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Viacrucis tributario

03 de agosto de 2013 - 05:00 p. m.

Salí temprano con el espíritu cívico al hombro. Entrar al sistema —se vive entrando y saliendo al sistema— no es fácil, porque los caminos que a él conducen son culebreros e ingratos. Sacar el RUT, que nadie sabe para qué sirve pero todo el mundo tiene que tenerlo y, lo que es peor, actualizarlo, es una pesadilla.

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En primer lugar porque los galpones donde lo expiden quedan en las fronteras de la ciudad, en el más allá, y en segundo lugar, porque sólo se lo dan al implicado en persona, cédula en mano y cuerpo presente. Así que cogí camino temprano hacia el norte por la llamada autopista, que es un bollo al cual, como al sistema, se entra… lo que no se sabe es si se sale asfixiado por la nube de gas carbónico que debe uno chuparse durante 45 minutos detrás de tres tractomulas que andan emparejadas y no permiten que nadie las adelante.

O si se queda uno a vivir, como en la autorruta de Cortázar, hasta que le salgan bejucos. Se llega a una especie de gallinero gigantesco atendido por funcionarios sentados ante un escritorio de información, que parecen gozarse la desesperación de los ciudadanos, que miles, por lo demás, deben hacer filas y filas para ser atendidos con un “A la orden, ¿en qué se le puede colaborar?”. Un RUT, murmura el paciente.

¿Trajo todas las certificaciones, a saber: cédula, pase, certificado laboral, recibos de luz, gas, agua, seguro médico, SOAT?”. No, no señor, no sabía que se tiene que tener luz eléctrica para ser ciudadano. Pues sí, así es. Pero ¿puedo mandar a mi mujer a reclamar el tal registro? “Sí, claro —responde encantado el empleado—, acompañada de una autorización notariada, es decir, firmada por un notario público debidamente registrado en la oficina de registro de instrumentos públicos y privados, dándole plenos poderes a ella. ¿Queda claro? Sí, respondí entre confundido y perdido.

Dos días después de perder la primera ida regresé aperado de originales y fotocopias autenticadas. ¿Puede darme el mentado RUT? No señor, primero saque usted una ficha de ese sistema que hay ahí, a sus espaldas, y espere. Saqué el numerito: 5.632. Miré a un tablero de letras rojas titilantes: iba en el número 453. Caí desmayado en una silla; un equipo especializado en primeros auxilios tributarios llegó con camilla y enfermera. Estoy sin desayuno, alcancé a decir. No se preocupe, señor ciudadano, hay otra lista que va en el 3.541 y otra, como usted ve, en el 7.697.

La suya, la de los 5.000, sale en unos instantes. Instantes larguísimos que hay que pasar de lado a lado oyendo un zumbido electrónico, repetido, incoloro, insípido, que aturde a funcionarios y ciudadanos. Una estrategia que me embobó hasta que por algún parlante llamaron a un tal “De la Cruz”. Me di cuenta de que era yo porque ese es mi segundo nombre, aunque, a decir verdad, cualquiera de los que estábamos ahí cargaba la cruz tributaria.

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