EL PAPEL DEL GOBERNANTE MODERno debe incluir el estímulo a la creación de condiciones para que los ciudadanos se puedan erigir como sujetos, es decir, como algo más que habitantes de un país.
Ser sujetos implica ser capaces de construir sus individualidades, de elegir entre opciones, de resistir formas de manipulación y dominación.
Esta es una de las dimensiones de la cultura ciudadana: el respeto de los sujetos por los otros, y este respeto implica una aceptación libre de la ley, siempre y cuando ésta garantice que va dirigida a salvaguardar ese respeto. En caso contrario, la construcción del sujeto puede involucrar la rebeldía. La rebeldía es de la esencia de la construcción de libertad y de rechazo a la vulneración de derechos. Esto no es muy novedoso: ya los más insignes representantes de la patrística, como San Agustín y Santo Tomás, sentaron las bases para una ética de la aceptación de la ley y de la rebeldía.
La base moderna de esta perspectiva no puede ser otra que la democracia: ella implica que la ley tiene orígenes y propósitos justos y consentidos por los sujetos. Sin democracia no es posible que haya leyes justas y benéficas: puede haber acciones paternalistas o mesiánicas, y algunas de éstas pueden ser útiles y hasta favorables para la población.
Pero no estimulan la construcción de sujetos: al contrario, los convierten en dominados, y en el caso de que decidan no acatar esas acciones, su rebeldía tenderá a convertirse en rebelión, y el conflicto que se suscite puede transformarse en violencia. El carecer de la posibilidad de construirse como sujetos en un contexto social democrático los lleva a transformar el conflicto con el poder paternalista o mesiánico en violencia. La historia muestra que no es probable que el poder acepte el conflicto: exigirá obediencia y ante esta actitud sólo cabe la rebelión.
Los sujetos en las democracias se construyen desde su infancia, sus derechos son reconocidos, protegidos, estimulados, y se debe garantizar las posibilidades de su ejercicio, máxime al considerar que son más débiles e indefensos. Sólo así se podrán constituir como sujetos. El no entender esto, y el depositar toda la sabiduría en un mesianismo malsano, puede llevar a algunas personas a afirmar, como lo hace José Obdulio Gaviria en su columna de El Tiempo del 26 de mayo, que Antanas Mockus es un pederasta porque plantea en su programa que “Los niños y las niñas tienen derecho a ser deseados o deseadas, por lo que es impostergable una política pública en materia de salud sexual y reproductiva”. No se sabe qué es peor, si la bajeza del golpe o la mentalidad que inspira semejante afirmación. De modo que los niños y niñas no pueden ser ni sentirse deseados o deseadas: esa afirmación podría ser un buen tema para un psicoanalista, quien sin duda lo consideraría como un caso patológico.
En los debates públicos el candidato Santos ha hecho reiteradas afirmaciones de su respeto por la ley y los derechos y su vocación democrática. Y se le puede creer. Pero cualquiera se pregunta si está de acuerdo con su nuevo escudero, si acepta semejante estilo de hacer política y si comparte esa ideología.