas y una vara de mimbre. Cortaba los forros de almohadas y colchones con las tijeras, sacaba la lana, la extendía sobre una mesa y se dedicaba horas enteras a darle fuete hasta que la esponjaba, para luego volver a embutirla con el puño cerrado. La casa olía a oveja. Tanto como cuando llegaban a la finca en el verano dos hombres silenciosos y esquilaban las ovejas con unas tijeras de ojo grande y hojas triangulares, cuya particularidad, hoy lo entiendo, era que no tenían eje. De todas las tijeras que conocí de niño me horrorizaban las que usaba un búlgaro alto y fornido para cortarles de raíz los cuernos a vacas y novillas, operación de la que salía ensangrentado y sudoroso. A los toros no los descachaban.
La evocación de las tijeras se descuelga del pasado cuando compro cualquier cosa porque todo, todo —repito— viene herméticamente cerrado. Una obsesión de privacidad y asepsia recorre el mundo, mientras nos matamos unos contra otros. Abrir un miserable paquete de papas fritas es poco menos que imposible. Es casi heroico. De nada sirven los dedos, las uñas, los dientes, porque todo se resbala y el paquete sigue invulnerable y lleno de babas hasta conseguir unas tijeras. Los que todavía compramos CD, afrontamos una lucha a muerte contra el papel de plástico en que vienen envueltos, como los cigarrillos, los tabacos, las galletas, los guantes, las verduras, los huevos, la leche, el pan y, claro, los condones. Todo. ¡Absolutamente todo! Con estos empaques no vale nada. Salvo unas tijeras. Y no de primerazo porque antes hay que abrir una hendidura con una de las dos hojas para que se puedan usar ambas y así el vértice de los filos pueda hacer su oficio. Nada escapa a la urgencia de unas tijeras: los paquetes de correo —ya pocas cartas llegan— requieren un operativo militar para saber qué contienen, porque están protegidos por empaques y empaques sin duda diseñados por embaladores de cadáveres. Los ramos de flores que venden en las esquinas son embutidos en un plástico pegajoso que les ponen los vendedores para no calentar su mercancía. No es posible romper ese bouquet sin tijeras. Tampoco sin tijeras se pueden abrir los libros, las revistas, los periódicos. Todos están encerrados en plásticos irrompibles e imposibles de rasgar. Tengo sobre mi mesa, al lado mismo del computador, tres provocativos libros que espero leer en vacaciones, si logro romperles el plástico de la envoltura: Obama y la izquierda latinoamericana, escrito por Clarita Nieto; Juan de la Cruz Varela. Sociedad y política en la región del Sumapaz (1902-1984), de Rocío Londoño Botero, y Economía y conflicto colombo-peruano, de Juan Camilo Restrepo y Luis Ignacio Betancur.
Las tijeras se han convertido en una herramienta indispensable para vivir, por la enfermiza obsesión del sólo para mí. Cada día salen al mercado nuevos tipos de tijeras: rectas, curvas, de chuzo, romas, planas, de dos filos, de muelle, con mango y hasta sin mango. Llegará el día, no muy lejano, en que vendan tijeras especializadas para abrir paquetes y también llegará el día —petición de principio o fin del mundo— en que las tijeras vengan envueltas en plásticos tan duros o tan flexibles como el himen de la Virgen Santísima que ni la tijera del Espíritu Santo pueda romper.