CONOCÍ A EDUARDO UMAÑA LUNA A FInes del año 62 cuando me presenté a la entrevista personal para ingresar a la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional.
Subí con timidez al segundo piso del antiguo edificio, frente a la calle 26, por una escalera de madera que chirriaba y que hizo que el jurado me esperara en un solemne e intimidador silencio. Estaban Camilo Torres, Umaña Luna y Orlando Fals. Eran jóvenes. Briosos. Camilo fumaba pipa con cierta ansiedad; Umaña tenía una voz poderosa, bien entonada y hacía frases casi lapidarias. Había sido locutor de la Radio Nacional. Orlando, afable, cuidadoso en el trato. Las preguntas eran obvias: ¿por qué sociología? —preguntó Fals—; ¿por qué en la Nacional y no en la Javeriana? —preguntó mefítico el cura Camilo; Umaña me desconcertó: ¿Conoce usted, señor Molano, sus derechos? ¿Derechos?, me pregunté yo. ¿Derechos de qué o qué? No, profesor, respondí balbuciente. ¡Perfecto! Grito Umaña: usted es un muchacho honrado: ¡viene aquí a conocerlos! Pasado el susto, fui admitido. La Facultad de Sociología era en esos días la punta de lanza contra el dogmatismo de izquierda y de derecha, y claro, de ese hipócrita centro. Hoy reconocen que por heterodoxos, éramos peligrosos.
Umaña fue mi profesor de Instituciones Jurídicas en segundo año de sociología. En esos días era representante a la Cámara por el MRL. Siempre fue un liberal. Sólo un agitador de ideas liberales. ¡Pero qué agitador y qué liberalismo! Su clase era una maravilla. Llegaba con El Espectador bajo el brazo, leía en voz alta una noticia y nos montaba en una infinita cadena de asociaciones libres. De la calle Catorce en Bogotá al Congreso de Angostura; de Chaparral a la Comisión Quinta de la Cámara pasando por Rousseau, Marx y los Santos Padres de la Iglesia. Al principio, le tomábamos apuntes. Después, al aceptar la imposibilidad de seguirlo, lo oíamos. Y lo seguíamos oyendo en la cafetería, donde continuaba la clase. Fumaba con unos dedos largos y nerviosos. Cuando concluía un argumento, rematado con una frase brillante, botaba el cuerpo hacia atrás y las manos hacia los lados como si le estuvieran apuntando y preguntaba frente a un auditorio atónito: ¿O no es así? ¿O por qué puede no ser así? ¿Usted qué opina, señor estudiante? En ese momento todos comenzábamos a no saber para dónde mirar; él dejaba correr unos puntos suspensivos creando una atmósfera expectante. Era, de verdad, un gran maestro. Nos llevaba hacia una certeza crítica, para después, pulverizarla. Hacía los exámenes finales como si todavía viviéramos en los Estados Unidos de Colombia. El estudiante pasaba al frente de sus compañeros. Umaña permanecía sentado sin mirar a la víctima que sudaba y había olvidado todo. Dígame, señor Molano, qué entiende usted por injuria y calumnia. Yo palidecía, tartamudeaba y al final me rendía. Pues sépalo, señor estudiante, sépalo bien porque algún día usted, con esa cabeza llena de nubes, terminará en el banquillo de los acusados por burlarse de los notables. Recuerde: no permiten que se les toque su honra, porque despotricar contra el pueblo, humillarlo y ofenderlo es un oficio que se reservan exclusivamente para sí mismos. Umaña era un penalista temible. Fue quien investigó el asesinato de Guadalupe Salcedo, defendió ante un tribunal militar al teniente Cendales y dirigió la defensa en el llamado Consejo de Guerra del Siglo de los estudiantes y campesinos acusados de pertenecer al Eln. De toda esa vida de pelea en tribunales, cátedras y plazas, Umaña Luna dejó dos grandes legados: su prédica de la Carta de los Derechos Humanos, que en Colombia no sólo nadie conocía, sino que ningún gobierno ha practicado en los sesenta años que tiene de haber sido declarada; y haber descubierto el papel desempeñado como ideólogo del movimiento guerrillero llanero por José Alvear Restrepo, redactor de las Leyes del Llano. De no haber sido por Umaña, que las rescató y publicó como coautor de La violencia en Colombia —ese libro que descorrió el velo—, reposarían en cenizas en algún cuartel del Ejército. El día que asesinaron a su hijo, Eduardo Umaña Mendoza, confesó con una tristeza profunda, sin una lágrima, en el mismo sitio donde fue velado, la Universidad Nacional de Colombia: el único culpable de su muerte soy yo: le enseñé a vivir la verdad.